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Articulo extra BIOGRAFIA DEL REY DAVID

Articulo extra: BIOGRAFIA DEL REY DAVID

Articulo extra: BIOGRAFIA DEL REY DAVID

David, el segundo rey de Israel, y fundador de la dinastía que lleva su nombre, reinó durante cuarenta años, desde el año 1005 A.E.C. hasta el año 965 A.E.C, los primeros siete años como rey de la tribu de Yehudah en Hebrón, y los siguientes treinta y tres años como rey de las doce tribus unidas, gobernando desde Jerusalén.
David es una de las más fascinantes personalidades de la Biblia, que lo describe con todas sus virtudes y defectos. Su importancia en la Biblia judía sólo es sobrepasada por Moisés. Creó una identidad nacional judía que ha sobrevivido hasta hoy, y fundó una dinastía que gobernó el reino durante cuatro siglos.
Nunca, después de él, la nación hebrea volvió a ser tan fuerte y poderosa. David controló un extenso imperio, que llegaba desde el río Eufrates hasta la frontera con Egipto. En la tradición judía David es el rey ideal, antecesor del Mesías que restaurará al pueblo de Israel y traerá la paz al mundo.
David fue un hombre brillante y complejo con enormes talentos, un guerrero valiente, un político hábil, un músico extraordinario y un maravilloso poeta. En su vida privada tenía debilidad por las mujeres, y fue el padre indulgente de una familia disfuncional.
David, el octavo y más joven hijo de Yishai, un granjero acomodado, nació en Belén. Su padre fue el nieto de Ruth la moabita y de Boaz, perteneciente al clan Parez de la tribu de Yehudah. Desde temprana edad, David, mientras cuidaba  a las ovejas de padre, tuvo ocasión de demostrar su valentía matando a un león y a un oso que se estaban llevando ovejas del rebaño.
Dios, desilusionado del rey Saúl, envió al profeta Samuel a Belén. Los ancianos de la ciudad, alarmados por la visita, le preguntaron, "¿Tu venida es pacífica?"
"Si. Vengo a hace un sacrificio al SEÑOR. Purifíquense y acompáñenme al sacrificio", contestó Samuel.
Samuel vio a los hijos de Yishai, y, al ver a Eliab, el mayor, se dijo a si mismo, "De cierto, el ungido del SEÑOR está delante de Él."
"No mires a su apariencia ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho. Dios no mira lo que el hombre mira, pues el hombre ve lo que es visible, pero el SEÑOR mira el corazón", le dijo Dios.
Yishai hizo pasar a siete de sus hijos frente a Samuel. El profeta le dijo, “El SEÑOR no ha escogido a ninguno de estos. Son ellos todos los hijos que tienes?” 
"Hay uno menor, que está cuidando al rebaño", contestó Yishai.
"Envía alguien a que lo traiga, porque no me sentaré a comer hasta que él no llegue", le dijo Samuel.
David, un muchacho pelirrojo y buen mozo, fue traido del campo. Dios le dijo a Samuel, "Levántate y úngelo, porque él es el escogido."
Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y luego regresó a Ramah.
El rey Saúl, luego de su pelea con Samuel, empezó a sufrir de depression. Sus sirvientes, preocupados, pensaron que la música mejoraría el ánimo del rey. Alguién mencionó que David era un buen músico, y el rey ordenó que lo traigan a su presencia.
David llegó al palacio real en Gibeah, trayendo regalos de pan, vino, y un cabrito que su padre Yishai enviaba al rey. Saúl quedó encantado con David, y, desde ese momento, cada vez que el rey estaba de mal humor, David tocaba el arpa, y lo calmaba.
Algún tiempo después, el ejército filisteo se congregó en una colina, y el ejército israelita, comandado por Saúl, tomó posiciones  en otra colina, con un valle separando a los dos ejércitos. Un gigante, de cerca de dos metros setenta de estatura, llamado Goliat, armado con una armadura de pesado bronce, salía cada día del campamento filisteo y desafiaba a gritos a los israelitas, diciendo que estaba dispuesto a luchar contra cualquiera de ellos. Esto lo hizo, mañana y tarde, durante cuarenta días.
David se encontraba en Belén, ayudando a su padre Yishai a cuidar su rebaño de ovejas. Sus tres hermanos mayores,—Eliab, Abinadab, y Shamma—estaban enrolados en el ejército del rey Saúl. Yishai, que quería saber como estaban sus hijos, envió a David al campamento israelita con diez panes para ellos, y un regalo de diez quesos para su comandante.
David llegó al campamento cuando Goliat gritaba su desafío a los israelitas. David escuchó a los aterrorizados soldados decir que el rey Saúl había prometido una gran recompensa al hombre que matase al gigante. Le daría su hija en matrimonio, y exoneraría a su familia de la obligación de pagar impuestos.
David preguntó a los soldados que estaban a su lado, "¿Quién es ese incircunciso que se atreve a desafiar a los escuadrones del Dios viviente?"
Eliab, el hermano mayor de David, escuchó que el muchacho hablaba con los soldados, y se enojó con él. Le preguntó, "¿Para qué vienes aquí?  ¿Con quien dejaste las ovejas en el desierto? Conozco tu descaro y tu impertinencia. ¡Tú has venido a ver la batalla!"
"¿Qué he hecho ahora? Solamente estaba preguntando", protestó David.
Alguien escuchó lo que David había dicho y se lo contó al rey Saúl, que lo hizo traer a su presencia.
"Tu siervo irá y luchará contra ese filisteo", le dijo David a Saúl.
Saúl expresó sus dudas de que David, un muchacho joven, sin experiencia en batallas, pudiese luchar contra el gigante guerrero filisteo. David le aseguró que él había matado leones y osos, y agregó "El SEÑOR, que me salvó del león y del oso, también me salvará de ese filisteo."
"Entonces, anda, y que el SEÑOR esté contigo", le dijo Saúl.
Saúl le dio su armadura para que la use, pero David, no acostumbrado a ella, no se la puso. Recogió cinco piedras lisas del suelo, y, con la honda en la mano, fue a enfrentarse a Goliat.
El gigante, al ver que un adolescente venía contra él, le gritó insultos.
David, calmo y sereno, le dijo, "Tú vienes contra mí, armado con espada, lanza y escudo, pero yo vengo contra ti en nombre del SEÑOR de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel que tú has desafiado. Hoy el SEÑOR te entregará a mis manos. Te mataré y cortaré tu cabeza, y dare los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. La tierra entera sabrá que hay Dios en Israel. Y toda esta congregación sabrá que el SEÑOR puede dar la victoria sin espada ni lanza. La batalla es del SEÑOR, y Él te entregará en mis manos."
Goliat empezó a caminar pesadamente hacia David, quien rapidamente corrió hacia el filisteo, tomó una piedra de su bolsa y la disparó con su honda a Goliat. La piedra le cayó al gigante en la frente, y lo hizo caer al suelo. Goliat trató de levantarse, pero no pudo.
David llegó hacia él, agarró la espada del gigante y le cortó la cabeza. Los filisteos, al ver lo que había pasado, huyeron, perseguidos por los israelitas hasta las puertas de sus ciudades.
Saúl no le permitió a David regresar a la casa de su padre en Belén, y lo nombró oficial de su ejército. Desde ese día el rey mantuvo a David constantemente a su lado. Jonatán, el hijo de Saúl, se volvió el mejor amigo de David.
David tuvo éxito en todas las misiones militares que le encomendó el rey, y se hizo muy popular con el pueblo. Las mujeres cantaban, "Saúl ha matado a miles, pero David ha matado a decenas de miles."
Esto causó que Saúl se sintiese celoso de David. Debido a su depresión y paranoia, empezó a sospechar que David le quería arrebatar el trono. Durante uno de sus ataques de depresión Saúl trató de matar a David arrojándole su lanza. Al no dar en el blanco, el rey consideró que Dios protegía a David, y le tuvo miedo. Para no verlo a diario lo nombró capitán de una compañía de mil soldados, e ideó un plan para librarse de él: le ofreció la mano de Merab, su hija mayor, si continuaba teniendo éxito en su lucha contra los filisteos, con la secreta esperanza de que David muriese en una batalla.
Cuando llegó el momento de cumplir con su promesa, Saúl, en vez de entregar Merab a David, se la dio a Adriel, el hijo de Barzilai, el meholatita. El rey se enteró de que su hija menor, Mijal, amaba a David, y decidió usarla de anzuelo. Envió un mensaje a David ofreciéndole a su hija en matrimonio, pidiéndole como pago por ella los prepucios de cien filisteos, con la secreta esperanza de que David fuera matado por ellos.
David salió a batallar contra los filisteos, y trajo de vuelta, no cien prepucios, sino doscientos. Saúl, esta vez, no tuvo más remedio que cumplir su promesa, y casó a su hija Mijal con David.
Saúl continuó estando más y más atemorizado de David. Llegó al extremo de pedir a su hijo Jonatán, entrañable amigo de David, que lo mate, pero Jonatán le advirtió a David que se escondiese, mientras él trataba de convencer a su padre a que cambie de idea.
Saúl escuchó las cálidas palabras de Jonatán acerca de David, y aceptó dejar de atentar contra su vida o dañarlo en cualquier forma. Su buena disposición no duró mucho tiempo, y, poco tiempo después, mientras David tocaba el arpa para él, Saúl nuevamente trató de matarlo con su lanza. El arma se incrustó en la pared, al lado de David, y este huyó a su casa.
Esa misma noche, David, ayudado por su esposa Mijal, escapó de su casa saliendo por una ventana. Saúl envió un destacamento a la casa de David para que lo tomen preso. Los mensajeros de Saúl, al no encontrar a David, trajeron a Mijal a la presencia del rey. Saúl le preguntó, "¿Por qué me engañaste y dejaste que mi enemigo se ponga a salvo?"
"David me amenazó con matarme si no lo ayudaba", le contestó Mijal a Saúl.
Tiempo después, Saúl obligó a Mijal a casarse con un hombre llamado Paltiel.
Saúl escuchó que David había encontrado refugio con Samuel, en el pueblo de Nayot, en Ramah, y envió soldados para capturarlo. Los hombres llegaron al pueblo, pero, en vez de arrestar a David, se unieron a una compañía de profetas, y comenzaron a profetizar. Dos veces más Saúl envió soldados a Nayot, ambas con el mismo resultado. Finalmente, el rey decidió ir personalmente a buscar a David, pero, cuando llegó a Nayot, se quitó la ropa, y, postrado desnudo en el suelo, profetizó todo el día y la noche.
David huyó de Nayot, y regresó para hablar con Jonatán para averiguar de él porque Saúl lo odiaba con cólera asesina. Llegó el día antes del banquete que Saúl ofrecía con ocasión del Festival de la Luna Nueva. David le dijo a Jonatán que no podía correr el riesgo de atender el banquete del rey, y le pidió a Jonatán que excuse su ausencia diciendo que David había ido a Belén para celebrar con su familia el sacrificio anual, y que le informe la reacción de Saúl al escuchar esa noticia.
Los dos amigos acordaron que David se iría por tres días, y luego retornaría y se escondería en un campo. Jonatán iría al lugar con el pretexto de practicar tiro al blanco con arco y flechas, pero, en realidad, para informar a David, mediante un código previamente acordado, si era o no riesgoso para David regresar a la corte del rey.
El siguiente día, durante el banquete, Saúl notó que David no estaba entre los comensales, pero lo atribuyó a una posible enfermedad. El siguiente día, viendo que David seguía sin aparecer, le preguntó a Jonatán porque David no estaba allí. Jonatán le contestó que David había ido a Belén para celebrar un sacrificio familiar. Saúl, furioso, gritó que Jonatán era un idiota, y que, mientras David estuviese vivo, Jonatán nunca sería rey.
"¿Por qué debe morir David? ¿Cuál es su crimen?", le preguntó Jonatán sin amedrentarse.
Su padre, perdiendo todo el control sobre si mismo, levantó su lanza para arrojársela. Jonatán se levantó de la mesa, y dejó la habitación, enojado y humillado. Al día siguiente fue al campo donde había quedado en encontrarse con David. Los dos amigos se abrazaron, lloraron, y se despidieron. Jonathan retornó al palacio y David huyó a Nob, una ciudad sacerdotal.
Tan pronto como David llegó a Nob, fue a ver al sacerdote Ahimelej, a quien le llamó la atención el hecho que David estuviese solo, y le preguntó porqué no había traido a sus hombres con él. David inventó una explicación de haber sido enviado por el rey Saúl en una misión secreta, y que había quedado en encontrarse con sus hombres en tal y tal sitio.
David le pidió pan, y Ahimelej le contestó que el único pan que había disponible era el pan consagrado, el cual David y sus hombres podían comer unicamente si no habían tenido relaciones con mujeres recientemente. David le aseguró que ese era el caso, y añadió que los utensilios de sus hombres también estaban consagrados. Ahimelej le dio el pan.
David no había traido armas con él, y le pidió a Ahimelej que le proporcione una espada o una lanza. El sacerdote le entregó la espada de Goliat, que había estado a su cargo. David, cargó el arma y el pan, y huyó a la ciudad filistea de Gat donde reinaba el rey Ajish. Los oficiales del rey reconocieron a David como el comandante israelí, acerca del cual las mujeres cantaban que había matado a decenas de miles. David, temiendo por su vida, pretendió que había perdido la razón, y se comportó como un lunático, escribiendo en las puertas, y dejando que la saliva le chorree por la barba. Ajish, convencido de que David realmente estaba loco, permitió que se fuese de la ciudad, sin tocarlo.
David encontró refugio en el desierto de Yehudah, en una cueva cercana al pueblo de  Adulam. Hombres oprimidos, insatisfechos, fuera de la ley y deudores, se le unieron, y David pronto tuvo bajo sus órdenes una banda de cuatrocientos hombres.  
Preocupado por la seguridad de sus padres, David fue a Mizpeh, una ciudad moabita donde se hallaba el rey de ese país vecino, y le pidió permiso para que su padre y madre se pudiesen refugiar, bajo la protección real, en el país natal de Ruth, la abuela de Yishai, padre de David.
El encuentro de David con el sacerdote Ahimelej había sido presenciado, sin conocimiento de David, por Doeg el edomita, jefe de los pastores del rey Saul. Doeg, de inmediato, fue adonde Saúl se encontraba, y le informó lo que había visto. El rey hizo traer a Ahimelej y a los otros sacerdotes de Nob a su presencia, y los acusó de conspirar con David contra él, y de incitarlo a que se rebele contra el rey, dándole comida y armas.
Ahimelej protestó que era inocente, y dijo que todos sabían que David, el yerno de Saúl, era un servidor leal del rey. Saúl se negó a aceptar sus explicaciones y lo condenó a morir. El rey ordenó a sus soldados que maten a los sacerdotes, pero ellos, horrorizados, no se movieron. El rey, entonces, dio la misma orden a Doeg, y éste la cumplió de inmediato, matando a ochenta y cinco sacerdotes. Luego, masacró a todos los habitantes de Nob, incluyendo a mujeres y niños, e incluso mató a todos sus animales.
Ebyatar, hijo de Ahimelej, fue el único sobreviviente de la masacre que logró escapar. Llegó adonde David se encontraba y le contó la terrible tragedia. David, sintiendo que había sido él, sin querer, el causante indirecto de la muerte de Ahimelej, le pidió a Ebyatar que se quedase con él.
David escuchó que los filisteos estaban atacando el pueblo de Keilah y despojando a los habitantes de sus bienes. Consultó con el oráculo del SEÑOR si debería ir a Keilah y luchar allí contra los filisteos. La respuesta fue afirmativa. David y su banda, que en esos momentos ya contaba con seiscientos hombres, fueron a Keilah y derrotaron a los filisteos.
Saúl, informado de que David se encontraba en Keilah, se alegró pensando que David se había atrapado a sí mismo en una ciudad con murallas y puertas. A la cabeza de su ejército marchó a Keilah para sitiar la ciudad y capturar a David y a sus hombres. David nuevamente consultó con el oráculo del SEÑOR por medio del efod, (artículo usado para adivinar), que el sacerdote Ebyatar había traido con él cuando escapó de la masacre de Nob.
"SEÑOR, Dios de Israel, tu siervo ha escuchado que Saúl intenta venir a Keilah, y destruir la ciudad porque yo estoy en ella. ¿Es cierto que Saúl quiere venir a Keilah? ¿Los habitantes de Keilah me entregarán a las manos de Saúl?", preguntó David al oráculo.
"Si vendrá, y si te entregarán", contestó Dios por intermedio del oráculo.
David y sus hombres de inmediato abandonaron Keilah y retornaron al desierto. Saúl, al escuchar que David ya no estaba en Keilah, desistió de su intención de sitiar la ciudad.
David se vio obligado a moverse continuamente debido a la persecución de Saúl. En una ocasión, mientras que David se encontraba en un bosquecillo, en el desierto de Zif, Jonatán lo visitó secretamente y le dijo: "No temas, la mano de mi padre nunca te tocará. Tú serás rey en Israel, y yo seré tu segundo. Incluso mi padre lo sabe." Esa fue la última vez que los dos amigos se vieron.
David fue al desierto de Ein-gedi, cerca al Mar Muerto. Saúl, con tres mil soldados, fue hacia allá para tratar de capturarlo vivo o muerto. Saúl entró a una cueva para cumplir con una necesidad corporal. David y sus hombres estaban escondidos en el fondo de la cueva.
Los compañeros de David le dijeron, "Este es el día que el SEÑOR te ha dicho, Te entregaré tu enemigo, haz con él lo que te plazca."
David se acercó sigilosamente a Saúl, y, sin que el rey se diese cuenta, cortó con su cuchillo una esquina del manto de Saúl. Regresó a sus hombres y les dijo: "Que Dios prohiba que yo levante mi mano contra mi amo, el ungido del SEÑOR", y sintió remordimientos por haber cortado un pedazo del manto. 
Saúl salió de la cueva y regresó al campamento de su ejército. Entonces, David también salió de la cueva, y lo llamó en voz alta, "¡Mi señor rey!."
Saúl se volteó al escuchar la voz, y David, se inclinó hacia el suelo en muestra de respeto, y, con la cabeza baja, le dijo "Señor, ¿porque escuchas a gente que te dice que quiero hacerte daño? Hoy, el SEÑOR te entregó en mis manos en la cueva. A pesar de que me dijeron que te mate, tuve compasión y me dije "No alzaré una mano contra el ungido del SEÑOR. Mira, aquí tengo en la mano la esquina de tu manto que corté en vez de matarte. Debes ver claramente que no tengo ninguna intención malvada o rebelde hacia ti, y que nunca te he hecho daño, pero tú estás empeñado en matarme. ¡Que el SEÑOR juzgue entre tú y yo! Mi mano nunca te tocará. ¿Contra quien está luchando el rey de Israel? ¿A quien está persiguiendo? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?"
El rey, conmovido, regresó a su palacio, y David y sus hombres regresaron a sus fortificaciones. Allí se dedicaron a pedir contribuciones a los hombres ricos que vivían en la región, a cambio de otorgarles protección. Uno de los más ricos de la zona era Nabal, a quien David envió una delegación de diez hombres para pedirle su apoyo. Nabal, tratándolos con desprecio y desdén, se negó a contribuir.
Abigail, la bella e inteligente esposa de Nabal, convencida de que David vendría a castigar a Nabal por su insultante negativa, cargó comida y vino en varios asnos, y, sin decir una palabra a su esposo, salió al encuentro de David. Lo encontró en el camino, ya muy cerca de su casa, acompañado por hombres armados. Abigail se disculpó ante David por las malas maneras de su esposo y lo disuadió de su proposito de venganza contra Nabal. Abigail regresó a su casa, y, viendo que Nabal estaba borracho, espero hasta la siguiente mañana para contarle lo que ella había hecho. Nabal, al escuchar que su esposa lo había salvado de una muerte segura, tuvo un derrame cerebral y murió diez días más tarde. David, al enterarse de que Abigail era ahora viuda, le ofreció matrimonio, y ella aceptó de buen grado.
Saúl escuchó que David se hallaba en el desierto de Zif. Olvidando su promesa, tomó 3,000 hombres escogidos y fue en busca de David.
David vio el lugar donde Saúl y Abner, el comandante de su ejército, habían acampado, rodeados por soldados, y pidió a Ahimelej el hitita y a Abishai, el hermano de Joab, que lo acompañen al campamento del rey.
Abishai respondió "Iré contigo." Esa noche, los dos hombres, sigilosamente, se acercaron al campamento y llegaron hasta donde Saúl se encontraba durmiendo, con su lanza clavada en el suelo cerca de su cabeza. Abner y los soldados dormían a su alrededor. Abishai le susurró a David, "Dios ha entregado en tus manos a tu enemigo. Clavemoslo al suelo con su lanza."
"¡No haremos tal cosa! Nadie puede tocar al ungido del SEÑOR con impunidad. Si Dios lo hiere, o si su tiempo llega y él muera, o perezca en una batalla, pero líbreme el SEÑOR de extender mi mano sobre el ungido de Dios. Toma solamente la lanza y la jarra de agua que está en su cabecera, y salgamos de aquí", le amonestó David.
Ambos se retiraron sin que nadie en el campamento los viese o se despertase. David cruzó al otro lado del valle, y desde la cumbre de una colina, a cierta distancia del campamento de Saúl, gritó "Abner, ¿no vas a contestar?"
"¿Quién eres tú para gritar al rey?" contestó Abner, también gritando.
"¿No eres tú un hombre? ¿Quién es como tú en Israel? ¿Por qué no has sabido cuidar al rey, tu señor?  Alguién  del pueblo  vino a  matar al rey. No  te  has  desempeñado  bien".
 

"Merecen ustedes morir por no haber cuidado a vuestro señor, el ungido de Dios. Mira a tu alrededor. ¿Dónde está la lanza del rey y la jarra de agua que estaba en su cabecera?", dijo David.Saúl reconoció la voz de David, y preguntó, "¿No es esta tu voz, David, hijo mío?"
"Es mi voz, rey señor mío", contestó David, y agregó "¿Porqué mi señor continúa persiguiendo a su siervo? ¿Qué he hecho? ¿Cuál es mi culpa? Si Dios te incita contra mí, le ofreceré un sacrificio, pero si son hombres los que te incitan a perseguirme, que Dios los maldiga, porque son elLos que me han forzado a salir de la tierra de Dios e ir a un país extraño, diciendo 'Anda a servir a dioses ajenos'. No dejes que me maten lejos de la presencia del SEÑOR. El rey de Israel está buscando una pulga, como quien persigue una perdiz por los montes."
"No está bien lo que he hecho. Regresa David, hijo mío, que nunca volveré a tratar de hacerte daño, ya que hoy has considerado preciosa mi vida. Él sido un necio y he hecho muchos errores", dijo Saúl.
"Aquí está la lanza del rey. Qué venga uno de los muchachos a recogerla. Y que Dios reconozca a cada uno su conducta y su lealtad, porque hoy el SEÑOR te entregó en mis manos, y yo no levanté la mano contra el ungido del SEÑOR. Tal como hoy respeté tu vida, que el SEÑOR respete mi vida y me libre de toda aflicción", dijo David.
"Que seas bendito, David mi hijo. Mucho harás y prevalecerás", dijo Saúl.
David siguió por su camino y Saúl volvió a su palacio.
David, convencido de que Saúl nunca cumpliría su promesa y nuevamente trataría de capturarlo y matarlo, decidió refugiarse con sus dos esposas, Abigail y Ajinoam, y los seiscientos hombres de su banda, en la ciudad filistea de Gat. Saúl, al enterarse que David estaba en Filistea, desistió de perseguirlo.
Ajish, el rey de Gat, autorizó a David, a sus hombres y familias a residir en el pueblo de Ziclag, donde permanecieron durante dieciséis meses, período durante el cual David y su banda sirvieron como mercenarios a Ajish.
David reportaba falsamente a Ajish que había atacado y pueblos israelitas, cuando en realidad atacaba pueblos de tribus vecinas y mataba a todos los habitantes para evitar que informen la verdad a Ajish.
Ajish confiaba ciegamente en David, convencido de que los actos de robo y pillaje que éste supuestamente realizaba contra su propio pueblo, daban motivo a los israelitas para odiarlo tanto que David nunca podría regresar a su país natal, y no tenía otra alternativa que seguir sirviéndolo por el resto de su vida. Como expresión de su total confianza, Ajish nombró a David su guardaespaldas.
Los filisteos reunieron un gran ejército y se dirigieron contra Israel, con Ajish, David y sus hombres marchando en la retaguardia.
Los comandantes filisteos preguntaron "¿Quiénes son estos hebreos?"
"Es David, el siervo del rey del rey Saúl de Israel,” contestó Ajish. “Está conmigo ya más de un año y no tengo nada que reprocharle.”
Los comandantes filisteos no compartían con Ajish la confianza que éste depositaba en David. Molestos, le dijeron, “Envía al hombre de regreso. No marchará con nosotros a la batalla, para que en la batalla se pase al lado de nuestro enemigo.”
Ajish llamó a David y le dijo, “Sé que eres un hombre honesto, y habría deseado que sirvas en mis fuerzas, porque desde el día que me sirves nunca he encontrado una falla en ti. Pero los otros comandantes no te aceptan. Váyanse en paz y no hagan nada que pueda molestar a los príncipes filisteos.”
David y sus hombres, después de tres días de marcha, llegaron a Ziclag y vieron que, durante su ausencia, los amalequitas habían atacado el pueblo, lo habían incendiado, y se habían llevado con ellos a todos los niños y a las mujeres, incluyendo a Ajinoam y a Abigail, las dos esposas de David. De inmediato, David partió en persecución de los incursores. Los alcanzó, rescató a los cautivos y recuperó el botín que los amalequitas se habían llevado.
Una vez que estuvo de regreso en Ziclag envió parte de los objetos recuperados a los ancianos de Yehudah en diversas ciudades, con un mensaje que decía, "Este es un obsequio de lo que hemos tomado de los enemigos del SEÑOR."
Mientras tanto, Saúl, ansioso por saber cual sería el resultado de la batalla contra el numeroso ejército filisteo, fue a ver a una pitonisa endor para consultar con el espíritu de Samuel. El profeta apareció y predijo la derrota de Israel y la muerte de Saúl y sus hijos.
La batalla tuvo lugar el siguiente día. El resultado fue una catástrofe para Israel. Los filisteos derrotaron a los israelitas y los hicieron huir. Tres hijos de Saúl, incluyendo a Jonatán, murieron luchando. El rey, herido de gravedad por una flecha, rogó a su escudero que lo mate para no caer vivo en manos de los enemigos. El escudero rehusó, horrorizado por lo que Saúl le pedía. El rey se arrojó sobre su propia espada y murió. El escudero, al ver que su señor había muerto, también se suicidó.
Los filisteos encontraron el cuerpo de Saúl, le cortaron la cabeza, y colgaron su cuerpo y los cuerpos de sus hijos en las murallas de la ciudad de Bet-Shean. Los habitantes de Yabesh-Gilad—el pueblo que Saúl había salvado al comienzo de su reinado—escucharon lo que los filisteos habían hecho con el cuerpo de Saúl. Viajaron durante la noche, descolgaron los cuerpos de las murallas, y los trajeron a su ciudad, donde  los cremaron y enterraron los restos bajo un árbol.
Tres días después de la victoria de David sobre los amalequitas, un joven amalequita llegó a Ziclag y le contó a David que los filisteos habían derrotado a los israelitas, y que Saúl y Jonatán habían muerto.
"¿Cómo sabes que Saúl y su hijo Jonatán han muerto?", le preguntó David.
"Estuve en el Monte Gilboa y ví que Saúl se apoyaba en su lanza. Me preguntó quien era yo, y le dije que era un amalequita. Me pidió que lo mate porque estaba sufriendo y cercano a morir. Me puse sobre él y lo maté porque sabía que ya no se podía levantar. Luego tomé su corona y su brazalete, y los he traido para mi señor", contestó el amalequita.
David rasgó su vestimenta, y ordenó a sus hombres que matasen al portador de la mala noticia por haberse atrevido a matar al ungido del SEÑOR, según su propia confesión.
David sintió una gran aflicción. A pesar de que Saúl lo había perseguido y había intentado matarlo en más de una ocasión, el rey lo había sacado de la oscuridad y lo había hecho famoso. Jonatán había sido su más querido amigo. Su dolor le inspiró a componer uno de los más bellos lamentos en la literatura: "¡Cómo han caido los valientes!"
David consultó con el oráculo de Dios si debería ir a alguna de las ciudades de Yehudah, y la respuesta fue que debía ir a Hebrón. Llegó allá con sus dos esposas y su banda. Los ancianos de la tribu lo recibieron y lo coronaron rey de Yehudah. David, en ese momento, tenía 30 años de edad.
Abner, el comandante del ejército de Saul, huyó  al otro lado del río Jordán, llevando con él al hijo sobreviviente de Saúl, Ish-Boshet, de 40 años de edad, a quien proclamó rey. Durante los dos años que reinó Ish-Boshet hubo constantes encuentros violentos entre los hombres de Abner y los de David. En una de esas batallas el ejército de Abner fue derrotado, y Abner, mientras escapaba corriendo, mató a Asahel, el hermano de Joab, el comandante del ejército de David.
Ish-Boshet, sin prever las consecuencias, cometió el error de acusar a Abner de haberse acostado con Rizpah, una de las concubinas del rey Saúl. Abner, furioso por la acusación, transfirió su apoyo a David, y le prometió usar su influencia para convencer a las otras tribus a que lo reconozcan como rey.
David le respondió a Abner que estaba  dispuesto a recibirlo con la condición de que Mijal, la hija de Saúl, que había sido su primera esposa, le fuese devuelta. Abner la hizo tomar por la fuerza de la casa de su esposo Paltiel, y la llevó a Hebrón. Paltiel, llorando, los siguió caminando detrás de ellos, hasta que Abner le ordenó que deje de seguirlos.
Abner habló a favor de David a los ancianos de Israel y a la tribu de Benjamín, a la cual Saúl había pertenecido. Luego, llegó a Hebrón, con una escolta de veinte hombres. David lo recibió con gran cordialidad, y celebró su visita agasajándolo con una cena festiva. Los dos hombres se pusieron de acuerdo en que Abner haria todo lo posible para lograr que la nación entera apoyase a David. David le dio un salvoconducto a Abner y se despidio de él.
Joab, que había estado ausente peleando con las tropas en los campos de batalla, regresó a Hebrón y escuchó que Abner había llegado de visita. Fue a hablar con David y le previno que Abner había venido sólo para espiar. Luego, sin que David lo supiese, consiguió, con un pretexto, que Abner regresase a Hebrón, y, mientras pretendía hablar en forma privada con él, lo acuchilló en el vientre y lo mató, en venganza por la muerte de su hermano Asahel.
Conmocionado por el traicionero asesinato, David sepultó a Abner en Hebrón con todos los honores. Caminó llorando detrás del ataúd, lo elogió en un discurso fúnebre y ayunó todo el día para demostrar que no tenía responsabilidad en el asesinato de Abner. La gente vio con buenos ojos el comportamiento de David, y nadie lo culpó por la muerte de Abner.
David maldijo a Joab y a su casa por su acto sangriento, pero no lo castigó. Muchos años después, cuando se hallaba en su lecho de muerte, David pidió a su hijo Salomón que matase a Joab por ese y otros crímenes.
Poco tiempo después, Ish-Boshet fue asesinado por dos de sus oficiales mientras dormía. Le cortaron la cabeza y se la trajeron a David en Hebrón, esperando recibir una recompensa. David ordenó que los ejecuten por haber asesinado a un inocente hombre indefenso. Los soldados de David les cortaron a los asesinos las manos y los piés y los colgaron cerca del estanque de Hebrón. La cabeza de Ish-Boshet fue enterrada en la tumba de Abner en Hebrón. Los ancianos de las otras tribus de Israel, habiendo perdido a sus líderes, fueron a Hebrón y aclamaron a David como rey de todo Israel.
Jerusalén, en esa época, era una ciudad jebusita fuertemente amurallada, fuera del territorio controlado por las tribus israelitas. David decidió conquistarla y sitió la ciudad. Los habitantes, convencidos de que su ciudad era inexpugnable, se burlaron de él, gritándole desde las murallas que los ciegos y los inválidos bastaban para defender la ciudad contra el ejército israelita. David ofreció una recompensa a quien entrase a la ciudad trepando por el interior del túnel de agua y abriese los portones de la muralla. Joab trepó, entró secretamente a la ciudad, y abrió las puertas. El ejército de Israel ingresó a Jerusalén y capturó a la ciudad.
David mudó su capital de Hebrón a Jerusalén, y la llamó "Ciudad de David." Los filisteos, al escuchar que David había sido proclamado rey de todo Israel, enviaron un ejército contra él, pero fueron derrotados y rechazados hasta Gezer.
David decidió que Jerusalén no sólo sería el centro político y administrativo de la nación, sino también el foco religioso del pueblo, para lo cual había que traer el Arca de Dios a Jerusalén. El Arca, durante muchos años, había estado guardado en la casa de Abinadab, en una colina cercana al pueblo de Kiriat Yearín, después que los filisteos la devolvieron a los israelitas.
Uzza y Ajio, los hijos de Abinadab, condujeron la carreta que llevaba el Arca, desde Gibeah a Jerusalén, acompañados por el rey David y por todo el pueblo de Israel, con los sacerdotes y levitas tocando música y cantando.
Cuando la carreta llegó a la era de Najón el buey tropezó. El Arca hubiese caido si Uzza no la hubiese agarrado con la mano. En ese mismo momento cayó muerto al suelo.
David, temeroso de que el SEÑOR había matado a Uzza por haber tocado el Arca, lo dejó en la casa de Obed-Edom, el gitita.
Tres meses después, al ver que Obed-Edom había sido bendecido por Dios, David decidió que había llegado el momento de traer el Arca a Jerusalén. Esta vez no hubo incidentes que lamentar, y el Arca fue traida a Israel con una gran celebración, gritos de júbilo, y sonidos de trompeta, con David al frente de la multitud, bailando con toda su energía en honor al SEÑOR.
Mijal, la hija de Saúl, vio, desde una ventana del palacio, como David bailaba y saltaba, y sintió disgusto y desprecio hacia aquel a quien una vez ella había amado. Cuando el rey ingresó al palacio, Mijal le salió al encuentro y le dijo sarcásticamente, "¡El rey de Israel se honró a si mismo hoy, exhibiendo su desnudez delante de las criadas de sus siervos, al igual que se desnuda uno de la chusma!"
"Bailé adelante del SEÑOR que me escogió en vez de tu padre y de tu familia, y me hizo rey sobre Israel, el pueblo del SEÑOR. Danzaré delante del SEÑOR y me deshonraré aún más y bajaré en mi propia estima, pero entre las criadas que tu mencionas seré honrado", contestó David.
Nunca más se acercó a ella, y Mijal, la única mujer que la Biblia menciona que amaba a un hombre, murió sin amor, sin hijos, llena de odio, desprecio y resentimiento contra David, el amor de su juventud.
El Arca fue colocada en una carpa, y el rey consultó con el profeta Natán acerca de construir un Templo donde guardar el Arca en forma permanente. Esa noche, la voz de Dios habló a Natán y le dijo "Dile a David que su dinastía reinará para siempre, pero que el Templo será construido por su sucesor."
David, tuvo muchas guerras con los paises vecinos y expandió el territorio que estaba bajo su control. Derrotó a los filisteos y a los moabitas. Convirtió a los arameos y a los edomitas en vasallos. Estableció guarniciones en Damasco y Edom. El río Eufrates fue su frontera norte.
El rey David hizo traer a la corte a Ziba, el sirviente de Saúl, y le preguntó si alguno de la familia de Saúl aún quedaba con vida. Ziba le informó que había un sobreviviente, Mefi-Boshet, hijo de Jonatán, un inválido que vivía en la casa de Majir, en Lo-Debar.
David hizo traer a Mefi-Boshet a su presencia. Cuando el hijo de Saúl  vio a David, se postró en la tierra. David le dijo que no tema, que las tierras de su abuelo Saúl le serían devueltas, para honrar la memoria de Jonatán, y que él siempre comería en la mesa del rey. El rey le dijo a Ziba que le daba a Mefi-Boshet todo lo que había pertenecido a Saúl, y que él. Ziba, sus quince hijos y sus veinte sirvientes, trabajarían las tierras de Mefi-Boshet para proveer de comida al nieto de su difunto amo. Mefi-Boshet se quedó en Jerusalén junto con su joven hijo Micah.
Najash, el rey de Amón, murió y su hijo Janún ascendió al trono. David, agradecido por la generosidad que Najash siempre le había mostrado, envió una delegación para ofrecer sus condolencias a Janún. Ese gesto fue mal interpretado por los consejeros de Janún, quienes le dijeron al rey que los embajadores israelitas no habían venido a consolar sino a espiar.
Janún apresó a los israelitas. Después de cortarles la barba en una mitad de la cara para insultarlos y hacerles cortes en la ropa para que se les viesen las nalgas desnudas, los expulsó de su país.
Los embajadores, avergonzados y abochornados, fueron autorizados por David a permanecer en Jericó, y no regresar a Jerusalén, hasta que las barbas les volviesen a crecer.
Janún se dio cuenta que David no iba a permitir que el insulto quedase sin castigo, y contrató a un ejército de mercenarios arameos para defender su reino. El ejército que David envió, bajo el mando de Joab, derrotó a los arameos. Los amonitas, cuando vieron huir a los arameos, se refugiaron adentro de las murallas de su ciudad. Joab desistió del ataque y regresó a Jerusalén.
Algunos meses después, David volvió a enviar a Joab y al ejército a luchar contra los amonitas y a sitiar su ciudad, mientras que él permanecía en Jerusalén.
Un día, al caer la tarde, mientras caminaba en la terraza de su palacio, el rey vio a una bella mujer bañándose en el techo de una casa vecina. Preguntó quien era y le informaron que la mujer se llamaba Batsheba y era la esposa de Uryah el hitita, un oficial en Los Treinta, un grupo élite del ejército. David la hizo traer al palacio y pasó la noche con ella. Luego la envió de regreso a su casa.
Algunas semanas después, el rey se enteró que Batsheba había quedado encinta. Para evitar el escándalo, David ordenó que Uryah retornase de inmediato a Jerusalén con el pretexto de que necesitaba que el oficial le informase como iba la guerra, pero en realidad con el objeto de darle a Uryah la oportunidad de pasar una noche con su esposa, y hacerle creer, cuando el bebe naciese, que era suyo.
Uryah llegó a Jerusalén y el rey lo recibió en el palacio. Luego de escuchar el reporte de Uryah sobre la guerra, el rey le dijo que fuese a su casa a descansar. Sin embargo, Uryah prefirió pasar la noche durmiendo en la entrada del palacio, al lado de los guardias.
David, disimulando su fastidio, le preguntó, "¿Por qué no fuiste a tu casa a dormir allí? "
Uryah le contestó, "Mientras mis camaradas del ejército estén en el frente y duerman en carpas, yo no dormiré en mi propia casa ni estaré con mi esposa".
Esa noche el rey lo invitó a cenar y lo emborrachó, pero, a pesar de que estaba ebrio, Uryah rehusó ir a su casa y durmió nuevamente en la entrada del palacio, con los guardias.
David llegó a la conclusión de que la única forma de evitar el escándalo era si Uryah moría. En la mañana siguiente David escribió una nota a Joab que decía "Coloca a Urías en el frente, donde la lucha sea más intensa, y haz que todos los otros soldados se retiren para que él quede solo y sea muerto por los enemigos." La selló y se la dio a Urías para que se la entregue a Joab.
Joab envió a Urías y a varios otros soldados a luchar cerca de los muros de la ciudad sitiada. Los defensores salieron y mataron a varios de los guerreros israelitas, entre ellos a Urías.
Joab envio un mensajero al rey para informarle de la batalla y de los caídos. Advirtió al mensajero que el rey, al oir que habían muerto varios soldados, se pondría furioso y preguntaría "¿Porqué se arriesgaron a luchar tan cerca de las murallas de la ciudad?." Y, en ese caso, el mensajero debería responder "Tu siervo Urías, el hitita, fue uno de los que murieron." 
La conversación entre el mensajero y David se desarrolló exactamente como lo había predicho Joab. David, al escuchar que Urías había muerto, suspiró de alivio, y dijo "Dale este mensaje a Joab: 'No tengas pesar por lo que pasado. La espada siempre cobra víctimas. Ataca con fuerza la ciudad y destrúyela'. ¡Y tú, aliéntalo!."
El rey David se casó con Batsheba tan pronto como ella terminó el período de duelo. Meses más tarde, cuando nació el bebe, el profeta Natán fue a hablar con David, y le relató la parábola de un hombre rico, que, a pesar de ser dueño de muchas ovejas, tomó la única oveja que tenía el vecino y la cocinó para agasajar a un huésped. David no entendió la alusión, montó en cólera y amenazó con castigar al hombre rico por su falta de compasión.
"Ese hombre eres tú", dijo Natán.
David expresó remordimientos y reconoció que había pecado. Natán le dijo que él no moriría, pero el bebe si.
El bebe de Batsheba enfermó gravemente. David rezó a Dios para que cure al niño. Ayunó y pasó la noche echado sobre el duro suelo. Sus cortesanos trataron de convencerlo de que se levante y coma algo, pero él se negó. El bebe murió en el sétimo día. Sus sirvientes tenían temor de informarle que el bebe había muerto, y se decían, "Cuando el niño aún vivía le hablamos y no nos hizo caso. ¿Cómo podemos ahora decirle que el bebe ha muerto? Su reacción podría ser terrible."
David vio a sus cortesanos susurrando entre ellos, y les preguntó, "¿El niño ha muerto?"
"Si", le respondieron.
El rey se levantó del pavimento, se bañó, se ungió con aceites y se cambió la ropa. Fue a la Casa del Señor y rezó. Luego, regresó al palacio, pidió que le traigan comida, y comió. Sus cortesanos estaban sorprendidos, y le preguntaron, "Mientras el niño estaba vivo, ayunaste y lloraste, pero ahora que el niño ha muerto ¿te levantas y comes?"
"Mientras el niño vivía, ayuné y lloré porque pensé, ¿Quién sabe? ¿Tal vez el SEÑOR se apiade de mí y permita que el niño viva? Pero, ahora que ya ha muerto, ¿por qué debo ayunar? ¿Acaso eso le devolvería la vida? Yo, algún día, iré a él, pero él nunca regresará a mí", contestó David.
David consoló a Batsheba, la cual nuevamente concibió y dio a luz un niño, a quien el profeta Natán llamó Jedidiah, pero que fue es más conocido como Salomón.
David tuvo diecinueve hijos y una hija, sin contar los hijos que tuvo con sus concubinas. Seis hijos nacieron en Hebrón: Amnón, su primogénito, hijo de Ajinoam de Yizreel Quilab—también llamado Daniel—el hijo de Abigail la carmelita Abshalom, hijo de Maajáh, la hija de Talmai, rey de Geshur Adoníah, hijo de Jagit Shefatyah, hijo de Abital e Yitream, hijo de Eglah.
Trece hijos de David nacieron en Jerusalén. Cuatro de ellos fueron hijos de Batsheba: Shimea—también llamado Shamua—Shobav, Natán, y Salomón. Los otros nueve fueron Yibjar, Nogah, Nefeg, Yafía, Elyadá, dos hijos llamados Elishama, y dos hijos llamados Elipelet. Su hija Tamar, la hermana de Abshalom, también nació en Jerusalén.
Joab envió un mensaje a David que decía, “Ataqué Rabbah y capturé la ciudad de las aguas. Ven con el resto de las tropas, sitia a la ciudad y captúrala. Si no vienes, yo la capturaré personalmente, y la ciudad estará conectada a mi nombre.”
David reunió a su ejército, atacó la ciudad y la conquistó. Tomó la pesada corona de oro, adornada con piedras preciosas, del rey de Amón, y se la colocó sobre su cabeza. Obligó al pueblo cautivo a realizar trabajos forzados, y se llevó de regreso a Jerusalén un enorme botín.
Amnón, el hijo primogénito de David, se enamoró apasionadamente de Tamar, su media hermana. Siguiendo el consejo de su astuto primo Yonadab, convenció a su padre de que estaba enfermo y deseaba que Tamar le trajese comida a su casa. David envió a Tamar a la casa de Amnón, donde ella cocinó pasteles para él. Amnón pidió a sus sirvientes que saliesen de la habitación y lo dejasen solo con Tamar. Tan pronto estuvieron solos, Amnón violó a Tamar. Luego de violarla, sintió hacia ella antipatía y repugnancia, e hizo que su criado la eche de la casa, y cerrase la puerta tras ella.
Tamar se echó polvo y ceniza sobre la cabeza, rasgó su lujosa túnica, y salió gritando y llorando.
Abshalom la vió y le preguntó, “¿Fue tu hermano Amnón quien te hizo esto? Por el momento, hermana, calla el asunto es tu hermano, no pienses en esto." Tamar, desconsolada, se quedó viviendo en la casa de Abshalom.
El rey David se alteró al oir del incidente, pero no le hizo ningún reproche a Amnón. Abshalom, por su parte, tampoco dijo una palabra al respecto. Odió a Amnón en secreto y esperó con paciencia que llegase el momento adecuado para vengar la deshonra de su hermana. Dos años después se le presentó la oportunidad. Invitó al rey David, su padre, a una celebración del trasquilado de ovejas. El rey no aceptó la invitación, pero, cuando Abshalom insistió, permitió que Amnón y sus otros hijos fuesen a la fiesta. Durante el banquete Abshalom dio orden a sus sirvientes para que maten a Amnón, en venganza por la violación de su hermana. La primera noticia que recibió el rey David decía que todos sus hijos habían sido asesinados por Abshalom, pero después se aclaró que sólo Amnón había muerto. Abshalom huyó a Geshur, y permaneció allí durante tres años, con los parientes de su madre.
Joab notó que David extrañaba mucho a Abshalom, pero su terquedad le impedía hacerlo llamar de regreso. Joab ideó una treta para convencer a David que permitiese el regreso de Abshalom: trajo a una mujer del pueblo de Tecoah, quien le contó a David una historia de su familia, que en todos los puntos esenciales era similar a la historia de Abshalom, e indicaba la necesidad de perdonar. David entendió la alusión.
"¿Tu te has confabulado con Joab en esto?, le preguntó David.
La mujer confesó que Joab la había aleccionado en lo que tenía que decir al rey.
"Anda, y trae de regreso a mi hijo Abshalom", le dijo David a Joab.
Joab se postró en el suelo y agradeció al rey por haberle concedido su pedido.
Joab fue a Geshur y retornó a Jerusalén con Abshalom. Sin embargo, el rey David se negó a verlo, y Abshalom fue directamente a su casa.
Dos años pasaron sin que Abshalom viese al rey. Abshalom, sabiendo la influencia que Joab tenía sobre David, le pidió a Joab que viniese a su casa con la intención de pedirle que hable al rey y abogue por él. Joab rehusó venir. Abshalom lo hizo llamar nuevamente, y Joab otra vez se negó a venir. Abshalom optó por ordenar a sus sirvientes que quemen los campos de Joab. Esto causó que Joab, indignado, viniese de inmediato a la casa de Abshalom para preguntarle porque sus sirvientes habían destruido sus campos. Abshalom contestó que ese era el único modo de conseguir que Joab viniese a hablarle, y le dijo que quería que el rey lo reciba.
Joab fue a hablar con David y le contó lo que Abshalom había dicho. El rey hizo llamar a Abshalom, quien, al verse en presencia de su padre, se postró en el suelo. El rey le dijo que se levante y le dio la bienvenida con un beso.
Abshalom, después de la muerte de Amnón, era el mayor de los hijos de David, y como tal, el obvio sucesor al trono. Tomando esto en cuenta, no es fácil entender porque, luego de haberse reconciliado con su padre, Abshalom empezó a preparar, con cautela y paciencia, una rebelión para deponer a David y hacerse rey de Israel. Es posible que Abshalom temía que David, influenciado por Batsheba, su esposa favorita, nombraría sucesor a Salomón, como efectivamente ocurrió años después.
Abshalom, a pesar de ser testarudo y voluntarioso, era un hombre paciente, que planeaba sus objetivos y sabía esperar al momento oportuno para actuar. Su primer paso fue ganarse el amor del pueblo. Se paraba en las puertas de la ciudad, hablaba con los visitantes que venían a presentar sus quejas y disputas, y los escuchaba con lisonjera atención. Iba en un coche precedido por cincuenta de sus sirvientes que corrían delante de él. Abshalom se volvió el hombre más popular y admirado del reino, famoso por su belleza masculina y por su larga cabellera, que solía cortar una sola vez al año.
La conspiración para destronar a David fue planeada cuidadosamente. Cuando Abshalom juzgó que había llegado el momento, fue a Hebrón con doscientos hombres, y se proclamó allí rey. Ajitofel, el más respetado de los consejeros de David, se unió a Abshalom en Hebrón. (La Biblia no explica porque Ajitofel desertó de David y apoyó la rebelión de Abshalom, pero, tal vez, el hecho de que era el abuelo de Batsheba, a través de su hijo Eliam, sugiere que Ajitofel odiaba secretamente a David por haber causado la muerte de Urías y haberse luego casado con su viuda.)
David, quien no había tenido la mínima sospecha de que estallaría una rebelión, se desesperó y optó por abandonar Jerusalén con sus guardaespaldas, mercenarios extranjeros, y otros seiscientos soldados, y refugiarse al otro lado del río Jordán. El rey dejó a diez de sus concubinas en Jerusalén para que cuiden el palacio real.
Ittai, el gitita, uno de los comandantes del ejército de David, estaba entre sus acompañantes. David le dijo que él, como extranjero, no tenía necesidad de compartir su exilio, y que debería retornar a Jerusalén y servir al nuevo rey. Ittai rehusó dejar a David, y le dijo que él, en vida o en muerte, continuaría fielmente a su lado.
La gente, aglomerada a la vera del camino, lloraba al ver marchar a la tropa de David. Los sacerdotes Zadok y Ebyatar, acompañado por levitas, cargaban el Arca de Dios. El rey le dijo a Zadok, "Lleva el Arca de regreso a la ciudad. Si el SEÑOR me favorece, Él me retornará, y me dejará ver nuevamente el Arca. Pero si Él dijese "No te quiero", yo estoy preparado, que Él haga conmigo lo que le plazca."
Zadok y Ebyatar, con sus respectivos hijos, Ajímaatz y Jonatán, regresaron a Jerusalén.
El rey y todos sus acompañantes subieron. llorando, descalzos y con las cabezas cubiertas, la ladera del Monte de los Olivos. David, cuando se enteró de que su sabio consejero Ajitofel se había unido a la rebelión, le rezó a Dios, "SEÑOR, frustra el consejo de Ajitofel."
Jushai, un consejero y amigo leal del rey David, quiso acompañarlo en su huida de Jerusalén. David no se lo permitió, diciendo que Jushai sólo sería una carga para el ejército en su retirada, pero que podría ser muy útil a su causa si fuese adonde Abshalom y pretendiese haber transferido su lealtad del padre al hijo, y así aprovechar esa circunstancia para contrarrestar los acertados consejos de Ajitofel. Todo lo que Jushai escucharia en el campo rebelde, lo deberia informar a David, a través de dos mensajeros, Ajímaatz, el hijo del sacerdote Zadok, y Jonatán, el hijo del sacerdote Ebyatar.
Después de que David pasó la cumbre del Monte de los Olivos, Ziba, el sirviente de Mefi-Boshet, llegó a él con dos asnos cargados de alimentos y bebidas, incluyendo doscientos panes, cien racimos de pasas, cien frutas, y una botella de vino, y le dijo que los asnos eran para la familia del rey, la comida para quienes lo atendían, y el vino para dar ánimo a los que estaban exhaustos.
"¿Dónde está Mefi-Boshet?", le preguntó el rey.
"Se ha quedado en Jerusalén, esperando que el pueblo lo corone como rey", contestó Ziba.
"Todo lo que era de Mefi-Boshet es ahora tuyo", dijo David. Ziba se inclinó ante el rey y le agradeció.
Cuando el rey se aproximaba a la localidad de Bajurim, Shimei, hijo de Gera, del mismo clan del rey Saúl, le salió al encuentro, maldijo a David y le tiró piedras, gritando "¡Vete, vete! Eres un criminal, un villano. El SEÑOR te está pagando por todos tus crímenes contra la familia de Saúl, cuyo trono te has apoderado. El SEÑOR le ha dado el trono a tu hijo Abshalom. ¡Tus problemas se deben a que eres un criminal!"
Abishair, el sobrino del rey David, estaba cerca, parado al lado de su hermano Joab. Al escuchar las imprecaciones de Shimei, le dijo a David, "¿Porqué dejas que este perro muerto insulte a mi señor, el rey? Déjame que vaya y le corte la cabeza."
"¿Qué tiene que ver esto con ustedes, hijos de Zeruyah? Él me insulta unicamente porque el SEÑOR le ha dicho que insulte a David. Nadie puede decir, ¿Porqué has hecho esto? ¡Si mi propio hijo está tratando de matarme, cuanto más este benjamita! Dejen que me insulte, porque el SEÑOR le ha dicho que lo haga. Tal vez el SEÑOR ve mi castigo y me recompense por las maldiciones de Shimei", dijo David.
David y sus hombres continuaron en su camino, con Shimei siguiéndolo por la ladera de la colina, maldiciéndole y tirándole piedras.
Abshalom ingresó a Jerusalén con toda su gente, incluyendo a Ajitofel. Jushai le dio la bienvenida, diciendo "¡Viva el rey! ¡Viva el rey!"
Abshalom sorprendido le preguntó, "¿Es esta tu lealtad a tu amigo? Porqué no te fuiste con él?"
"Yo estoy con el que el SEÑOR, el pueblo y los hombres de Israel han escogido, y me quedaré con él", contestó Jushai.
La respuesta de Jushai había sido ambigua, pero Abshalom prefirió entender que Jushai se había pasado a su lado. Dirigiéndose a Ajitofel le preguntó, "¿Qué me aconsejas hacer?."
"Acuéstate con las concubinas que David ha dejado en el palacio. Esto demostrará claramente al pueblo quien es el que ahora está a cargo", le aconsejó Ajitofel.
Armaron una tienda en el techo del palacio, y Abshalom y las concubinas de su padre entraron a ella.
Los líderes rebeldes, Abshalom, Ajitofel, y los ancianos de Israel se reunieron para decidir cual debía ser el siguiente paso.
Ajitofel le dijo a Abshalom, "Permíteme escoger a doce mil hombres y salir esta noche en persecución de David. Lo encontraré cansado y desanimado, y le causaré pánico. Cuando sus tropas huyan mataré sólo al rey. Y traeré conmigo de regreso a toda la gente, excepto al hombre que tu buscas, y habrá paz."
El plan de Ajitofel le pareció acertado a Abshalom y a los ancianos, pero, antes de aprobarlo y ponerlo en ejecución, Abshalom hizo llamar a Jushai para pedirle su opinión.
Jushai entró a la habitación y escuchó lo que Ajitofel había propuesto. Sabiendo que ese plan sería catastrófico para David, Jushai trató de desacreditarlo diciendo, "El consejo que Ajitofel ha dado no es bueno. Tu bien sabes que tu padre y sus hombres son guerreros valientes, y están tan desesperados como una osa a quien le han robado sus cachorros. Tu padre es un soldado experto, y no pasará la noche con sus tropas. Lo más probable es que se ha escondido en una cueva o en algún otro sitio. Si alguno de tus soldados cayera en el primer ataque, quien lo escuche dirá 'el ejército de Abshalom ha sido derrotado'. Hasta el más valiente, con corazón de león, temblará porque todo Israel sabe que tu padre y sus soldados son guerreros valientes. Por lo tanto te aconsejo que hagas llamar a todo Israel, desde Dan hasta Beersheba, un número tan grande como las arenas del mar, para que se te unan, y marchen a la batalla contigo a la cabeza. Cuando encontremos a David, donde esté, caeremos sobre él como el rocío que cae sobre la tierra, y ninguno de ellos sobrevivirá, ni él ni sus hombres. Y si se refugia en una ciudad, todo Israel traerá sogas y la arrastrará hasta el arroyo, hasta que no quede una sola piedra de ella."
El argumento de Jushai convenció a Abshalom y a los ancianos, quienes consideraron que era superior al plan de Ajitofel.
Ajitofel, al ver que su plan había sido rechazado, vio claramente que Abshalom estaba cometiendo un error fatal y que la rebelión fracasaría. Viajó de regreso a su pueblo natal, puso en orden sus asuntos y se suicidó ahorcándose.
Jushai informó secretamente a los sacerdotes Zadok y Ebyatar que había logrado convencer a Abshalom a que rechaze el consejo de Ajitofel. Les pidió que envíen a sus hijos a David con esa información, y que le digan al rey que de inmediato cruce al otro lado del río Jordán para evitar ser aniquilado.
David, siguió el consejo de Jushai, y ya estaba en Mahanaim, donde había logrado reorganizar su ejército, cuando Abshalom y sus tropas, comandadas por Amasa, cruzaron el río Jordán. Shobi, el hijo del rey Najash de Amón, Majir y Barzilai vinieron a Mahanaim cargando camas, utensilios y comida para David y sus hombres.
David dividió a su ejército en tres partes, la primera bajo el comando de Joab, la segunda bajo las órdenes de Abishair, hermano de Joab, y  la tercera, comandada por Ittai el gitita. El rey pidió a los tres comandantes, en presencia de todo el ejército, que traten con gentileza a su hijo Abshalom. También anunció que él lucharía a la cabeza del ejército, pero los soldados le contestaron que era preferible que permaneciese en la ciudad y los apoyase desde allí.
El rey, parado al lado de la puerta de la ciudad, contempló al ejército que marchaba a dar batalla.
La batalla entre los dos ejércitos tuvo lugar en el bosque de Efraim. Las fuerzas leales a David infligieron una total derrota al ejército rebelde, que tuvo más de veinte mil muertos. Abshalom, huyendo del campo de batalla, quedó atrapado, cuando sus largos cabellos se enredaron en las ramas de un árbol, mientras su mula siguió adelante.
"Acabó de ver a Abshalom colgando de la rama de un árbol", dijo uno de los soldados a Joab.
"¿Lo viste y no lo mataste? Te hubiese dado diez monedas de plata y una correa", exclamó Joab.
"Aún si tuviera yo en mis manos mil monedas de plata, no levantaría la mano contra el hijo del rey. El rey, en presencia de todos nosotros, te pidió a ti y a los otros dos comandantes que nadie toque a su hijo. Yo me habría traicionado a mi mismo―el rey se entera de todo―y hasta tu mismo estarías en mi contra", contestó el soldado.
"No te voy a rogar", le contestó Joab.
Tomó tres dardos en la mano y se los clavó a Abshalom en el pecho. Diez de los guardaespaldas de Joab se acercaron e hirieron a Abshalom hasta que murió. Agarraron el cuerpo y lo tiraron dentro de un hoyo en el bosque. Los sobrevivientes del ejército rebelde huyeron de regreso a sus pueblos.
Ajímaatz, el hijo del sacerdote Zadok, le pidió a Joab permiso para ir corriendo a la ciudad e informar al rey del resultado de la batalla.
"Hoy no le llevarás las noticias. Se las llevarás algún otro día. Hoy no, porque el hijo del rey ha muerto", le contestó Joab.
Dirigiéndose a otro soldado llamado Cushi, Joab le dijo, "Corre, y di al rey lo que has visto."
Cushi le hizo una reverencia y salió corriendo. Ajímaatz insistió, "Déjame ir al rey también".
"¿Porqué vas a correr, mi hijo, si no tienes buenas noticias que dar?" preguntó Joab.
"De todos modos correré", contestó Ajímaatz.
"Corre entonces", dijo Joab, y Ajímaatz corrió velozmente y se adelantó a Cushi.
David estaba sentado en la entrada de la ciudad, entre la puerta exterior e interior. El soldado que se encontraba en el puesto de observación sobre las puertas de la ciudad, vio a un hombre acercándose a toda carrera, y lo avisó a David.
"Si es un solo hombre, trae noticias", dijo David.
"Hay otro hombre que corre tras él", anunció el observador desde la atalaya.
"Ese también trae noticias", dijo el rey.
"El que viene adelante es Ajímaatz, el hijo del sacerdote", dijo el observador.
"Ajímaatz es un buen hombre, y seguro que trae buenas noticias", dijo el rey.
Ajímaatz llegó hasta el rey, se inclinó frente a él y le dijo "Bendito sea el SEÑOR, tu Dios, que nos ha salvado de los que han levantado la mano contra mi señor, el rey."
"¿Mi hijo Abshalom está a salvo?, preguntó el rey.
"Vi una gran muchedumbre mientras Joab me enviaba a Su Majestad, pero no sé de que se trataba", dijo Ajímaatz, evadiendo contestar la pregunta.
"Parate a un lado", le dijo el rey.
Cushi arribó y dijo "Que mi señor el rey se informe que hoy Dios ha defendido su causa contra todos los que se rebelaron."
"¿Mi hijo Abshalom está a salvo?, le preguntó el rey.
"Qué todos los enemigos de mi señor el rey, y todos los que se alzen contra él, tengan el mismo fin que aquel joven", respondió Cushi.
El rey quedó temblando. Subió a sus aposentos que se hallaban sobre las puertas de la ciudad, y lloró, repitiendo una y otra vez, "¡Mi hijo Abshalom, mi hijo Abshalom! Que yo no diera por haber muerto en vez de ti. ¡Abshalom, hijo mío, hijo mío!"
Las tropas escucharon que el rey lloraba la muerte de su hijo, y la alegría por la victoria se tornó en lamentación y duelo.

 

Joab fue a ver al rey y le dijo con brutal franqueza, "Hoy has humillado a todos los soldados que en este día te han salvado la vida, y la vida de tus hijos e hijas, de tus esposas y concubinas, porque has demostrado amor a los que te odiaban y odio a los que te aman. Claramente has dado a entender que no te importan los oficiales y los soldados de tu ejército. Estoy seguro que si Abshalom viviese hoy y todos nosotros hubiésemos muerto, tú lo habrías preferido. Levántate, sal y apacigua a tus seguidores. ¡Te juro por Dios que si no sales ahora, ni un solo soldado quedará contigo esta noche, y esto será para ti el peor desastre que habras tenido desde tu mocedad hasta ahora!"
El rey se levantó, fue a las puertas de la ciudad, y las tropas lo rodearon y vitorearon.
Poco tiempo después, David nombró a Amasa, el oficial que había comandado el ejército de Abshalom, comandante general del ejército reemplazando a Joab. El propósito de David era conseguir, con ese generoso nombramiento, una reconciliación nacional. Amasa habló a los líderes de Yehudah, y estos enviaron un mensaje a David pidiéndole que retorne a Jerusalén con sus seguidores. El rey inició el camino de regreso. Antes de cruzar el río Jordán fue saludado por los líderes de Yehudah.
Shimei, hijo de Gera, acompañado por mil hombres de la tribu de Benjamín, también se apresuró a salir al encuentro de David. Cruzó el río, y, cuando se encontró frente al rey, se postró en el suelo y rogó que le perdonase. 
"¿No debería morir Shimei por insultar al ungido del SEÑOR?", preguntó Abishai.
"¿Qué tiene esto que ver con ustedes, hijos de Zeruyah, que hoy me llevan la contra? ¿Acaso un solo israelita debería morir hoy? ¿No sé yo que hoy nuevamente soy rey sobre Israel?, le dijo David a Abishai. Y dirigiéndose a Shimei, el rey le juró "No morirás."
Mefi-Boshet, el nieto de Saúl, también vino al encuentro del rey. No se había cortado las uñas de los dedos de los pies ni la barba, ni tampoco había lavado su ropa desde el día que el rey había salido de Jerusalén.
"¿Porqué no viniste conmigo?", le preguntó David.
Mefi-Boshet le contestó que había dado orden a su sirviente Ziba para que prepare el asno, pero que Ziba lo había engañado y lo había calumniado ante el rey. Añadió que estaba profundamente agradecido al rey por su generosidad hacia él, y que no tenía ningún derecho a quejarse.
"No necesitas decir más. La propiedad será dividida entre tú y Ziba", dijo el rey.
"No me importa si él se queda con todo. Lo importante es que el rey regresa en paz a su casa", dijo Mefi-Boshet.
Barzilai, uno de los hombres que había traido comida y pertrechos a David, cuando este se había refugiado en Mahanaim, vino a saludar al rey. El rey, manifestando su aprecio y agradecimiento, lo invitó a venir con él a Jerusalén. Barzilai, cortésmente, rehusó la oferta diciendo que era un hombre anciano — tenía ochenta años — y que a esas alturas de su vida lo único que quería era morir en su pueblo natal y ser sepultado cerca de las tumbas de sus padres. En vez, le propuso a David que su hijo Quimham fuera a Jerusalén con el rey. David aceptó gustoso, besó a Barzilai, lo bendijo, y partió hacia Jerusalén llevando a Quimham con él.
 Lo primero que hizo al llegar a Jerusalén fue ir a su palacio, y poner a las diez concubinas que había dejado allí bajo guardia. Nunca más se volvió a acercar a ellas. Las mujeres vivieron encerradas y solitarias, como viudas, hasta el día que murieron.
El regreso a Jerusalén no le trajo tranquilidad a David. Recién había retornado a la capital cuando tuvo noticias de otra rebelión, más peligrosa aún que la de Abshalom. Sheba, hijo de Bijri, de la tribu de Benjamín, se rebeló contra el rey, con el apoyo de todas las tribus exceptuando la de Yehudah.
David le pidió a Amasa, su nuevo comandante general, que urgente organize un ejército en tres días. Al final de ese plazo, al ver que Amasa no había podido cumplir con sus instrucciones, el rey envió a Abishai a perseguir a los rebeldes. Amasa lo siguió y alcanzó a Abishai y a Joab cerca a Gibón.
"¿Cómo estás hermano?" le preguntó Joab a Amasa. Mientras hablaba le agarró la barba con la mano derecha, aparentado querer besarlo, y con la mano izquierda lo acuchilló con la daga matándolo. Dejó el cuerpo a la vera del camino, y continuó la persecución de Sheba que se había refugiado en la ciudad de Abel.
Joab dio órdenes a las tropas de demoler los muros de la ciudad. Los pobladores de Abel atemorizados le cortaron la cabeza a Sheba y la tiraron a Joab desde los altos del muro. Joab y sus soldados regresaron a Jerusalén, y David lo nombró nuevamente comandante general del ejército.
Hubo una hambruna en el país que duró tres años. David consultó con el oráculo de Dios, y fue informado que la causa de la hambruana era la masacre de los gibeonitas realizada por el rey Saúl. Los gibeonitas habían sido conquistados por Josué, y los israelitas habían prometido protegerlos, pero Saúl había tratado de exterminarlos.
"¿Qué debo hacer por ustedes? ¿Cómo debo expiar la culpa para que ustedes bendigan al pueblo del SEÑOR?", preguntó David a los gibeonitas.
"No exigimos oro o plata de Saúl y de su familia, ni tampoco queremos que mueran otros hombres en Israel", dijeron los gibeonitas.
"Haré lo que ustedes digan", les contestó David.
"Danos siete de los familiares de aquel hombre que nos masacró e intentó exterminarnos para que ninguno de nosotros sobreviva en el territorio de Israel. Los ahorcaremos ante Dios en Gibeah de Saúl, el escogido del SEÑOR", dijeron los gibeonitas.
"Así lo haré", les prometió David.
Tomó a Armoni y a Mefi-Boshet, los hijos de Rizpah, la concubina de Saúl, y a los cinco hijos que Merab, la hija mayor de Saúl, había tenido con Adriel, el hijo de Barzilai, el molatita, y se los entregó a los Gibeonitas. Al otro Mefi-Boshet, hijo de su amigo Jonatán, no lo entregó en deferencia a la memoria de su amigo Jonatán.
Los Gibeonitas colgaron a los siete hombres en una colina. Rizpah, la madre de Armoni y a Mefi-Boshet, puso una tela arpillera sobre una roca y se sentó sobre ella para cuidar a los cuerpos contra los pájaros y los animales del campo, desde el comienzo de la temporada de la cosecha hasta que, meses más tarde, llegaron las lluvias.
David recibió los huesos de Saúl y Jonatán de manos de los hombres de Jabes de Gilad — el pueblo que Saúl había socorrido al principio de su reinado-, y, junto con los huesos de los siete descendientes de Saúl que habían sido ahorcados por los gibeonitas, los enterró en la tumba de Kish, el padre de Saúl.
Durante su reinado David estuvo constantemente en guerra contra los filisteos y otras naciones vecinas. Creó en su ejército un grupo elite de los treinta hombres mas valientes. En una ocasión, tres de ellos que estaban tomando parte en una campaña contra los filisteos, escucharon que David añoraba beber el agua del pozo que estaba a la entrada de Belén, su ciudad natal, que en esa época estaba en manos de una guarnición filistea. Los tres valientes fueron al campamento enemigo, sacaron agua del pozo y se la llevaron a David. El rey no quiso beberla, sino que derramó el agua en honor al SEÑOR, y declaró emocionado, "¡Qué el SEÑOR me libre de beberla! ¡Eso sería como beberme la sangre de hombres que han arriesgado su vida!"
El rey decidió hacer un censo de la población y encargó la responsabilidad de realizarlo a Joab. Nueve meses y veinte días más tarde Joab le presentó a David el informe: en la tribu de Yehudah habían quinientos mil hombres aptos para el servicio militar. El total en las otras tribus era de ochocientos mil hombres.
David se arrepintió de haber hecho el censo sin autorización de Dios, y pidió perdón por su pecado. El profeta Gad, enviado por Dios, le mencionó tres alternativas de castigo, y le dijo que escoja una de ellas. La primera alternativa era siete años de hambruna. La segunda, tres meses huyendo de sus enemigos. La tercera, tres días de peste.
David escogió la alternativa de la peste, y murieron más de setenta mil personas.
Dios, por intermedio de profeta Gad, le ordenó a David que, para expiar su pecado, debía construir un altar en una propiedad del jabuseo Araunah*.
Araunah estaba trillando granos cuando vio venir al rey.  Se postró en el suelo y preguntó "¿Porqué ha venido mi señor el rey a su sirviente?"
"Vine a comprar tu parela. La necesito para edificar aqui un altar al SEÑOR, con lo cual terminará la plaga", contestó David.
* Algunos eruditos creen que Araunah había sido el último rey jabuseo de Jerusalén.
"Por favor tome el terreno y sacrifique aquí lo que guste. Gustoso le proporcionaré el buey para el sacrificio y los pertrechos del buey para que le sirva de leña", dijo Araunah.
David rehusó su oferta y le contestó que él no podría hacer un sacrificio a Dios si no le costaba nada. Pagó cincuenta monedas de plata por el terreno de Araunah y por el buey. (En I Crónica 21:25 se menciona que David pagó a Araunah la suma de seiscientos monedas de oro).

 

El rey construyó un altar en ese lugar y sacrificó el buey que compró a Araunah. Dios escuchó su plegaria, y la plaga cesó. Años después, su hijo, el rey Salomón, construyó allí el Templo.
Pasaron los años. Los soldados de David le pidieron que ya no tome parte personal en las guerras, después que David casi perdió la vida en una batalla.
David, en su vejez sufría de escalofríos. Sus sirvientes le trajeron una bella doncella, Abishag, para que lo calentase, durmiendo a su lado.
Adoníah, el cuarto hijo del rey David—su madre fue Jagit—era el mayor de los hijos sobrevivientes de David, y, como tal, era el heredero del trono. Consciente de su posición consiguió carrozas y caballos, y cincuenta hombres que corrían adelante de él. Joab, el comandante del ejército, y Ebyatar, el Sumo Sacerdote, apoyaban su pretensión al trono. Otras personas de gran influencia en la corte se le oponían entre ellos, Zadok, el otro Sumo Sacerdote, y el profeta Natán que estaban de parte de Salomón, el hijo Batsheba.
Adoníah invitó a los líderes de la tribu de Yehudah, y a todos sus hermanos—con excepción de Salomón—a un banquete de sacrificio a Dios.
Natán le pidió a Batsheba que fuese a hablar con el rey David para contarle lo que Adoníah estaba haciendo, y le mencionase al anciano monarca que "él había prometido el trono a Salomón." Mientras Batsheba aún hablaba con el rey, Natán, de acuerdo a un plan preconcebido, entró a la habitación real y confirmó las palabras de Batsheba. Convencido por Natán de que Batsheba decía la verdad, David ordenó que Salomón fuese de inmediato ungido rey en Gihon por el sacerdote Zadok y el profeta Natán. Cuando la coronación se llevó a cabo el pueblo vitoreó con gran alegría, "¡Viva el rey Salomón!"
Jonatán, hijo de Ebyatar, fue de prisa al banquete de Adoníah y anunció que Salomón había sido proclamado rey. Todos los invitados presentes se escabulleron llenos de temor. Adoníah se refugió en el santuario.
Salomón, en ese momento, no tomó ninguna acción contra su hermano y le permitió regresar a su casa, pero, después de la muerte de David, dio órdenes de matarlo, debido a su sospecha de que el deseo que Adoníah había manifestado, de casarse con Abishag, la bella doncella que había calentado la cama del rey David en su vejez, disfrazaba un intento de apoderarse del trono.
En su lecho de muerte, David le dijo a Salomón que siempre cumpla con los mandamientos del SEÑOR que trate con generosidad a los descendientes de Barzilai, el galaadita, pues éste lo había ayudado mientras huía de Abshalom y que castigase a Joab por haber asesinado a dos comandantes del ejército de Israel, Abner y Amasa. (David no mencionó que Joab también había asesinado a Abshalom, a pesar de haber recibido instrucciones específicas de no hacerle daño).  David agregó que Salomón no debería dejar impune a Shimei quien había insultado y maldecido al rey en sus horas más difíciles.
David murió a la edad de setenta años, luego de haber reinado durante cuarenta años: siete en Hebrón y treintaitres en Jerusalén. Fue sepultado en la Ciudad de David, y su hijo Salomón lo sucedió en el trono.

 

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