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Articulo extra BIOGRAFIA DE MOISES

Biografia de Moisés
 
Biografia de Moisés
(Moisés es el personaje más importante de la Biblia. La tradición  religiosa lo considera autor del Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia. Los historiadores consideran que su historia transcurrió en el Siglo 13 A.E.C. 
Moisés, el hombre que libró a su pueblo de la esclavitud y lo condujo a la libertad, fue un líder como nunca tuvo otro el pueblo israelita. Fundador de su comunidad, organizador, legislador, y mediador entre Dios y el pueblo. Una de sus más notables características fue su devoción por su pueblo, a pesar de la terquedad y de las constantes quejas de los hebreos. La nación que él creó en el desierto ha sobrevivido ya más de tres mil años, gracias a sus leyes y enseñanzas.
Moisés fue el más grande de los profetas la única persona en la Biblia con quien Dios habló directamente, en contraste con los otros profetas, a quien Dios sólo habló en visiones y sueños.
Cuatrocientos años habían pasado desde que José estableció a su padre Jacob y a sus hermanos en la fértil tierra de Goshen. El pequeño grupo de setenta israelitas que habían inmigrado a Egipto se había multiplicado a cientos de miles que vivían en paz y prosperidad en Egipto.
Un nuevo Faraón ascendió al trono que no conocía la historia de José, ni todo lo que él había hecho por Egipto. Alarmado del tamaño de la población israelita, temió que si había guerra ellos harían causa común con los enemigos y lucharían contra los egipcios.
Para evitar que la población israelita continuase aumentando, los esclavizó y les obligó a construir las ciudades de Pitom y Ramsés. Los egipcios vivían con temor del pueblo israelita, y les hacían la vida miserable, forzándolos a trabajar más y más duramente. Pero el resultado no fue lo que los egipcios esperaban. Al contrario, mientras más los oprimían, más aumentaba su número.
El Faraón, para controlar el crecimiento de la población  israelita, dio órdenes a dos parteras hebreas, Puah y Shifrah, para que maten a los bebés varones que nacieran, pero que permitiesen a las niñas vivir. Las dos mujeres, temerosas de Dios, no cumplieron las órdenes del Faraón.
El Faraón las hizo traer a su presencia, y les preguntó, "¿Por qué permiten que los bebes varones vivan?"
"Las mujeres hebreas no son como las egipcias. Son tan sanas y fuertes que cuando nosotras llegamos para asistir en el parto, los bebes ya han nacido", contestaron las parteras.
Dios recompensó a las dos mujeres, y les concedió tener muchos hijos. El Faraón, por su parte, ordenó al pueblo que echasen los bebes israelitas varones al río para ahogarlos.
Yojeved, una mujer israelita que estaba casada con su sobrino Amram, hijo de Kehat y nieto de Levi, dio a luz un niño varón. La pareja ya tenía dos hijos, una niña llamada Miriam y un niño de tres años llamado Aarón. Yojeved escondió al recién nacido en su casa durante tres meses, hasta que vio que le era imposible continuar haciéndolo. Colocó al bebe en una canasta, y, acompañada por Miriam, fue a la ribera del río Nilo. Puso la canasta en el agua, entre las cañas, la dejó allí y retornó a su casa. Su hija Miriam permaneció escondida junto al río, a cierta distancia de la canasta, para ver lo que ocurriría con el bebe.
La hija del Faraón vino a bañarse en el río, vio la canasta y envió a una de sus esclavas para que se la trajese. Abrió la canasta y vio adentro un bebe varón llorando.
"Debe ser un niño hebreo", dijo la princesa con compasión.
Miriam se acercó y le preguntó, "¿Puedo ir a traerle una ama hebrea de leche para que amamante al bebe?"
"Si, anda", contestó la princesa.
Miriam fue a su casa y volvió con Yojeved, quien, de inmediato, fue contratada por la princesa para cuidar al niño y amamantarlo.
Nota.- La historia de Moisés, encontrado en una canasta en el río, es similar a historias de otras culturas. Por ejemplo, en la cultura mesopotámica, el rey Sargón de Acadia fue encontrado, cuando era un bebé, por un jardinero, en una canasta flotando en el río Eufrates. En la mitología romana, los mellizos Rómulo y Remo, fundadores de Roma, flotaron en una canasta en el río Tiber, hasta que los encontró una loba que los amamantó. En la mitología hindú, Krishna también estuvo adentro de una canasta en el río Yamuna.
Cuando el niño creció y dejó de amamantar, Yojeved lo trajo a la hija del Faraón, la cual lo adoptó como hijo, y le dio el nombre de Moisés, debido, según ella explicó, a que lo había "sacado del agua".
La Biblia no da ninguna información sobre los años de juventud de Moisés, pero es evidente, por sus logros, que Moisés creció como un príncipe egipcio en el palacio real, y recibió la más esmerada educación que se podía recibir en esa época.
En alguna forma, que la Biblia no especifica, Moisés descubrió su verdadero origen, y, empujado por la curiosidad, visitó a su pueblo. Cuando vio la opresión bajo la cual vivían los hebreos, se identificó con ellos. Un día vio a un capataz egipcio golpear cruelmente a un trabajador israelita, y no pudo controlar su indignación. Al ver que no había testigos, lo mató y enterró el cuerpo en la arena.
Al día siguiente Moisés regresó al mismo lugar y vio a dos israelitas peleando. Los separó, y, para conseguir que hiciesen las paces, preguntó a uno de ellos, "¿Por qué golpeas a tu compañero?"
"¿Y quien te nombró a ti jefe y juez sobre nosotros?" le respondió aquel con insolencia. "¿Acaso piensas matarme a mi como mataste al egipcio?"
Moisés se atemorizó al darse cuenta de que gente sabía lo que había hecho. El Faraón también se enteró de lo que había ocurrido y trató de matar a Moisés. Moisés huyó a Midián, un territorio en el noroeste de lo que hoy es Arabia Saudita, cerca al Golfo de Aqabah. Estaba descansando, sentado junto a un pozo de agua, cuando llegaron las siete hijas de un sacerdote local llamado Reuel, que traían sus ovejas para darles de beber. Otros pastores llegaron y, con prepotencia, las echaron de allí. Moisés se enfrentó a los pastores y dio de beber a las ovejas de las jóvenes.
Las muchachas regresaron a su casa más temprano de lo que acostumbraban. Su padre Reuel (también llamado Yitro en otros versos de la Biblia) les preguntó, "¿A que se debe que hoy han regresado tan temprano?"
"Un egipcio nos defendió de los pastores, y hasta sacó agua del pozo y dio de beber al rebaño", contestaron sus hijas.
"¿Dónde está ese hombre? ¿Por qué lo dejaron solo? ¡Invítenlo a comer!", dijo Reuel.
Moisés se quedó a vivir con el sacerdote midianita y su familia. Reuel le dio por esposa a su hija Zipporah, con la cual tuvo dos hijos al mayor llamó Gershon y al menor Eliezer.
Un día. Moisés llevó el rebaño de su suegro a pastar en un lugar cercano al Monte Horeb. Un ángel de Dios apareció entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés vio que la zarza estaba envuelta en llamas pero no se consumía.
Impulsado por la curiosidad se acercó a la zarza para ver porque no se consumía, y escuchó la voz de Dios que lo llamaba desde la zarza, "Moisés, Moisés."
"Aquí estoy", respondió.
"No te acerques más. Quítate las sandalias, porqué lo que estás pisando es tierra santa. Soy el Dios de tu padre, de Abraham, de Isaac y de Jacob. He visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto y oído su desesperación debido a sus capataces.  Conozco su sufrimiento. He descendido para rescatarlos de Egipto y llevarlos a una tierra buena y espaciosa, una tierra donde fluye la leche y la miel. Es la región de los canaanitas, de los hititas, de los amoritas, de los perizitas, de los hivitas y de los jebusitas. Sus gritos de dolor han llegado a mí, y he visto como los oprimen los egipcios. Por lo tanto te enviaré al Faraón y tu sacarás a mi pueblo, los israelitas, de Egipto."
"¿Quién soy yo para que vaya al Faraón y saque a los israelitas de Egipto?", preguntó Moisés.
"Yo estaré contigo. La señal de que soy yo quien te envía, es que cuando hayas sacado al pueblo de Egipto me rendirán culto en esta montaña", contestó Dios.
"Cuando yo me presente ante los israelitas y les diga, el Dios de vuestros padres me ha enviado a ustedes, y ellos me pregunten, ¿Cuál es su nombre?, ¿Qué les debo decir?"
"Yo Soy el que Soy. Y eso es lo que contestarás, Yo Soy me ha enviado a ustedes. Y así les dirás a los israelitas: El SEÑOR, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes. Este será mi nombre para toda la eternidad. Anda y reúne a todos los ancianos de Israel, y diles: el SEÑOR, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, se me apareció y dijo: He visto lo que les hacen a usted en Egipto, y he declarado que los sacaré de la opresión de Egipto, y los llevaré a la tierra de los canaanitas, de los hititas, de los amoreos, de los perizitas, de los hivitas y de los jebusitas, a una tierra que fluye con leche y miel. Ellos te escucharán. Luego irás con ellos al rey de Egipto, y le dirás: El SEÑOR, el Dios de los hebreos, se ha manifestado a nosotros. Por lo tanto, permítenos ir a una distancia de tres días en el desierto para ofrecer sacrificios al SEÑOR, nuestro Dios", dijo Dios, y agregó, "Pero yo sé que el rey de Egipto sólo los dejará ir si es forzado a hacerlo. Por lo tanto, extenderé mi mano y golpearé a los egipcios con maravillas que haré a ellos. Después de eso, él les dejará ir. Yo haré que los egipcios les tengan simpatía, para que ustedes no se vayan con las manos vacías. Cada mujer pedirá de su vecina, o de quien viva en su casa, objetos de plata y de oro, y vestimenta para vestir a vuestros hijos e hijas, y así despojarán a los egipcios."
Moisés, aún no convencido, preguntó: "¿Qué pasará si no me creen, si no me escuchan, y me dicen que el SEÑOR nunca se me apareció?"
"¿Qué tienes en la mano?", preguntó Dios.
"Una vara", respondió Moisés.
"Tírala al suelo", dijo Dios.
Moisés tiró la vara al suelo, y la vara se convirtió en una serpiente. Moisés retrocedió asustado.
"Agárrala por la cola", dijo Dios.
Moisés, dominando su temor, la agarró por la cola, y la serpiente volvió a ser una vara.
"Pon la mano en tu pecho", dijo Dios.
Moisés puso su mano en el pecho, y cuando la sacó la tenía leprosa, blanca como la nieve.
"Pon tu mano nuevamente en el pecho."
Así lo hizo Moisés, y cuando retiró su mano, esta estaba nuevamente sana.
"Si no creen el primer signo, creerán el segundo. Y si tampoco lo creen, y no te hacen caso, echa un poco de agua del Nilo al suelo, y esa agua se volverá sangre."
Moisés, reacio a aceptar la misión que Dios le encomendaba, protestó, "SEÑOR, nunca he sido bueno con palabras en el pasado y tampoco lo soy ahora que estás hablando a tu servidor. Soy lento de lengua y de habla."
"¿Quien le dio al hombre el don de hablar? ¿Quién lo hace mudo o sordo, quien le da la vista o lo hace ciego? ¿Acaso no soy yo, el SEÑOR? Y ahora basta, anda, y yo estaré contigo cuando hables y te diré que decir", dijo Dios.
"¡Por favor SEÑOR envía a otro!, insistió Moisés.
Dios, molesto con Moisés, le dijo, "Tu hermano Aarón el levita es un hombre elocuente. En este momento está saliendo a darte el encuentro, y se pondrá muy feliz al verte. Tú le hablarás y le dirás lo que debe decir. Yo estaré contigo y con él, y les diré lo que tienen que hacer. Él hablará por ti al pueblo. Él será tu portavoz, y tú le hablarás a él por mí. Toma esta vara con la cual harás señales milagrosas."
Moisés regresó a la casa de su suegro, y le pidió permiso para ir a visitar a sus parientes en Egipto—Dios ya había informado a Moisés que todos los egipcios que habían querido matarlo ya habían muerto—pero no le reveló que Dios le había encomendado una misión.
Moisés tomó a su esposa y a sus hijos y emprendió viaje a Egipto. Pasaron la noche en una posada, donde ocurrió un incidente misterioso: Dios, relata la Biblia, vino y trató de matar a Moisés. Zipporah agarró una piedra aguda y rápidamente circuncidó a su primogénito Gershon. Tocó la pierna de Moisés con el prepucio, y le dijo, "Tú eres para mí un esposo de sangre debido a la circuncisión."
A raíz de ese incidente Moisés envió a Zipporah y a sus hijos de regreso a la casa de su suegro Yitro en Midián, y continuó a Egipto. Aarón, a quien Dios había ordenado que fuese al encuentro de su hermano, le dio la bienvenida.
Los dos hermanos se besaron, y Moisés le relató a Aarón todo lo que Dios le había dicho, y los milagros que le había ordenado hacer.
Los hermanos reunieron a todos los ancianos israelitas, y Aarón les repitió todo lo que Dios había dicho a Moisés. Luego, Moisés, para demostrar la verdad de sus palabras, realizó milagros frente al pueblo. Los ancianos, profundamente emocionados al escuchar que Dios conocía su aflicción, se postraron y adoraron al SEÑOR.
Los dos hermanos, ya de edad avanzada — Aarón tenía ochenta y tres años, y Moisés ochenta — solicitaron una audiencia con el Faraón. Cuando estuvieron frente al soberano de Egipto le dijeron, "Así ha dicho el SEÑOR, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que celebren un festival en mi honor en el desierto."
"¿Quién es el SEÑOR para que yo lo obedezca y deje ir a Israel? ¡No conozco al SEÑOR, y tampoco dejaré que Israel se vaya!", contestó el Faraón.
"El Dios de los hebreos se manifestó a nosotros. Permítanos ir a rezar, a una distancia de tres días en el desierto, para ofrecer sacrificios al SEÑOR, nuestro Dios, para que no nos castigue con plagas o con la espada", dijeron Moisés y Aarón.
"Esa gente ya es muy numerosa, y ustedes quieren que dejen de trabajar", dijo el Faraón.
Ese mismo día el Faraón ordenó a los capataces y jefes de cuadrilla que ya no entregasen a los israelitas la paja que necesitaban para hacer los ladrillos: "Ya no provean a la gente con paja para que hagan los ladrillos. Ellos mismos deben recogerla donde la encuentren, pero su cuota diaria de ladrillos permanecerá igual. No la rebajen porque ellos son unos holgazanes, y pides ir y sacrificar a su Dios. Impóngales tareas más pesadas. Ténganlos ocupados, y no hagan caso a sus mentirosos pretextos."
Los israelitas se vieron necesitados a dedicar gran parte de su tiempo a buscar y recolectar paja, pero los jefes de cuadrilla insistieron en recibir diariamente el mismo número de ladrillos que recibían antes.
Cuando, inevitablemente, la producción de ladrillos disminuyó, los jefes de cuadrilla golpearon a los capataces israelitas y les preguntaron con sorna, "¿Por qué no cumplieron ayer y hoy con la cuota de ladrillos, como lo hacían antes?"
Los capataces israelitas fueron a quejarse al Faraón : "¿Por qué Su Majestad trata así a tus siervos? Ya no nos proporcionan paja, pero nos exigen que fabriquemos ladrillos. Tus siervos son golpeados, cuando la culpa realmente es de tu propia gente."
"¡Ustedes son unos haraganes, haraganes! Por eso dicen que quieren ir y hacer sacrificios al SEÑOR. ¡Vayan a trabajar! No recibirán paja, pero deben cumplir con fabricar la cuota de ladrillos", dijo el Faraón.
Los capataces se retiraron abatidos. Fuera del palacio vieron a Moisés y a Arón que los estaban esperando para escuchar el resultado de su queja, y les dijeron: "Ojalá que el SEÑOR vea lo que ustedes han hecho y los castigue por haber causado que el Faraón y sus funcionarios nos hayan cobrado tanta antipatía. ¡Ustedes le han puesto una espada en la mano para que nos mate!"
Moisés, deprimido, rezó a Dios y preguntó: "¡Ay, SEÑOR! ¿Por qué le has hecho daño a este pueblo? ¿Para qué me enviaste? Desde el momento que hablé al Faraón en tu nombre, él trata peor a este pueblo. ¡Y tú no has hecho nada para liberarlo!."
"Pronto verás lo que le haré al Faraón. El les dejará irse sólo gracias a mi mano poderosa", dijo Dios.
"Si los israelitas no me quieren escuchar, ¿Cómo puedo esperar que el Faraón me haga caso a mi, que no tengo facilidad de palabra?", dijo Moisés.
"Te pongo por Dios ante el Faraón, y Aarón  será tu profeta. Tú repetirás todo lo que yo te ordene, y tu hermano Aarón le pedirá al Faraón que deje salir de su país a los israelitas. Pero yo endureceré el corazón del Faraón para multiplicar mis señales y prodigios en la tierra de Egipto. Cuando el Faraón no te haga caso, pondré mi mano sobre Egipto y sacaré a mis escuadrones, los israelitas, de la tierra de Egipto con actos extraordinarios. Y los egipcios sabrán que soy el SEÑOR cuando yo extienda mi mano sobre Egipto para sacar de allí a los israelitas", dijo Dios.
Los dos hermanos regresaron a hablar con el Faraón. Aarón arrojó su vara al suelo, y se tornó en una serpiente. Los magos egipcios tiraron sus varas que también se volvieron serpientes. A pesar de que la serpiente de Aarón devoró a las serpientes de los magos, el Faraón no se impresionó y se negó a dejar salir a los israelitas de Egipto.

La primera plaga: Dios dio instrucciones a Moisés y a Aarón para que el día siguiente, temprano en la mañana, fuesen al río, al lugar donde se bañaba el Faraón. Allí Aarón debía golpear con su vara las aguas en el momento que el Faraón salía del río. Así lo hizo Aarón. El agua se volvió sangre maloliente. Los magos egipcios lograron hacer lo mismo, y el Faraón le dio la espalda a Moisés y a Aarón y regresó a su palacio sin hacerles caso.

La segunda plaga: Una semana después, Dios nuevamente ordenó a Moisés que fuese a hablar con el Faraón y que le pidiese que deje a los israelitas salir  de Egipto. El Faraón nuevamente rechazó el pedido. Aarón entonces extendió su vara sobre ríos, arroyos y lagunas, y las ranas se multiplicaron enormemente y cubrieron todo el país. Los magos egipcios pudieron hacer lo mismo, y también hicieron que ranas saliesen del río.
El Faraón hizo llamar a Moisés y Aarón, y les dijo: "Ruéguenle al SEÑOR que aleje las ranas de mi y de mi pueblo, y permitiré a los israelitas que vayan a sacrificar al SEÑOR."
"¿Cuándo deseas que pida al SEÑOR que destruya las ranas para que permanezcan unicamente en el río?", preguntó Moisés.
"Mañana", contestó el Faraón.
Moisés y Aarón salieron del palacio, y Moisés rezó a Dios para que se llevase las ranas. Las ranas murieron en las casas, en los pueblos y en los campos. Los egipcios las recogieron y las acumularon en montículos, que empezaron a despedir un olor hediondo. Tan pronto como el Faraón vio que las ranas ya no eran un problema, renegó de su promesa.

La tercera plaga: "Dile a Aarón que tome su vara y golpee el polvo del suelo, y se volverá piojos en toda la tierra de Egipto", dijo Dios a Moisés.
Y así fue. El polvo se convirtió en piojos que cubrieron a humanos y a animales. Los magos egipcios trataron de emular el milagro de Aarón, pero fracasaron. Fueron al Faraón y le dijeron, "En esto está la mano de Dios", pero el Faraón no les hizo caso.

La cuarta plaga: El día siguiente, muy temprano, Moisés, siguiendo las instrucciones de Dios, fue al río donde el Faraón se estaba bañando, y le dijo, "Así dice el SEÑOR: deja ir a mi pueblo para que me rindan culto. Si no dejas ir a mi pueblo, enviaré enjambres de moscas contra ti, contra tus cortesanos, tu pueblo y sus casas. Todas las casas de los egipcios se llenarán de insectos. Sólo en la región  de Goshen, donde vive mi pueblo, no habrá insectos. Así sabrás que yo, el SEÑOR, está en este país. Haré distinción entre mi pueblo y el tuyo. Esto sucederá mañana."
Y así fue. Dios envió enjambres de insectos al palacio del rey y a las casas de sus funcionarios. Toda la tierra de Egipto estaba cubierta de moscas.
El Faraón hizo llamar a Moisés y a Aarón y les dijo: "Vayan y sacrifiquen a su Dios aquí en el país."
"No sería apropiado hacerlo así, ya que los sacrificios que ofrecemos al SEÑOR, nuestro Dios, son ofensivos para los egipcios. Y si nos ven ofrecer esos sacrificios con seguridad que nos apedrearán. Necesitamos salir al desierto a una distancia de tres días de caminata y sacrificar al SEÑOR, nuestro Dios, como él nos ha ordenado", respondió Moisés.
"Les permitiré ir a sacrificar al SEÑOR, vuestro Dios en el desierto, con tal de que no vayan muy lejos y que rueguen a Dios por mí", dijo el Faraón.
"Tan pronto me retire de tu presencia, rogaré al SEÑOR, que los insectos de aparten de ti, de tus cortesanos y de tu pueblo. Espero que otra vez no me engañes e impidas que el pueblo vaya a ofrecer sacrificios al SEÑOR", dijo Moisés.
Moisés salió del palacio y rezó a Dios. Dios quitó a todos los insectos, pero, el Faraón nuevamente no permitió que los hebreos salgan de Egipto.

La quinta plaga: "Anda al Faraón y dile: Así dice el SEÑOR, Dios de los hebreos: Deja ir a mi pueblo a rendirme culto. Si te niegas a dejarlos ir, y sigues reteniéndolos, la mano del SEÑOR provocará una terrible plaga en tus animales — caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas. El SEÑOR hará una distinción entre el ganado de Israel y el de Egipto, y no morirá un solo animal que pertenece a Israel. Esto lo haré mañana", dijo Dios a Moisés.
Al día siguiente Dios causó que todo el ganado de los egipcios muriese, pero ni un solo animal de los israelitas murió. A pesar de esto, el Faraón siguió negándose a permitir que los israelitas se fuesen.

La sexta plaga: Dios habló a Moisés y a Aarón, y les dijo: "Tomen puñados de ceniza del horno, y que Moisés la arroje al aire en presencia del Faraón. Se volverá un fino polvo sobre toda la tierra de Egipto, que causará inflamación y úlceras en humanos y en animales en toda la tierra de Egipto."
Así lo hizo Moisés, y el polvo produjo heridas abiertas en personas y animales. Los magos no salieron a confrontar a Moisés ya que también ellos estaban sufriendo de las úlceras, como todos los otros egipcios. El Faraón, terco como siempre, rehusó escuchar a Moisés y a Aarón.

La sétima plaga: Dios le dijo a Moisés: "Mañana temprano preséntate ante el Faraón y dile: Así dice el  SEÑOR, el Dios de los hebreos: Deja ir a mi pueblo a rendirme culto. Esta vez enviaré mis plagas sobre tu persona, tus cortesanos, y tu pueblo, para que sepas que no hay otro como yo en toda la tierra. Si en este momento yo extendiese mi mano, y golpease con la plaga a ti y a tu pueblo, desaparecerías de la faz de la tierra. Pero te he dejado con vida para demostrarte mi poder, y para que mi fama resuene en todo el mundo. Sin embargo tú continúas enfrentándote a mi pueblo y no quieres dejarlo ir. Mañana, a esta hora, haré que caiga un granizo tan pesado como nunca se ha visto en Egipto desde que existe este país. Ordena que pongan bajo techo tu ganado y todas tus posesiones. Todas las personas y todos los animales que estuviesen a la intemperie, y no bajo techo, morirán cuando el granizo les caiga encima."
Algunos funcionarios de la corte del Faraón temieron lo que Dios había dicho, y pusieron bajo techo a sus esclavos y a sus animales. Otros no creyeron, y los dejaron afuera.
"Alza tu mano hacia el cielo para que el granizo caiga sobre la tierra de Egipto, sobre la gente y los animales, y sobre todo lo que crece en el campo", dijo Dios a Moisés.
Moisés levantó su vara hacia el cielo, y Dios envió truenos, relámpagos y el más pesado granizo que Egipto jamás había visto. El granizo mató gente y animales, y quebró todos los árboles. La única región en Egipto donde no cayó el granizo fue en Goshen, donde habitaban los israelitas.
El Faraón hizo llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo, "Reconozco que esta vez tengo la culpa. El SEÑOR  ha actuado con justicia, mientras que yo y mi pueblo hemos errado. Ruega al SEÑOR que cese los truenos y el granizo. Les dejaré irse."
"Cuando salga de la ciudad elevaré mis manos al SEÑOR. Los truenos cesarán, y ya no caerá granizo. Así sabrás que la tierra es del SEÑOR. Sin embargo yo sé que tú y tus cortesanos aún no temen a Dios", le dijo Moisés al Faraón.
Tan pronto como cesó la tormenta, el Faraón volvió a cambiar de idea, y no permitió que los israelitas se fueran.

La octava plaga: Moisés y Aarón volvieron a ir al Faraón y le dijeron: "Así dice el SEÑOR, el Dios de los hebreos, ¿Hasta cuando te opondrás a humillarte en mi presencia? Deja ir a mi pueblo para que me rinda culto. Si te niegas a dejarlos ir, mañana traeré langostas a tu país. Cubrirán toda la superficie, a tal punto que nadie podrá ver el suelo. Comerán lo poco que les ha quedado después del granizo, y los árboles que crecen en los campos. Llenarán los palacios y las residencias de tus cortesanos y de todos los egipcios. Será algo que tus padres, ni los padres de tus padres, jamás vieron desde que se establecieron en este país." Moisés terminó de hablar y salió del palacio real sin esperar a recibir una respuesta del Faraón.
Los funcionarios de la corte, preocupados, le quejaron al Faraón, "¿Hasta cuando este hombre será una trampa para nosotros? Deja que el pueblo se vaya y que rinda culto al SEÑOR, su Dios. ¿No te das cuenta de que Egipto está arruinado?"
Moisés y Aarón fueron traídos de regreso al palacio, y el Faraón les dijo: "Vayan, ríndanle culto al SEÑOR, vuestro Dios. ¿Quiénes son los que irían?"
"Todos iremos, jóvenes y viejos, con nuestros hijos e hijas, nuestros rebaños y nuestros ganados, porque debemos celebrar la fiesta del SEÑOR", contestó Moisés.
"¡Que el SEÑOR los acompañe si los dejo irse con sus hijos! Claramente se ven sus malas intenciones. ¡De ningún modo los llevarán! Sólo los hombres pueden ir y rendir culto al SEÑOR si eso es lo que realmente quieren", exclamó el Faraón y expulsó a Moisés y a Aarón de su presencia.
Moisés extendió sus brazos sobre todo Egipto, como Dios se lo había ordenado, y un viento del este sopló todo el día y toda la noche trayendo las langostas. Eran tantas que oscurecieron el cielo y cubrieron toda la superficie del país. Nunca antes había habido tantas, y nunca más volvieron a venir en tal número. Comieron todo el césped, las plantas y los árboles que habían sobrevivido al granizo. Nada verde quedó en los campos y jardines de Egipto.
El Faraón hizo traer urgentemente a Moisés y a Aarón a su presencia, y les dijo: "He pecado contra el SEÑOR, vuestro Dios, y contra ustedes. Perdónenme por esta vez y rueguen al SEÑOR, vuestro Dios, que aparte de mi esta plaga mortal."
Dios envió un viento del oeste que se llevó a todas las langostas, y las dejó caer en el Mar Rojo. Ni una sola langosta quedó en Egipto. Pero el Faraón no permitió que los israelitas se fueran, porque Dios había endurecido su corazón.

La novena plaga: Dios le dijo a Moisés: "Alza tu brazo al cielo para que descienda una oscuridad sobre Egipto, niebla tan densa que se pueda palpar."
La oscuridad duró tres días, durante los cuales era imposible para una persona ver a otra, y los egipcios optaron por no salir de sus casas. Mientras tanto, en las casas de los israelitas había luz.
El Faraón hizo llamar a Moisés, y le dijo: "Anda a rendir culto al SEÑOR. Puedes llevar a los niños contigo, pero los rebaños y el ganado deben quedarse aquí."
"¡Tú mismo serás el que nos proveerás con los sacrificios y ofrendas que ofreceremos al SEÑOR nuestro Dios! Nos llevaremos todo nuestro ganado. Ni un solo animal quedará, porque de ellos tenemos que escoger el que sacrificaremos para el culto del SEÑOR. No sabemos cual será hasta que no lleguemos allá", contestó Moisés.
El Faraón, a quien Dios le endureció el corazón, dijo a Moisés: "¡Fuera de mi presencia! No me vuelvas a ver, porque en el momento que me veas, morirás."
"Has dicho bien. Nunca volveré a verte", respondió Moisés.
"Traeré una plaga más sobre el Faraón y sobre Egipto. Después de eso, él te dejará ir. Y cuando lo haga, los echará para siempre. Dile al pueblo que cada hombre y cada mujer se preste objetos de plata y oro de su vecino o vecina", le dijo Dios a Moisés.

La décima plaga: Moisés anunció: "Así dice el SEÑOR, hacia medianoche pasaré por todo Egipto, y todo primogénito egipcio morirá, desde el primogénito del Faraón que hoy ocupa el trono, hasta el primogénito de la esclava que trabaja en el molino, y también los primogénitos del ganado. Habrá un gran lamento en Egipto, como no la ha habido hasta ahora y como no lo volverá a haber. Pero ni un solo perro ladrará a un israelita o a su animal. Así sabrás que el SEÑOR diferencia entre Egipto e Israel. Todos tus cortesanos vendrán a mí y se postrarán diciendo, 'Vete ya, con todo el pueblo que te sigue'. Y entonces me iré." Y Moisés, ardiendo de furia, se fue de la presencia del Faraón.
Dios habló a Moisés y a Aarón, diciendo: "Instruyan a los israelitas que cada familia, en el día diez de este mes, debe tomar una oveja de un año, sin defectos, y sacrificarla el día catorce al caer la noche.  Con un poco de la sangre del animal deben untar los dos postes y el dintel de la puerta de la casa donde comerán el cordero. Luego, deben asar el cordero al fuego, y comerlo esa misma noche con pan sin levadura y hierbas amargas. Lo que sobre debe ser quemado el día siguiente." Y añadió: "Esta es la forma en que deben comer el cordero: con el manto ceñido en la cintura, con las sandalias puestas, y la vara en la mano deben comerlo apresuradamente. Es una ofrenda de Pascua al SEÑOR, porque esa misma noche pasaré por la tierra de Egipto y heriré mortalmente a todos los primogénitos nacidos en Egipto, tanto humanos como animales. Así castigaré a todos los dioses de Egipto. Yo soy el SEÑOR. La sangre en la entrada de vuestras casas es un signo, para que yo lo vea y pase de largo. Así, cuando yo hiera de muerte a Egipto, ninguna plaga los destruirá a ustedes. Ese día deberá ser siempre conmemorado. Ustedes lo celebrarán como una fiesta al SEÑOR a través de los años. Siete días comerán pan sin levadura. En el primer día deben sacar toda la levadura de vuestras casas, porque quien coma pan con levadura desde el primer día hasta el sétimo será eliminado de Israel."
Moisés congregó a todos los ancianos de Israel, y les informó lo que Dios le había dicho. La gente se inclinó, y fue a cumplir las instrucciones que Dios había dado.
A media noche Dios hirió de muerte a los primogénitos de Egipto. El Faraón y todo su pueblo se levantaron esa noche, y hubo grandes lamentos en todo el país porque no había una sola casa donde no hubiera algún muerto.
Esa misma noche el Faraón hizo llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: "¡Largo de aquí, ustedes y los israelitas! ¡Váyanse y rindan culto al SEÑOR como lo han dicho! ¡Llévense también sus rebaños y su ganado, y váyanse de una vez! Y que esto sea una bendición para mí." Los egipcios, temiendo que todos ellos también morirían, instaron con impaciencia a los israelitas para que se fuesen de inmediato. Los israelitas tomaron la masa de harina sin levadura, y todos los objetos de oro y plata que se habían prestado de los egipcios, y salieron a pie de Ramsés en dirección a Sucot, cuatrocientos treinta años después de que Jacob y su familia se habían establecido en Egipto.
Los israelitas, sin contar niños y mujeres, eran 600,000. Llevaron con ellos sus rebaños y su ganado, y fueron acompañados por una multitud extranjera mixta. Moisés llevó con él el féretro de José, quien, en su lecho de muerte, había pedido que los israelitas no dejaran sus huesos en Egipto.
El camino más corto entre Egipto y Canaán pasaba a través de la tierra de los filisteos, pero Dios, para evitar que el pueblo cambiase de idea y regresase a Egipto al encontrar oposición armada, guió a los israelitas por un camino que bordeaba el desierto del Mar Rojo.
Los israelitas dejaron Sucot y levantaron su campamento en Etam, al lado del desierto. Dios iba delante de ellos, en una columna de nubes durante el día, y en una columna de fuego durante la noche, cuya luz les permitía viajar día y noche.
"Dile a los israelitas que regresen y acampen antes de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar, frente a Baal-zefón. El Faraón creerá que ustedes se han perdido y están acorralados por el desierto. Endureceré el corazón del Faraón y haré que él los persiga. Así me cubriré de gloria a costa del Faraón y de su ejército y todos los egipcios sabrán que yo soy el SEÑOR", dijo Dios a Moisés.
El Faraón y sus funcionarios, cuando se enteraron de que los israelitas habían huido, se arrepintieron de haberlos dejado irse, y se preguntaron a sí mismos, "¿Qué hemos hecho, permitiendo que los israelitas abandonen nuestro servicio?."
Decidieron perseguir a los israelitas con un ejército que incluía los mejores seiscientos carros de guerra, y todos los demás carros de guerra de Egipto, con oficiales en cada uno de ellos.
Los israelitas vieron que el ejército de Egipto se acercaba. Aterrorizados, se quejaron a Moisés sarcásticamente, diciendo, "¿Fue porqué no había suficientes tumbas en Egipto que nos trajiste a morir al desierto? Es exactamente lo mismo que te dijimos en Egipto: déjanos en paz y serviremos a los egipcios, porque es mejor para nosotros servir a los egipcios que morir en el desierto."
"¡No teman! Mantengan sus posiciones y serán testigos de la salvación que el SEÑOR realizará hoy a favor de ustedes. A los egipcios que ustedes ven hoy nunca los volverán a ver. El SEÑOR batallará por ustedes. Quédense tranquilos", les dijo Moisés.
"¿Por qué clamas a mi? Diles a los israelitas que avancen. Y tú, levanta tu vara y extiende tu brazo sobre el mar, y parte las aguas para que los israelitas crucen sobre terreno seco. Yo endureceré los corazones de los egipcios para que ellos los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón, sus carros de guerra y sus jinetes", dijo Dios a Moisés.
El ángel de Dios, que marchaba al frente de los israelitas, se puso atrás de ellos. La columna de nubes también se movió hacia atrás, y se colocó entre la retaguardia israelita y la vanguardia del ejército egipcio.
Moisés extendió su brazo sobre el mar, y Dios envió un fuerte viento del este que sopló durante toda la noche y partió las agua. Los israelitas caminaron sobre tierra seca, con gigantescas paredes de agua a la derecha y a la izquierda. El ejército egipcio los persiguió.
En la madrugada los egipcios se asustaron cuando vieron a la columna de fuego. Las ruedas de sus carros de guerra se atascaron en el fango, y les fue difícil avanzar.
"Escapémonos de los israelitas, porque el SEÑOR está luchando con ellos contra Egipto", exclamaron llenos de pánico.
Dios le dijo a Moisés que extienda su mano sobre el mar. El mar retornó a su estado normal, y las aguas cubrieron a los soldados egipcios ahogándolos a todos, mientras los israelitas, marchando sobre tierra seca, llegaron al otro lado.
Los israelitas celebraron la derrota de los egipcios alabando a Dios, con cantos y bailes. Moisés dirigió a los hombres, y Miriam, su hermana, a las mujeres.
Los israelitas continuaron su camino a través del desierto de Shur durante tres días, cada vez más sedientos. En Marah encontraron agua, pero, para su gran desilusión, era agua amarga que no se podía beber.
Los israelitas se quejaron a Moisés y le preguntaron, "¿Qué beberemos?"
Dios le indicó un árbol a Moisés. Él lo tiró al agua, y el agua perdió su sabor amargo y se endulzó.
De Marah continuaron  a Elim, un oasis que tenía doce pozos de agua y setenta palmeras. Allí acamparon. De Elim fueron al desierto de Sin, donde los israelitas nuevamente empezaron a quejarse contra Moisés y Aarón, diciendo, "Ojalá Dios nos hubiese matado en Egipto, cuando estábamos sentados junto a las ollas repletas de carne, y llenos de pan. ¡Ustedes nos han traído al desierto para matarnos de hambre!"
"Haré que llueva pan del cielo, y el pueblo podrá salir y recoger cada día la porción diaria. En el sexto día deben recoger doble porción", dijo Dios a Moisés.
Moisés y Aarón hablaron con los israelitas, y les dijeron, "Cuando caiga la noche sabrán que fue el SEÑOR quien los sacó de Egipto, y en la mañana verán la presencia del SEÑOR, porque él ha escuchado vuestras quejas contra el SEÑOR. ¿Quiénes somos nosotros para que ustedes se quejen contra nosotros? Es el SEÑOR quien les dará carne para comer al atardecer, y pan en la mañana, porque Dios ha escuchado vuestras quejas que son contra él, no contra nosotros."
"Dile al pueblo que avance hacia el SEÑOR, porque él ha escuchado sus quejas", le dijo Moisés a Aarón.
Mientras Aarón hablaba a los israelitas, estos miraron hacia el desierto y vieron la gloria de Dios en una nube.
Dios habló a Moisés y le dijo: "He escuchado las quejas de los israelitas. Habla con ellos y diles que cuando anochezca comerán carne, y en la mañana se llenarán de pan, y así sabrán que yo, el SEÑOR, soy su Dios."
Al anochecer llegaron codornices y cubrieron todo el campo. En la mañana siguiente el suelo estaba cubierto de rocío, que, cuando se evaporó, dejó una sustancia blanca, similar a las semillas de cilantro, y con un sabor de galletas de miel. Los israelitas, al no saber que era, la llamaron maná.
"Este es el pan que el SEÑOR les dado para que coman. El SEÑOR dice que recojan lo que necesiten para comer el mismo día, calculando un omer por cada persona de la familia", les dijo Moisés.
Algunos israelitas recogieron más de la cantidad mencionada por Moisés, otros menos, pero cuando lo midieron vieron que cada uno tenía la cantidad que necesitaba, ni les sobraba ni les faltaba. Aunque Moisés les había dicho que no guarden el maná para el día siguiente, algunos lo hicieron, y lo guardado se llenó de gusanos y apestó, causando el enojo de Moisés.
Los israelitas recogían maná, tanto como lo que necesitaban, temprano en la mañana, ya que luego el sol la derretía. En el sexto día recogían una doble porción. Los líderes de la congregación fueron a pedirle una explicación a Moisés.
"Lo que el SEÑOR dice es que mañana es el día de descanso, el sábado consagrado al SEÑOR. Horneen lo que deseen y hierven lo que gusten, y lo que sobre guárdenlo para mañana", les dijo Moisés.
Así lo hicieron, y la maná guardada para el sábado no se llenó de gusanos ni apestó.
Moisés le dijo a Aarón que guarde una porción de maná en una jarra, y la coloque frente al SEÑOR, para que las futuras generaciones pudiesen ver el pan con el cual Dios alimentó al pueblo en el desierto. Los israelitas comieron maná durante los cuarenta años que estuvieron en el desierto.
Del desierto de Sin, los israelitas continuaron a Refidim, donde armaron sus tiendas. El lugar carecía de agua, y el pueblo nuevamente se quejó contra Moisés.
"¿Por qué nos sacaste de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?", dijeron.
Moisés, desesperado, clamó a Dios, "¿Qué haré con esta gente? Temo que pronto me apedrearán."
"Pasa adelante del pueblo y lleva contigo algunos de los ancianos de Israel. Lleva la vara con la cual golpeaste las aguas del Nilo. Yo te esperará ante la roca de Horeb. Golpea la roca, y agua brotará de ella para que el pueblo pueda beber", contestó Dios.
Y así lo hizo Moisés, en presencia de los ancianos de Israel.
Los israelitas todavía estaban acampados en Refidim cuando los amalequitas los atacaron. Moisés le dijo a Josué: "Escoge algunos de los hombres y anda a batallar contra Amalek. Mañana yo estaré en la cima de la colina con la vara de Dios en mi mano."
Moisés, Aarón y Jur subieron a la colina, mientras que Josué y sus hombres fueron a pelear contra los amalequitas. Cuando Moisés alzaba sus brazos los israelitas luchaban llenos de ánimo, pero cuando los bajaba los amalequitas prevalecían. Moisés se cansó y sintió que sus brazos le pesaban como plomo. Aarón y Jur lo hicieron sentar sobre una piedra, y le sostuvieron los brazos en alto, uno el derecho y el otro el izquierdo. Así sus brazos estuvieron en alto hasta la puesta del sol, y Josué derrotó a los amalequitas con su espada.
Para celebrar el triunfo Moisés construyó un altar, al que llamó "Dios es mi estandarte", significando que la guerra de Dios contra Amalek se repetiría en cada generación.
Yitro, el suegro de Moisés, llegó al campamento trayendo con él a Zipporah y a los dos hijos de Moisés, Gershon y Eliezer, que habían estado viviendo con él. Moisés le salió al encuentro, se inclinó ante su suegro y lo beso. Se preguntaron mutuamente por su salud, y luego entraron a la tienda de campaña de Moisés. Moisés le contó a Yitro todo lo que Dios había hecho al Faraón y a los egipcios para liberar a los israelitas, las dificultades con las que se enfrentó el pueblo, y como Dios los había salvado. Yitro, emocionado al escuchar estas noticias, bendijo a Dios y le ofreció un sacrificio. Luego, Moisés, Yitro, Aarón y los ancianos de Israel se sentaron a compartir una comida.
El siguiente día Yitro tuvo oportunidad de ver lo ocupado que estaba Moisés, desde la madrugada hasta la noche, resolviendo disputas entre los israelitas, que pacientemente esperaban de pie su turno durante largas horas.
"No está bien lo que haces", — le dijo Yitro — "te agotas tú y también el pueblo. Este trabajo es demasiado para ti solo. Escucha el consejo que te voy a dar, y que Dios esté contigo. Tú representas al pueblo ante Dios, le presentas sus disputas, e informas al pueblo de las leyes y enseñanzas de Dios. Debes escoger entre el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, que amen la verdad y aborrezcan las ganancias mal habidas. Nómbralos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez personas. Ellos serán jueces a tiempo completo. Las disputas de mayor envergadura ellos te las pueden traer a ti, pero las de menor importancia deben ser resueltas por ellos. Será más fácil para ti compartir tu carga con ellos. Si pones esto en práctica, y Dios te lo ordena, podrás aguantar, y el pueblo irá a su casa satisfecho.
Moisés aceptó el consejo de su suegro y nombró jueces a varios líderes del pueblo. Yitro se despidió de su suegro, y regresó a su país natal.
Los israelitas dejaron Refidim y entraron al desierto de Sinai. Habían pasado ya tres meses desde su salida de Egipto. Acamparon frente a una montaña, y Moisés subió a ella para escuchar la voz de Dios.
"Dirás al pueblo de Jacob, al pueblo de Israel, ustedes vieron lo que hice a los egipcios, como los he traído a mi en alas de águilas. Obedézcanme fielmente y cumplan con mi pacto, y ustedes serán mi mas preciado tesoro entre todos los pueblos. Aunque toda la tierra es mía, ustedes serán un reino de sacerdotes, y una nación santa", dijo Dios a Moisés.
Moisés regresó al campamento e informó a los ancianos del pueblo lo que el SEÑOR le había dicho.
"Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho", contestaron los ancianos.
Moisés volvió a subir la montaña para dar a Dios la respuesta de los ancianos.
"Habla al pueblo y adviérteles que se mantengan puros hoy y mañana. Que laven sus vestimentas, y que estén listos el tercer día, porque en ese día, el SEÑOR bajará al Monte Sinai, ante la vista de todo el pueblo. Haz un cerco alrededor del monte para que la gente no se acerque, porque cualquiera que toque el monte morirá a pedradas o a flechazos, sea hombre o animal. Sólo cuando escuchen el toque largo del cuerno del carnero podrán subir a la montaña", dijo Dios.
En la mañana del tercer día hubo una terrible trompeta, con rayos y truenos ensordecedores. La montaña estaba envuelta en humo, su cumbre se hallaba cubierta por una nube espesa, y se sacudía violentamente con temblores. El sonido del cuerno del carnero fue cada vez más alto, y la gente se estremecía de miedo.
Moisés habló y el SEÑOR le respondió con truenos. Dios ordenó a Moisés que subiera a la montaña, y, cuando llegó a la cumbre, Dios le dijo "Baja y regresa con Aarón, y dile al pueblo y a los sacerdotes que no pueden cruzar más allá del cerco que rodea a la montaña." Moisés bajó e informó al pueblo lo que Dios había dicho.
Dios habló y dio a conocer los Diez Mandamientos:
"Yo soy el SEÑOR, tu Dios que te sacó de Egipto, del país donde eras esclavo. No tendrás otro dios que no sea yo. No te harás esculturas de ídolos ni imágenes de lo que hay en el cielo arriba, o en la tierra abajo, o en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellos ni los servirás. Porque yo soy el SEÑOR, tu Dios, un Dios celoso. Castigo hasta la tercera y cuarta generación a los que me rechazan, pero doy mi amor por mil generaciones a los que me aman y cumplen mis mandamientos."
"No jurarás falsamente en nombre del SEÑOR, tu Dios, porque no tendré por inocente al que jura falsamente por mi nombre."
"Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu labor, pero el sétimo día es el día de descanso del SEÑOR, y en ese día no realizarás ningún trabajo, tú, tu hijo o hija, tu esclavo varón o mujer, tu ganado, y el extranjero que reside contigo. Porque en seis días el SEÑOR creó el cielo, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y descansó el sétimo día. Por lo tanto el SEÑOR bendijo el día del descanso y lo santificó."
"Honra a tu padre y a tu madre, para que tu permanencia sea larga en la tierra que el SEÑOR te dará."
"No matarás."
"No cometerás adulterio."
"No robarás."
"No darás falso testimonio contra tu vecino."
"No codiciarás la casa de tu vecino, ni desearás a su esposa, o a su esclavo varón o mujer, o su buey, o su asno, o cualquier cosa que pertenezca a tu vecino."
El pueblo, aterrorizado, rogó a Moisés, "Háblanos a nosotros, y obedeceremos, pero que Dios no nos hable pues seguramente moriremos."
"No tengan miedo. Dios ha venido a ponerlos a prueba, para que sientan temor de él, y no descarríen", les contestó Moisés.
Moisés se acercó a la espesa nube donde se hallaba Dios, quien le ordenó que construya un altar de piedras, y le dio instrucciones y leyes.
Dios habló con Moisés y le dijo: "Estoy enviando un ángel para que los cuide en el camino y los traiga a un lugar que les estoy preparando. Háganle caso y obedézcanlo. No se rebelen contra él porque él va en mi representación y no perdonará vuestras ofensas. Si lo obedecen y hacen todo lo que él les diga él será un enemigo de vuestros enemigos, y un opositor de vuestros opositores. Cuando mi ángel vaya delante de ustedes y los lleve a la tierra de los pueblos que voy a exterminar: los amoritas, los hititas, los perizitas, los canaanitas, los hivitas y los jebuseos, ustedes no rendirán culto a sus dioses ni seguirán sus prácticas, sino que destruirán sus ídolos y harán pedazos sus pilares. Ustedes servirán al SEÑOR, vuestro Dios, y él bendecirá vuestro pan y vuestra agua. Eliminará las enfermedades. Ninguna mujer en vuestro país abortará ni será estéril. Haré que disfruten una larga vida. Enviaré mi terror delante de ustedes, y sembraré el pánico entre los pueblos donde llegarán. Haré que huyan de ustedes. Enviaré una plaga antes que lleguen ustedes, y eso hará que se vayan los hivitas, los canaanitas y los hititas. No los echaré a todos en un solo año, para evitar que la tierra se vuelva desolada, y los animales salvajes se multipliquen y los ataquen. Los echaré gradualmente, hasta que ustedes hayan aumentado en número y se hayan posesionado de la tierra. Vuestras fronteras serán desde el Mar Rojo hasta el Mar Mediterráneo, y desde el desierto hasta el río Eufrates. Entregaré los habitantes de la tierra a vuestras manos, y ustedes los desalojarán. No harán ustedes ningún convenio con ellos o con sus dioses. Ellos no permanecerán en vuestra tierra, porque podrían ellos ponerles trampa, inducirlos a pecar contra mi y a servir a sus dioses."
Dios terminó diciendo: "Sube al monte para verme, con Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos de Israel."
Moisés informó al pueblo lo que Dios le había dicho. El pueblo contestó, en forma unánime, "Haremos todo lo que el SEÑOR ha ordenado."
Temprano la siguiente mañana, Moisés armó un altar al pie de la montaña y erigió doce pilares, una por cada una de las tribus de Israel. Después de ofrecer sacrificios en el altar, Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos llegaron a la montaña. Allí vieron a Dios sobre un pavimento de zafiro, tan claro como el cielo.
"Sube a la cumbre de la montaña y quédate allí. Te daré las tablas de la ley y los mandamientos que he inscrito para instruirlos", dijo Dios a Moisés.
Moisés se levantó, acompañado de Josué, y dijo a los ancianos, "Espérenme aquí hasta que vuelva. Aarón y Jur quedan con ustedes. Si alguien tiene un problema que lo consulte con ellos."
Moisés subió a la montaña, que estaba cubierta de nubes. Durante seis días la presencia del SEÑOR estuvo en el Monte Sinai, escondido por la nube, pero los israelitas la vislumbraban desde abajo como un fuego que ardía en la cumbre de la montaña.
En el sétimo día Dios llamó a Moisés desde el interior de la nube. Moisés se internó en la nube y permaneció allí cuarenta días y cuarenta noches, tiempo durante el cual Dios le dio instrucciones detalladas de cómo construir el Tabernáculo sagrado y el Arca de Dios:
"Haz que comparezcan ante ti tu hermano Aarón y sus hijos Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar para que me sirvan como sacerdotes. Hazle a tu hermano Aarón vestimentas que le confieran dignidad y prestancia. Haz un lavamanos de cobre con un pedestal de cobre, para que se lave, y colócalo entre la Tienda de Reunión y el altar. Pon agua en él para que Aarón y sus hijos se laven las manos y los pies. Cuando entren a la Tienda de Reunión deben lavarse con agua para no morir. Igualmente deben hacerlo cuando se acerquen al altar para ofrecer una ofrenda de fuego."
"He escogido a Bezalel, hijo de Uri, hijo de Jur, de la tribu de Yehudah, y le he conferido un espíritu divino de habilidad, talento y sabiduría en cada arte y artesanía, para que haga trabajos en oro, plata, y cobre para que corte, pula y engaste piedras para que talle la madera, y para que haga toda clase de artesanías. Le he escogido un ayudante, Aholiab, hijo de Ajísamaj, de la tribu de Dan. También he dotado de habilidad a todos los artesanos para que hagan todo lo que te he mandado hacer: la Tienda de la Reunión, el Arca del Pacto, y su cobertura, y todo el mobiliario de la Tienda"
Dios terminó de hablar a Moisés y le dio dos tablas de la ley que Dios mismo había inscrito con su dedo.
Aarón, al ver el entusiasmo del pueblo, construyó un altar, y dijo: "Mañana celebraremos una fiesta en honor del SEÑOR."
Temprano la siguiente mañana la gente trajo animales para sacrificarlos y celebrar la fiesta. Se sentaron a comer y a beber, y luego bailaron, dejando a un lado sus inhibiciones.
"Apúrate, tu pueblo, al cual sacaste de Egipto, está actuando vilmente. Con demasiada rapidez se han apartado del camino que yo les ordené seguir. Han hecho un becerro de oro fundido, se están inclinando ante él y le presentan sacrificios diciendo, Este es tu dios, Oh Israel, que te sacó de la tierra de Egipto. Veo que es un pueblo terco. Ahora no interfieras. Descargaré mi furia contra ellos, los destruiré, y haré de ti una gran nación", dijo Dios.
"No dirijas tu ira, SEÑOR, contra tu pueblo, al que sacaste de Egipto con gran poder y mano poderosa. No permitas que los egipcios tengan motivo para decir, 'Fue con mala intención que su dios los sacó de aquí para matarlos en las montañas y exterminarlos de la faz de la tierra'. Domina tu enojo, y no castigues a tu pueblo. Recuerda a tus siervos Abraham, Isaac e Israel, como les juraste que sus descendientes serían tan numerosos como las estrellas del firmamento, y que a ellos les darías la tierra prometida para que les pertenezca para siempre", le rogó Moisés a Dios.
Dios cambió de parecer y no castigó al pueblo. Moisés bajo de la montaña cargando las dos tablas de la ley donde Dios había inscrito los mandamientos. Josué le salió al encuentro.
Cuando ambos se acercaron al campamento, Josué le dijo a Moisés, "Se oyen gritos de batalla en el campamento."
"No son gritos de victoria ni lamentos de derrota, lo que escuchamos son canciones", contestó Moisés.
Mientras tanto, los israelitas, viendo que habían pasado muchos días y que Moisés no descendía de la montaña, se acercaron a Aarón y le dijeron: "Haz un dios que vaya delante nuestro, porque no sabemos lo que le ha pasado a ese Moisés que nos sacó de Egipto."
"Quiten los aretes de oro que adornan a sus esposas, sus hijos y sus hijas, y tráiganmelos", les dijo Aarón.
Aarón recibió los aretes, los fundió, echó el metal en un molde, y fabricó un ídolo de oro en forma de becerro. El pueblo al verlo exclamó, "Este es tu Dios, Oh Israel, que te sacó de la tierra de Egipto."
Cuando Moisés vio el ídolo se enfureció terriblemente. Tiró al suelo las tablas de la ley que se rompieron con el golpe. Agarró el ídolo, y lo molió hasta convertirlo en fino polvo, que disolvió en agua y forzó a los israelitas a que lo beban.
"¿Qué te hizo este pueblo para que cometas tan gran pecado?", preguntó Moisés a Aarón.
"Que mi señor no se moleste. Tú sabes cuan inclinado es este pueblo al mal. Me dijeron, 'Haznos un dios para que nos guíe, porque no sabemos lo que le ha pasado a ese hombre Moisés que nos sacó de Egipto '. Entonces yo les dije, 'El que tenga oro que me lo traiga'. Así lo hicieron, tiré el oro al fuego y salió este becerro", contestó Aarón.
Moisés, desde la entrada al campamento, vio que Aarón había permitido que la gente perdiese todo control y estaba desenfrenado. "¡Quien esté de parte del SEÑOR, que venga a mí!", gritó Moisés.
Los levitas se reunieron alrededor de Moisés, y éste les dijo: "Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: ciñanse la espada y recorran todo el campamento, de extremo a extremo, y maten al que se les ponga enfrente, sea hermano, vecino o pariente." Y añadió, "Conságrense al SEÑOR hoy, cada hombre contra su hijo y contra su hermano, para que Dios los bendiga"
Los levitas cumplieron la orden, y ese día ejecutaron a tres mil israelitas.
El día siguiente Moisés dijo al pueblo, "Ustedes han cometido un grave pecado. Yo subiré ahora al SEÑOR, y trataré de conseguir que el los perdone."
Moisés regresó a Dios y le dijo: "El pueblo es culpable de un gran pecado al hacer un ídolo de oro. Te ruego que los perdones, pero si decides no perdonarlos, ¡bórrame del libro que has escrito!"
"Borraré de mi libro sólo al que ha pecado contra mi. Anda ahora, y guía al pueblo al lugar que te dije. Mi ángel irá adelante tuyo. Sin embargo, cuando deba castigarlos por su pecado, los castigaré", dijo Dios.
Poco tiempo después, Dios envió una plaga al pueblo en castigo por haber forzado a Aarón a fabricarles el ídolo.
Dios le dijo a Moisés, "Partan de aquí, tú y el pueblo que he traído de Egipto, para ir a la tierra que prometí a Abraham, Isaac y Jacob, diciéndoles, 'Se la daré a vuestros descendientes'. Enviaré un ángel delante de ustedes y desalojaré a los canaanitas, amoritas, hititas, perizitas, hivitas y jebuseos. Es una tierra donde fluye la leche y la miel. Pero yo no los acompañaré porque ustedes son un pueblo terco, y yo podría destruirlos en el camino."
En todos los lugares donde el pueblo acampaba, Moisés armaba la Tienda de Reunión, a cierta distancia fuera del campo. Toda persona que quería consultar con el SEÑOR salía del campamento e iba a la tienda. Se hizo costumbre que, cuando Moisés se dirigía a ella, cada hombre que estaba en la entrada de su propia tienda se ponía de pie, y miraba a Moisés hasta que él entraba a la Tienda. La columna de nube descendía y tapaba la entrada de la Tienda, mientras Dios hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo. El pueblo, al ver la columna de nube en la puerta de la Tienda se inclinaba y rendía reverencia al SEÑOR. Luego, cuando Moisés retornaba al campamento, Josué hijo de Nun, su joven asistente, permanecía en la Tienda.
Moisés le rogó a Dios que le permitiera ver su presencia. Dios le contestó, "Te mostraré mi bondad y proclamaré mi nombre ante ti. Verás que tengo clemencia y compasión. Pero no verás mi cara, porque ningún hombre la puede ver y seguir viviendo. Cerca de mi hay un lugar. Párate allí sobre la roca, y cuando mi presencia pase, te pondré en una hendidura de la roca, y te cubriré con mi mano, hasta que yo haya pasado. Retiraré entones mi mano y podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás."
"Talla dos tablas de piedra similares a las que rompiste, y yo inscribiré en ellas lo mismo que estaba escrito en las anteriores. Debes estar listo en la mañana para subir al Monte Sinai, y presentarte allí ante mí, en la cumbre de la montaña. Nadie debe venir contigo, ni a ningún otro debe verse en la montaña. Ni las ovejas ni las vacas deben pastar frente al monte."
Moisés talló dos tablas de piedra, similares a las anteriores. Se levantó muy temprano y subió al Monte Sinai, llevando con él las dos tablas. Dios descendió en una nube, y Moisés se inclinó al suelo y le rindió culto.
Dios lo instruyó en sus leyes y mandamientos, y le dijo, "Hoy hago un pacto contigo. Haré maravillas ante el pueblo como nunca se han visto en la tierra o en cualquier nación. Todos los que estén contigo verán que imponentes son las obras que el SEÑOR hará por ti."
Moisés se quedó con Dios cuarenta días y cuarenta noches, escribiendo los mandamientos en las tablas. Durante todo ese tiempo no bebió ni probó bocado.
Moisés bajó de la montaña. Aarón y el pueblo tuvieron miedo de acercarse a él, porque su rostro resplandecía con luz. Moisés llamó a Aarón y a los líderes del pueblo para hablar con ellos. Luego, los israelitas se acercaron y Moisés les informó de todas las leyes que Dios le había dado. Cuando terminó de hablar cubrió su cara con un velo, y, así, desde ese momento, siempre lo hizo, excepto cuando estaba en la Tienda hablando con Dios.
Moisés pidió al pueblo que contribuya con regalos de metales preciosos, hilos, pieles y aceite, para embellecer la Tienda. También pidió a los artesanos que viniesen a trabajar en la Tienda bajo la dirección de Bezalel y Aholiab. Los trabajos en la Tienda se concluyeron en el primer mes del segundo año después de la salida de Egipto, Moisés colocó el Arca en ella. Una nube cubría la Tienda, y la presencia del SEÑOR la llenaba.
Los israelitas trasladaban su campamento de un lugar a otro sólo cuando la nube se levantaba de la Tienda. Mientras la nube permanecía sobre la Tienda, el campamento no se movía de lugar. Durante todos los años que los israelitas ambularon en el desierto la nube que anunciaba la presencia del SEÑOR en la Tienda estuvo presente durante el día, y una columna de fuego se hallaba sobre ella en la noche.
Dios ordenó a Moisés que ungiera a Aarón y a sus hijos como sacerdotes. Toda la comunidad se reunió cerca de la entrada de la Tienda para ver la ceremonia. Moisés trajo a Aarón y a sus hijos, y los lavó con  agua. Vistió a Aarón con las vestimentas de sacerdote, le puso el pectoral, el turbante en la cabeza, y encima la tiara sagrada. Lo ungió y lo consagró, y luego hizo lo mismo con los hijos de Aarón. Salpicó aceite siete veces sobre el altar y lo echó sobre la cabeza de Aarón. Después sacrificó a un buey y a dos carneros, y puso la sangre en los cuernos del altar y en la base. Parte de la sangre la puso en el oído de Aarón, en el dedo pulgar de su mano derecha, y en el dedo gordo de su pie derecho. Hizo lo mismo a los hijos de Aarón. Por último echó el resto de la sangre en los cuatro lados del altar.
Moisés ordenó a Aarón y a sus hijos que llevaran la carne del sacrificio a la entrada de la Tienda, y lo coman allí junto con el pan consagrado. La carne y el pan que sobrase debería ser quemados. Para completar los ritos de la ordenación Aarón y sus hijos permanecieron en la entrada de la Tienda durante siete días y siete noches.
Los dos hijos mayores de Aarón, Nadab y Abihú, pusieron incienso en su incensario, le prendieron fuego y lo presentaron como ofrenda al SEÑOR, algo que Dios no les había ordenado hacer. De repente, una llamarada de Dios los quemó y mató.
"A esto se refería el SEÑOR cuando dijo, 'Manifestaré mi santidad entre los que estén cerca a mi, y ante todo el pueblo presentaré mi gloria'", le dijo Moisés a Aarón.
Aarón permaneció en silencio y no respondió. Moisés llamó a Mishael y a Elzafán, los hijos de su tío Uriel, y les dijo, "Vengan, y llévense los cuerpos de sus parientes del frente del santuario a un sitio fuera del campamento."
A Aarón y a sus dos hijos sobrevivientes les dijo, "No vayan con la cabeza descubierta ni rasguen sus vestiduras. Así no morirán ustedes ni el SEÑOR se irritará contra toda la comunidad. Vuestros parientes y todo Israel harán duelo por el incendio que produjo el SEÑOR. No salgan de la Tienda de la Reunión, para no morir, porque el aceite de la unción del SEÑOR está sobre ustedes." También les dijo que tomen del grano que quedaba de los sacrificios, que hiciesen con ellos pan sin levadura, y que lo comieran en el Santuario.
Moisés les preguntó acerca de la cabra para el sacrificio expiatorio, y le contestaron que ya había sido quemada en el fuego. Molesto con Eleazar e Itamar, los dos hijos sobrevivientes de Aarón, les preguntó, "¿Por qué no comieron el sacrificio expiatorio dentro del Santuario? Es un sacrificio sumamente sagrado y el SEÑOR lo impuso para quitar la culpa de la comunidad. ¡Ya que la sangre del sacrificio no fue traída al Santuario, ustedes debieron haberlo comido allí, tal como lo ordené!"
"Mis hijos ofrecieron el sacrificio expiatorio ante el SEÑOR, hoy cuando me ha ocurrido tan gran desgracia. ¿Si yo hubiese comido hoy el sacrificio expiatorio, acaso el SEÑOR lo habría aprobado?", contestó Aarón, y Moisés quedó satisfecho con la explicación.
Dios le dijo a Moisés "Aarón podrá entrar al Santuario sólo si se ha lavado antes con agua y vestido con sus ropas sacerdotales. Debe traer con él un buey, y sacrificarlo para expiar los pecados de él y de su familia. Luego, debe tomar dos chivos y pararlos en la entrada a la Tienda. Uno de ellos debe ser marcado "para el SEÑOR", para luego ser sacrificado, y el otro será un chivo expiatorio sobre el cual Aarón pondrá su mano y confesará todos los pecados del pueblo. Ese chivo será llevado por un hombre al desierto, y dejado suelto, para que cargue con él los pecados de la comunidad y los lleve a sitios no habitados."
En el primer día del segundo mes, en el segundo año después de la salida de Egipto, Dios ordenó a Moisés que realice un censo de toda la comunidad, por tribus, clanes y familias, registrando los nombres de todos los hombres mayores de 20 años aptos para el servicio militar. El resultado fue 603,500 hombres, sin tomar en cuenta a los levitas cuyo trabajo estaba limitado a servir en el Santuario y a los sacerdotes.
Los levitas varones, mayores de un mes, fueron veintidós mil, pero los que estaban autorizados a trabajar en el Santuario — entre las edades de 30 a 50 — fueron unicamente 8,500
El día veinte del segundo mes, en el segundo año, la nube se levantó de la Tienda, y los israelitas iniciaron su viaje desde el desierto de Sinai al desierto de Paran. La gente nuevamente empezó a quejarse. Dios, enojado, envió un fuego que consumió parte del campamento, y sólo pudo ser apagado cuando Moisés rezó. Los extranjeros que vivían con ellos estaban obsesionados por comer carne. También los israelitas dijeron llorando: "Ojalá tuviéramos carne para comer. Recordamos los peces que comíamos en Egipto sin pagar, los pepinos, los melones, puerros, cebollas y ajos. ¡Nuestra garganta está reseca! ¡No tenemos nada excepto esa maná!"
Moisés los escuchó sollozando afuera de sus tiendas, y, disgustado, se quejó a Dios, "¿Por qué has tratado tan mal a tu siervo? ¿Por qué me niegas tu favor y me obligas a cargar con todo este pueblo? ¿Acaso yo lo concebí o lo di a luz para que me exijas que lo lleve en mi regazo, como una nodriza lleva a un bebe, a la tierra que prometiste a sus antepasados? ¿De donde voy a conseguir carne cuando vienen a mí llorando y pidiendo carne? Yo solo no puedo con esta carga. Es demasiado para mi. ¡Si me quieres tratar así, es preferible que me mates, te lo ruego, y así no veré más mi desgracia!"
"Reúne setenta ancianos de Israel, gente con experiencia por su edad y gobernantes del pueblo, y tráelos a la Tienda de Reunión. Qué esperen allí contigo. Yo descenderé y hablaré contigo, y haré que ellos compartan  el espíritu que está en ti, para que te ayuden a llevar la carga del pueblo, y no lo hagas tu solo. Dile al pueblo que se purifique para mañana, y comerán la carne que han estado pidiendo y quejándose de que mejor estaban en Egipto. Les daré carne y la comerán, no un día, ni dos, ni cinco, ni diez ni veinte, pero un mes completo hasta que les salga por las narices y les de nauseas. Y esto es porque ustedes han rechazado al SEÑOR que está entre ustedes, y le han reclamado por haberlos sacado de Egipto", dijo Dios.
Moisés, confuso, le dijo a Dios, "El pueblo que está conmigo cuenta con mas de seiscientos mil hombres, y tú dices que les darás carne para todo un mes. ¿Cuántos rebaños y manadas habría que degollar para que les alcance? ¡Ni siquiera todos los peces del mar les bastarían!
"¿Acaso tiene un límite el poder de Dios? Pronto verás si es cierto o no lo que te he dicho", contestó Dios.
Moisés informó al pueblo lo que Dios le había dicho. Reunió a setenta ancianos y los trajo a la Tienda. Dios bajó en una nube, habló con Moisés, tomó de su espíritu y lo dio a los ancianos que empezaron a profetizar.
Dos ancianos, Eldad y Meidad, que habían permanecido en el campamento, también recibieron el espíritu, y también empezaron a profetizar. Un muchacho que los vio fue corriendo a informar a Moisés. Josué lo escuchó y pidió a Moisés que no les permita seguir profetizando.
"¿Estás celoso por mi causa? ¡Como quisiera que todo el pueblo del SEÑOR profetizara y que el SEÑOR pusiera su espíritu en todos ellos!", le dijo Moisés.
Un fuerte viento, enviado por Dios, empujó a las codornices que volaban sobre el mar para que caigan en la tierra sobre el campamento, cubriendo grandes extensiones de terreno en todos sus alrededores. La gente recogió codornices todo ese día, toda la noche, y también al día siguiente. Aún estaban masticando la carne cuando Dios enojado causó una epidemia que mató a muchos. Llamaron al lugar Kibrot-hattaavah, "Tumbas de los antojos", porque allí fue donde enterraron a muchos de los que habían deseado comer carne.
De Kibrot-hattaavah los israelitas se dirigieron a Hazerot, donde armaron el campamento. Allí tuvo lugar una disputa familiar entre los hermanos. Miriam y Aarón criticaron a Moisés por haberse casado con una mujer etiope. También afirmaron que Dios, no sólo hablaba a través de Moisés, sino también a través de ellos. Moisés no reaccionó a las acusaciones debido a su carácter dócil y humilde. Dios tomó cartas en el asunto, y llamó a Moisés, Aarón y Miriam a que fueran a la Tienda de Reunión. Dios descendió en una nube, que se detuvo en la entrada de la Tienda, y pidió a Aarón y a Miriam que se acerquen.
Así lo hicieron, y Dios les dijo, "Escuchen mis palabras. Cuando un profeta del SEÑOR aparece entre ustedes, yo me revelo a él en visiones y le hablo en sus sueños. Pero esto no ocurre con mi siervo Moisés porque él de toda mi casa es mi hombre de confianza. Con él hablo cara a cara, claramente, sin enigmas, y él contempla la imagen del SEÑOR. ¿Cómo se atreven a hablar contra mi siervo Moisés?"
Dios se fue enojado contra ellos. La piel de Miriam se volvió leprosa, blanca como la nieve, tan pronto la nube se levantó de la Tienda.
Aarón miró horrorizado a Miriam, y le rogó a Moisés, "Te suplico, mi señor, que no tomes en cuenta este pecado que hemos cometido por nuestra necedad. Por favor no la dejes como un aborto que sale del vientre de su madre con su carne medio consumida."
Moisés le rezó al SEÑOR: "¡Oh Dios, te ruego que la cures!"
"¿Si su padre le escupiese en la cara, no habría durado siete días su vergüenza? Durante siete días Miriam estará fuera del campamento, luego podrá volver", contestó Dios.
Durante los siguientes siete días Miriam permaneció fuera del campamento. Tan pronto como regresó curada, los israelitas dejaron Hazerot y acamparon en el desierto de Paran.
Dios le dijo a Moisés que envíe doce hombres, uno de cada tribu, para explorar la tierra de Canaán, e informar sobre sus ciudades y habitantes, para determinar si eran fuertes o débiles, muchos o pocos, y para traer de regreso muestras de los frutos del país. Los espías exploraron el país, desde el desierto de Zin hasta Rejob, cerca de la entrada de Jamat.
Cuarenta días después regresaron al campamento trayendo granadas, higos, y un racimo de uvas tan pesado que se necesitaban dos hombres para llevarlo colgado de una vara.
El informe de la mayoría de ellos fue pesimista y derrotista. "Visitamos la tierra a la cual nos enviaste. Es cierto que la leche y la miel abundan allí, y aquí pueden ver sus frutos. Pero,  los habitantes  del  país  son poderosos,  sus ciudades  están  fortificadas,  y son  muy grandes. Vimos allí a los anaquitas a los amalequitas que viven en el Negev a los hititas, jebuseos y amoritas que habitan en la zona montañosa y a los canaanitas que viven al lado del mar y en la ribera del río Jordán."
Caleb, uno de los doce espías, los interrumpió, diciendo: "Subamos a conquistar esa tierra, porque con toda seguridad lo podremos hacer."
Los otros continuaron, "No podemos atacar a esa gente porque son mas fuertes que nosotros. El país que atravesamos y exploramos devora a sus habitantes. Vimos allí a los nefilitas que son gigantes. Al lado de ellos parecíamos saltamontes, y así también nos veían ellos a nosotros."
Los israelitas, asustadas, rompieron en gritos de dolor, y esa noche lloraron y se lamentaron, responsabilizando a Moisés y a Aarón. "Ojalá hubiésemos muerto en Egipto", gritaron a Moisés y a Aarón, "o aquí en el desierto. ¿El SEÑOR nos ha traído a esta tierra para que muramos atravesados por la espada, y que nuestras esposas e hijos sean botín de guerra? ¡Sería preferible regresar a Egipto!"
Uno a otro se decían, "Regresemos a Egipto."
Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Yefuneh, trataron de tranquilizarlos diciendo, "El país que atravesamos y exploramos es excelente. Si el SEÑOR está contento con nosotros, nos hará entrar en ella, una tierra donde abundan la leche y la miel, y nos la entregará.  No nos rebelemos contra el SEÑOR.  No tengan miedo de los pueblos de ese país porque los venceremos fácilmente. No tienen quien los proteja porque el SEÑOR está con nosotros. ¡No les tengan miedo!
El pueblo amenazó con apedrearlos, cuando, de repente, la presencia del SEÑOR apareció en la Tienda, frente a todos los israelitas.
"¿Hasta cuando esta gente me seguirá menospreciando? ¿Hasta cuando no tendrán fe en mí a pesar de todas las maravillas que he hecho entre ellos? Los castigaré con la peste y los desheredaré, y haré de ti una nación mucho más numerosa que la de ellos", dijo Dios a Moisés.
Moisés contestó, "Cuando los egipcios se enteren de lo ocurrido se lo contarán a los habitantes de este país, quienes ya saben que tu, Oh SEÑOR, estás en medio de este pueblo, pues te han visto claramente cuando tu nube reposa sobre ellos, y cuando tu vas adelante de ellos en una columna de nubes durante el día, y en una columna de fuego durante la noche. Si exterminas a este pueblo, todas las naciones que conocen tu fama dirán 'El SEÑOR no fue capaz de llevar a ese pueblo a la tierra que juró darles, y, en vez de eso, los mató en el desierto'. Por lo tanto te ruego mi SEÑOR que sea grande tu paciencia. Tú mismo has declarado que eres lento en enojarte y abundante en amor, que perdonas la maldad y la trasgresión, pero no dejas impune al culpable, sino que castigas la maldad de los padres en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por tu gran amor, te ruego que perdones la maldad de este pueblo, como lo has perdonado desde que salió de Egipto."
Dios contestó: "Los perdono como me lo has pedido. Sin embargo, juro que ninguno de los hombres que han visto mi presencia y las maravillas que he realizado en Egipto y en el desierto, que me desobedecieron y me pusieron a prueba muchas veces, verá la tierra que yo he prometido a sus antepasados. Ninguno de los que me despreciaron la verán. Pero mi siervo Caleb, que es diferente de los otros y me ha sido leal, a él lo traeré a la tierra que exploró, y será una posesión de sus descendientes. Ya que los amalequitas y los canaanitas ocupan los valles, ustedes irán al desierto por el camino del Mar Rojo. ¿Durante cuanto tiempo más esta comunidad pecadora continuará murmurando contra mí? Muy bien los he escuchado murmurar incesantemente contra mí. Juro que haré con ustedes lo que ustedes han pedido.  Los  cadáveres  de ustedes quedarán tirados en este desierto. Todos los que han
sido registrados en las diversas listas, mayores de veinte años, que han murmurado contra mí. Ni uno solo entrará a la tierra donde prometí establecerlos, excepto Caleb, el hijo de Yefuneh, y Josué, el hijo de Nun. Los hijos que ustedes temían que serían botín de guerra también podrán entrar. Ellos disfrutaran de la tierra que ustedes han rechazado. Los cadáveres de ustedes quedarán tirados en el desierto, mientras que vuestros hijos ambulen errantes por el desierto durante cuarenta años, que corresponden a los cuarenta días que ustedes exploraron el país, un año por cada día. ¡Así sabrán lo que les cuesta oponerse a mí!
Moisés informó a los israelitas lo que el SEÑOR le había dicho. Los israelitas lloraron amargamente, y le dijeron a Moisés que se arrepentían de su error, y que ahora ya estaban preparados para ir al lugar que Dios les había prometido.
"¿Por qué vuelven a desobedecer las órdenes del SEÑOR? No tendrán éxito. No suban porque el enemigo los derrotará, ya que el SEÑOR no estará entre ustedes. Se enfrentarán con los amalequitas y los cananeos, y ellos los matarán con la espada, porque ustedes han abandonado al SEÑOR, y el SEÑOR ya no está con ustedes", les dijo Moisés.
Los israelitas hicieron oídos sordos a las palabras de Moisés. Lo dejaron en el campamento con el Arca de Dios, y fueron a la región montañosa a luchar contra los amalequitas y canaanitas que vivían allí. Fueron derrotados ignominiosamente.
Un tiempo después, un israelita fue sorprendido recogiendo leña en el día del descanso. Como el pueblo no sabía que hacer con él, fue llevado a presencia de Moisés y Aarón. Moisés consultó con Dios, y Dios ordenó que el hombre fuese condenado a muerte. El pueblo sacó al hombre del campamento y lo apedreó hasta que murió.
Koraj, un primo de Moisés — su padre Yizhar fue hermano menor de Amram, el padre de Moisés — y otros tres hombres de la tribu de Rubén,—On, hijo de Pelet, y los hermanos Datán y Abiram, hijos de Eliab — seguidos por 250 hombres importantes, acusaron a Moisés y a Aarón de sentirse superiores al resto del pueblo.
Moisés se postró en el suelo, y dijo a los rebeldes: "Mañana temprano el SEÑOR hará saber quienes le pertenecen, quien es santo, y quien está autorizado para acercarse a Él", y añadió “Aquel a quien el SEÑOR escoja, será santo. ¡Ustedes han ido demasiado lejos, hijos de Levi! ¿Acaso no es suficiente para ustedes que el Dios de Israel los ha distinguido del resto del pueblo para que rindan el servicio en el Tabernáculo del SEÑOR y sirvan a la comunidad? Ahora que Dios les ha otorgado a ustedes y a los otros levitas ese privilegio, ¿también quieren el sacerdocio? Ustedes se han enfrentado contra Dios, porque ¿quien es Aarón para que ustedes vayan contra él?"
Moisés llamó a Datán y a Abiram para hablar con ellos, pero los rebeldes rehusaron venir, diciendo "¡No iremos! ¿Acaso no es suficiente que nos has sacado de una tierra donde fluye la leche y la miel para que muramos en el desierto, que también quieres imponerte sobre nosotros? Aún si nos hubieses traído a una tierra de leche y miel, y nos hubieses dado campos y viñedos, ¿te da eso derecho a sacarle los ojos a la gente? ¡No iremos!"
Moisés se encolerizó y le dijo a Dios, “No prestes atención a su ofrenda. Yo no me he apropiado del asno de ninguno de ellos, ni les he hecho mal.”
El día siguiente, los rebeldes, con sus incensarios, se pararon en la puerta del Tabernáculo, al lado de Moisés y Aarón, rodeados por el pueblo.
La Presencia de Dios se apareció a toda la comunidad, y Dios le dijo a Moisés y a Aarón, "Párense atrás de esta comunidad para que yo los pueda aniquilar en un instante."
Moisés y Aarón se postraron en el suelo, y dijeron "¡Oh, Dios, Fuente de la respiración de todo ser! ¿Cuando un hombre peca, te encolerizarías contra toda la comunidad?”
Dios les dijo, "Hablen a la comunidad y digan: Retírense de las moradas de Koraj, Datán, y Abiram.”
Moisés se levantó y fue hacia las tiendas de Datán y Abiram, seguido por los líderes del pueblo. Una vez allí, pidió a la gente que se aleje de las tiendas de los rebeldes para no ser destruidos también ellos.
Datán y Abiram salieron de sus tiendas y se pararon en las entradas con sus esposas, hijos y niños pequeños.
Moisés habló al pueblo, "Por esto sabrán que es el SEÑOR quien me ha enviando a hacer estas cosas. No son de mi propia iniciativa. Si estos hombres muriesen como todos los hombres mueren, ya que ese es el destino común de la humanidad, no sería el SEÑOR quien me ha enviado. Pero si el SEÑOR hace algo inaudito, y causa que la tierra se abra y se los trague con todo lo que les pertenece, y caigan vivos al abismo, ustedes sabrán que estos hombres han ofendido al SEÑOR."
Tan pronto Moisés terminó de hablar, la tierra se abrió, y Koraj, Datán, Abiram, y sus seguidores, con sus tiendas y todas sus posesiones cayeron adentro. La tierra se cerró sobre ellos y los rebeldes perecieron.
Eleazar, el Sumo Sacerdote, tomó los incensarios de los rebeldes e hizo con ellos planchas para cubrir el altar, para recordar al pueblo que unicamente los descendientes de Aarón tenían derecho a ofrecer incienso a Dios.
Los hijos de Koraj, Assir, Elkanah, y Abiasaf, no tomaron parte en la rebelión, y, por lo tanto, no murieron. Sus descendientes fueron cantantes y músicos en el Templo.
El día siguiente la comunidad entera acusó a Moisés y a Aarón de haber matado al pueblo del SEÑOR. Mientras gritaban improperios a los dos hermanos, una nube cubrió la Tienda de Reunión, lo cual significaba la presencia del SEÑOR.
Moisés y Aarón llegaron a la Tienda, y Dios le dijo a Moisés: "Apártense de esa gente para que los pueda aniquilar de inmediato."
Los hermanos se postraron en el suelo, y Moisés le dijo a Aarón, "Trae el incensario y pon en él brasas del altar. Agrégale incienso, llévalo rápido adonde se encuentra el pueblo, para expiar por ellos, porque la ira del SEÑOR ha causado la llegada de la plaga."
Aarón hizo lo que Moisés le había ordenado, y corrió hacia la comunidad, pero la plaga ya había comenzado. Aarón ofreció incienso para expiar por el pueblo, hasta que la plaga cesó, después de haber causado la muerte de casi quince mil personas, sin contar las que murieron con Koraj.
Dios habló con Moisés y le dijo: "Habla con el pueblo de Israel, y toma del jefe de cada tribu una vara, en total doce varas. Escribe el nombre de cada uno de ellos en su vara. En la vara que corresponde a la tribu de Levi escribe el nombre de Aarón. Coloca las varas frente al Arca del Pacto en la Tienda de Reunión. La vara que retoñe será la de mi elegido. Así me libraré de las incesantes murmuraciones de los israelitas contra ustedes."
Moisés hizo lo que Dios le ordenó. El día siguiente, cuando Moisés fue a la Tienda, vio que la vara de Aarón había retoñado, florecido y producido almendras. Sacó las varas y se las devolvió a cada uno de sus dueños.
"Pon la vara de Aarón de regreso ante el Arca del Pacto, para que sirva de advertencia a los rebeldes israelitas que morirán si no dejan ya de quejarse", dijo Dios a Moisés.
Los israelitas prosiguieron su camino y llegaron al desierto de Zin, donde acamparon en Kadesh. Allí falleció y fue enterrada Miriam, la hermana mayor de Moisés y Aarón.
El pueblo se quejó de que no había agua y se moría de la sed.
Dios le dijo a Moisés, "Toma la vara que está frente al Arca del Pacto, reúne a toda la comunidad, y ordena a la roca que dé agua. Así harán que de la roca brote agua para el pueblo y los animales."
Moisés y Aarón reunieron a todo el pueblo frente a la roca. En esta ocasión, debido a su frustración con las constantes quejas de los israelitas, Moisés perdió la paciencia y gritó, "¡Escuchen, rebeldes! ¿Quieren que les saquemos agua de esta roca?." Y, terminando de decir eso, agarró la vara y golpeó dos veces a la roca. Brotó un gran chorro de agua, de la cual bebieron los israelitas y el ganado. El lugar fue llamado Meribah (Pelea) porque allí fue donde los israelitas se quejaron contra Dios.
Dios reprendió a Moisés y Aarón, diciéndoles, "Ya que no tuvieron suficiente fe en mi para afirmar mi santidad en presencia de los israelitas, ustedes no guiarán al pueblo a la tierra que les he dado."
Moisés envió mensajeros al rey de Edom, pidiéndole autorización para que los israelitas pasen pacíficamente por su país, prometiendo que se limitarían a ir por el camino principal. Los edomitas se negaron y los israelitas buscaron otro camino para llegar a Canaán.
Los israelitas dejaron Kadesh y llegaron al Monte Hor, cerca de los límites de Edom. Allí, Dios anunció a Moisés que Aarón no entraría en la Tierra Prometida, que moriría debido a su comportamiento en Meribah.
Moisés, siguiendo las instrucciones de Dios, subió con Aarón y Eleazar, el hijo de Aarón, al Monte Hor, a la vista de todo el pueblo. Cuando llegaron a la cumbre, Moisés le quitó a Aarón su vestimenta sacerdotal y se la puso a Eleazar.
Cuando el pueblo vio que sólo Moisés y Eleazar descendían del monte, entendió que Aarón había fallecido y guardó luto por él durante treinta días.
El gobernante de Arad, un reino situado en el sur de Canaán, escuchó que los israelitas venían. Los atacó con su ejército y tomó cautivos a algunos de ellos. Los israelitas juraron a Dios que, si algún día Él entregaría a los canaanitas en sus manos, destruirían a sus ciudades por completo. Los israelitas derrotaron a Arad y destruyeron la ciudad a tal punto que el lugar fue llamado Hormah, (Ruina completa).
Los israelitas dejaron la región del Monte Hor, y continuaron a lo largo del Mar Rojo, evitando pasar por el territorio de Edom.
Nuevamente los israelitas se quejaron de Dios y de Moisés. "¿Por qué nos hiciste salir de Egipto para morir en el desierto? ¡No tenemos pan ni agua, y estamos hartos de esta pésima comida!"
Dios envió serpientes venenosas que mordieron a la gente, y muchos israelitas murieron. Los israelitas pidieron a Moisés que rece a Dios para que se lleve las serpientes. Moisés rezó, y Dios le contestó, "Haz una serpiente y colócala en un asta. Cualquiera que ha sido mordido y la mire, se curará." Moisés hizo una serpiente de cobre y la colocó en un asta. A cualquier persona, que hubiese sido mordida por una serpiente, le bastaba mirar a la serpiente de cobre para curarse.
Los israelitas continuaron viaje a Obot, de allí continuaron a Iyé Haabarim, cerca al territorio de Moab, y de allí al valle de Zared. Cruzaron el río Arnón y acamparon en el otro lado. De allí fueron a Beer, Mattanah, y Nahaliel, hasta que llegaron a Bamot, en las laderas del Monte Pisgah.
Los israelitas enviaron mensajeros a Sijón, rey de los amoritas, pidiéndole autorización para cruzar su territorio, prometiendo que irían sólo por los caminos principales y no tocarían los pozos de agua.
La respuesta de Sijón fue marchar con su ejército contra los israelitas. La batalla tuvo lugar en Yahza, y el resultado fue un triunfo aplastante de los israelitas, que se posesionaron de todo el territorio de los amoritas, desde el río Arnón hasta el río Jaboc, que era la frontera con el reino de Amón. Moisés envió espías a la ciudad de Yazer, y cuando estos volvieron, los israelitas atacaron la ciudad, la conquistaron y expulsaron a los amoritas que vivían allí.
La siguiente batalla de los israelitas fue en Edrei, contra el ejército de Og, rey de Bashán. Los israelitas triunfaron nuevamente. El rey Og, sus hijos, y todo su ejército murió en la batalla. Los israelitas mataron a los sobrevivientes y se posesionaron del país.
Los israelitas continuaron avanzando y acamparon en la planicie de Moab, al este del río Jordán, a la altura de la ciudad de Jericó.
Balak, hijo de Zippor, era el rey de Moab. Su gran temor era que los israelitas, que acababan de derrotar a los amoritas, también derrotarían a Moab, porque los israelitas eran más numerosos. Hizo llamar al vidente Bilam que vivía en Aram, para que viniese y maldijese al pueblo de Israel. Bilam, hijo de Beor, tenía fama internacional por la efectividad de sus bendiciones y maldiciones. Dios le dijo a Bilam, en una visión, que no fuera con los emisarios de Balak, pero, tras la insistencia de los representantes de Balak, Dios le permitió ir con ellos. Bilam montó en su burra, y partió con los mensajeros. En el camino le salió al encuentro un ángel armado con una espada, que le dijo: "Anda con esos hombres, pero sólo expresarás las palabras que yo te diga."
Balak, el rey de Moab, fue al encuentro de Bilam, y le reprochó su renuencia a venir. Bilam le respondió que solo podría decir las palabras que Dios pusiese en su boca. Al día siguiente Balak subió con Bilam a una alta montaña desde donde se veía el campamento israelita. Sus hombres, siguiendo las instrucciones de Bilam, construyeron siete altares, y sacrificaron un toro y un carnero en cada uno de ellos. Cuando llegó el momento que Balak esperaba, Bilam, para su completa sorpresa, en vez de maldecir a Israel, lo bendijo.
Esta secuencia de eventos ocurrió dos veces más, una en la cima de Pisgah, y la otra en la cumbre de Peor. Balak, molesto y desilusionado, le ordenó a Bilam que retornase a su tierra natal. Las últimas palabras que Bilam le dijo a Balak fueron una profecía de que Israel, un día, triunfaría sobre Moab.
Los israelitas acamparon en Shittim, donde fueron seducidos por mujeres moabitas que los incitaron a participar en el culto erótico de su dios Baal-Peor. Dios, furioso, envió una epidemia que mató a más de 24,000 israelitas, y ordenó a Moisés que cuelgue a los líderes. Moisés dio instrucciones para matar a todos los hombres que habían participado en el culto a Baal-Peor. En ese momento, Zimri, hijo de Salu, de la tribu de Simeón introdujo en su tienda una mujer llamada Cozbi, hija de Zur, un príncipe midianita. Pinjas — hijo de Eleazar y nieto de Aarón — se indignó, tomó una jabalina, entro a la tienda y mató a la pareja. Este acto disipó la furia de Dios, quien recompensó a Pinjas, nombrando a él y a su descendencia sacerdotes para toda la posteridad.
Cuando la epidemia llegó a su fin, Dios ordenó a Moisés y al Sumo Sacerdote Eleazar que realicen un nuevo censo, y que cuenten cuantos hombres mayores de 20 años eran aptos para el servicio militar. El censo reveló que eran 601,730. Los levitas mayores de un mes, contados por separado, fueron 23,000
Las cinco hijas de un hombre llamado Zelopejad, de la tribu de Menashé, que había muerto en el desierto sin dejar hijos varones, hablaron con Moisés y Eleazar para reclamar la herencia de su padre. Moisés, luego de consultar con Dios, modificó la ley para permitir que una hija herede de su padre si este hubiera fallecido sin dejar hijos varones, con la condición de que la hija se case con un miembro de su mismo clan para asegurar que la herencia permanezca en la tribu.
Dios habló con Moisés, y le dijo: "Sube a las alturas de Abarim y contempla el país que he dado a los israelitas. Después de que lo hayas visto, partirás de este mundo para reunirte con tus antepasados, al igual que lo hizo tu hermano Aarón, ya que en el desierto de Zin, cuando el pueblo reclamó, ustedes me desobedecieron al sacar agua de la roca sin reconocer mi santidad."
"Qué el SEÑOR, fuente de toda la humanidad, nombre a alguien que esté a cargo del pueblo, que vaya delante de ellos, y los traiga de vuelta, para que la comunidad del SEÑOR no sea como un rebaño de ovejas sin pastor", le pidió Moisés a Dios.
"Toma a Josué, hijo de Nun, un hombre de gran espíritu, y pon tu mano sobre él. Haz que se presente ante el sacerdote Eleazar y ante toda la comunidad, y, en presencia de ellos, le entregarás el mando. Delégale ya algo de tu autoridad para que el pueblo lo obedezca. Debe presentarse ante el sacerdote Eleazar, quien, mediante el urim, revelará la decisión del SEÑOR", dijo Dios, Moisés hizo lo que Dios le ordenó.
"Antes de que te reúnas con tus antepasados debes vengarte de los midianitas por lo que hicieron a los israelitas", dijo Dios.
Moisés envió un ejército de 12,000 hombres, mil guerreros de cada tribu, para luchar contra los midianitas. Pinjas, el hijo del Sumo Sacerdote Eleazar, acompañó a las tropas llevando los utensilios del Santuario y las trompetas que darían la señal del ataque. Los israelitas atacaron el ejército de los midianitas, y mataron a todos los hombres, incluyendo a sus cinco reyes, y también al vidente Bilam, quien en vez de retornar a su país natal, había permanecido en la región con los midianitas, y les había aconsejado que la forma más efectiva para derrotar a los israelitas era volverlos inmorales y promiscuos. Ese consejo lo pagó con su vida cuando los israelitas derrotaron a los midianitas en la batalla. Las mujeres midianitas, los niños y el ganado fueron capturados y traídos al campamento de los israelitas.
Moisés, Eleazar, y los líderes de la comunidad, esperaban a los guerreros afuera del campamento. Cuando Moisés vio a las cautivas se puso furioso y reprendió a los comandantes del ejército por haber traído a las mujeres que habían seducido a los israelitas para que rindan culto al dios Baal-Peor. Inmediatamente ordenó que maten a los niños varones y  a todas las mujeres, exceptuando a las vírgenes.
Las tribus de Rubén y Gad deseaban establecerse en la ribera oriental del río Jordán, en las regiones de Yazer y Gilad, cuyos campos de pasto eran muy apropiados para su numeroso ganado. Fueron a hablar con Moisés y Eleazar, y les pidieron permiso para establecerse allí.
"¿Vuestros hermanos irán a la guerra mientras ustedes se quedan aquí? ¿Desean convencerlos de que no crucen a la tierra que el SEÑOR les ha dado? Eso es lo que hicieron vuestros padres cuando yo los envié de Kadesh-Barnea a explorar el país. Después de ir al valle de Eshcol y ver el país, regresaron y convencieron a los israelitas a que no invadan la tierra que el SEÑOR les ha dado. Esto causó el enojo del SEÑOR, quien juró que ninguno de los hombres mayores de veinte años que habían salido de Egipto verían la tierra que Él prometió dar a Abraham, Isaac y Jacob, por su falta de lealtad, con la excepción de Caleb, hijo de Yefuneh, el quenizita, y Josué, hijo de Nun. Durante cuarenta años Dios hizo ambular a los israelitas en el desierto hasta que murió toda la generación que había provocado la ira del SEÑOR. Y ahora ustedes, sarta de pecadores, hacen lo mismo que sus padres, para que nuevamente despierte la ira del SEÑOR contra Israel. Si ustedes le dan la espalda a Dios, él nuevamente los abandonará en el desierto, y ustedes serán la causa de la catástrofe del pueblo", les dijo Moisés.
"Construiremos corrales para nuestro ganado y pueblos para nuestros niños. Sin embargo tomaremos las armas y marcharemos al frente de los otros israelitas, hasta que ellos se hayan establecido. Mientras tanto, nuestros niños estarán en pueblos fortificados para protegerlos contra los habitantes del país. No retornaremos a nuestros hogares hasta que cada  uno de los  israelitas no se  haya  posesionado  de su porción.  No queremos compartir con ellos el territorio al otro lado del Jordán, porque ya hemos recibido nuestra porción en la ribera oriental del Jordán", dijeron los hombres de Rubén y Gad a Moisés.
"Si hacen lo que han dicho, cruzan el Jordán y toman parte en la batalla, hasta que el SEÑOR haya despojado a sus enemigos, y la tierra haya sido sometida, entonces ustedes podrán regresar a casa, pues habrán cumplido con su deber hacia el SEÑOR y hacia Israel, y la tierra será de ustedes. Pero si ustedes no cumplen con lo que han dicho, habrán pecado contra el SEÑOR, y no escaparán de su pecado. Construyan ciudades para sus hijos y corrales para su ganado, y hagan lo que han prometido", les dijo Moisés.
Dios le dijo a Moisés que el Sumo Sacerdote Eleazar y Josué, asistidos por un líder de cada una de las doce tribus, dividirían la tierra de Canaán entre las tribus. Cada tribu recibiría un territorio designado, excepto la tribu de Levi, que no recibiría territorio pero viviría de las ofrendas y sacrificios ofrecidos al SEÑOR.
Moisés escribió sus enseñanzas en un rollo de pergamino, y lo entregó a los levitas que cargaban el Arca de Dios, con instrucciones para que lo pongan al lado del Arca.
Ese mismo día, Dios le dijo a Moisés, "Asciende las alturas de Abarim al Monte Nebo, que está en la tierra de Moab, al otro lado del río de Jericó, y contempla la tierra de Canaán, que estoy otorgando a los israelitas. Morirás en el monte al cual has ascendido, y te reunirás con tus antepasados, al igual que tu hermano Aarón que murió en el Monte Hor, y fue reunido con sus antepasados, porque ustedes dos no tuvieron fe en mí en las aguas de Meribah Kadesh, en el desierto de Zin, no honraron mi santidad ante los israelitas. Podrás ver la tierra desde la distancia, pero no entrarás a ella, la tierra que estoy dando al pueblo de Israel.”
Moisés, antes de morir, bendijo al pueblo de Israel, con una bendición para cada tribu. Luego ascendió el Monte Nebo, a la cumbre del Monte Pisgah, frente a Jericó, y el SEÑOR le enseñó desde allí todo el país.
Moisés murió a la edad de ciento veinte años, en posesión de todas sus facultades físicas y mentales. Dios lo enterró en un valle en la tierra de Moab, cerca a Bet-Peor, en una tumba desconocida, y los israelitas guardaron luto por él durante treinta días.

 

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Enviado por Ester,
12/02/2011          Para leer el comentario...
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