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Articulo extra Biografia de Jose

Articulo extra Biografia de Jose
Biografia de Jose
José, (cuya historia se cree que transcurre en el siglo 17 A.E.C.) fue el primer hijo del patriarca Jacob y su amada esposa Raquel. Nació cuando su madre ya había perdido la esperanza de algún día tener un hijo. Le dio el nombre de José, que significa, “Que Dios me añade otro hijo” (Génesis 30:24).
José era hermano de padre y madre de Benjamín. Sus medios hermanos eran Yehudá, Isacar, Rubén, Levi, Simeón, y Zabulón, hijos de Lea Gad y Aser, hijos de Zilpa Dan y Naftalí, hijos de Bilha. Su media hermana era Dina, hija de Lea. 
Después del nacimiento de José, Jacob retornó con su familia a a la tierra de Canaán. Raquel murió allí, cuando daba a luz a su segundo hijo, a quien Jacob llamó Benjamín.
Jacob amaba a José más que a todos sus otros hijos, y cuando el muchacho cumplió diecisiete años, le regaló una bella túnica de muchos colores. Este regalo causó celos y envidia a sus hermanos.
La costumbre de José de ir al padre con cuentos sobre la mala conducta de sus hermanos también era motivo de resentimiento. Pero la razón principal de la cólera que sus hermanos le tenían eran sus sueños donde veía a sus hermanos y a sus padres inclinándose ante él. En vez de guardarlos para él, José se complacía en contarlos a sus hermanos.
Un día, Jacob envió a José a averiguar como estaban sus hermanos, que en ese momento estaban pastoreando sus ovejas en la zona de Shejem. En el camino un hombre le indicó a José que sus hermanos estaban ahora en Dotán, y se dirigió hacia allá.
Sus hermanos lo vieron venir desde lejos, y se dijeron, "Aquí viene el soñador. Matemoslo, y arrojemos su cuerpo a un pozo, y así podremos decir que un animal salvaje lo devoró. ¡Veremos entonces que pasa con sus sueños!"
Rubén, tratando de salvar a José de la cólera de sus hermanos, les dijo: "¡No derramen su sangre! Tírenlo en el pozo en el desierto, pero no le pongan la mano encima."
Los hermanos le arrancaron su túnica de muchos colores, y lo echaron en una cisterna que estaba vacía y seca. Luego, se sentaron a comer.
Vieron a la distancia que se acercaba una caravana de camellos. Cuando la caravana llegó a ellos, los hermanos vieron que eran ismaelitas llevando perfumes, bálsamo y mirra de Galaad a Egipto, acompañados por mercantes madianitas.
"¿Qué ganamos matando a nuestro hermano y ocultando su muerte? Es preferible, en vez de eliminarlo, que lo vendamos a los ismaelitas. Después de todo es nuestro propio hermano", dijo Yehudá.
A los otros hermanos les gustó la idea. Sacaron a José de la cisterna y lo vendieron a los ismaelitas por 20 piezas de plata. Los ismaelitas llevaron a José a Egipto, donde los mercaderas madianitas lo vendieron en el mercado de los esclavos.
Rubén, que había estado ausente durante la transacción con los ismaelitas, regresó a la cisterna y vio con horror que José no estaba allí. Rasgó sus vestimentas, fue adonde sus hermanos, y desesperado les dijo, "¡El muchacho no está! ¿Ahora qué voy a hacer?."
Los hermanos mataron un cabrito y mojaron la túnica de José con la sangre del animal. Llevaron esta "evidencia" a Jacob, y le dijeron, "Hemos encontrado esto. Examínalo por favor. ¿Es o no la túnica de tu hijo?"
"¡La túnica de mi hijo! ¡Una fiera salvaje lo ha devorado!" exclamó Jacob. Rasgó
Rasgó su ropa, se vistió de luto, e hizo duelo por su hijo. Sus hijos trataron de calmarlo, pero él no se dejaba consolar, sino que decía, "¡No! Guardaré luto por mi hijo hasta que descienda al sepulcro."
Los mercaderas madianitas vendieron a José a Potifar, un alto funcionario de la corte del Faraón , y capitán de su guardia. Potifar, muy pronto, descubrió que había hecho una excelente compra, porque José demostró, desde el primer día, ser eficiente, honesto y leal.
Potifar puso a José a cargo de su casa y de todas sus posesiones. Confió todo a José, y sólo se preocupaba por lo que quería comer.
La esposa de Potifar notó que José era un joven buen mozo, y un día, cuando su esposo se hallaba ausente, le pidió que se acueste con ella. José se negó, diciendo "Mi amo confía totalmente en mí. Todo lo que tiene lo ha puesto en mis manos. Yo tengo tanta autoridad en esta casa como él. No me ha negado nada excepto usted, que es su esposa. ¿Cómo puedo ya hacer esta maldad y pecar contra Dios?."
La mujer no se dio por vencida y siguió insistiendo, día tras día. Un día, cuando ninguno de los otros sirvientes estaba en la casa, la mujer lo agarró del manto y le dijo, "Acuéstate conmigo." José escapó de la habitación, dejando su manto en las manos de la mujer. Ella gritó a los sirvientes que viniesen de inmediato, y les dijo, "¡Miren! El hebreo que trajo mi esposo vino para burlarse de nosotros. Trató de violarme, pero yo grité con todas mis fuerzas. Cuando él escuchó mis gritos, se escapó dejando su manto aquí conmigo."
Cuando Potifar regresó ella le contó su versión de lo que había pasado. Potifar, enfurecido, hizo que a José lo encarcelen en la prisión donde estaban los presos del rey.
Afortunadamente para José, el jefe de la prisión le tuvo simpatía, y lo puso a cargo de todos los prisioneros. José se ganó su confianza, y el jefe de la prisión dejó todo en sus manos.
Dos altos funcionarios de la corte fueron traidos a la prisión, el mayordomo real y el panadero del rey, por haber ofendido al Faraón . El jefe de la prisión le pidió a José que trate a los dos hombres con deferencia especial.
Una noche los dos hombres tuvieron ambos extraños sueños que les causaron gran preocupación. En la mañana cuando José vino a saludarlos, notó que estaban cabizbajos y deprimidos. "¿Porqué están tan tristes?", les preguntó.
"Hemos tenido sueños, y no hay nadie que los pueda interpretar", le contestaron.
"Con seguridad que Dios los podrá interpretar. Cuéntenme sus sueños", dijo José.
"Soñé que frente a mí había una vid con tres ramas" – relató el mayordomo real – "que floreció y maduraron las uvas en los racimos. La copa del faraón estaba en mi mano. Tomé las uvas, las exprimí en la copa del Faraón , y le di la copa para que beba."
"La interpretación del sueño es la siguiente: Las tres ramas son tres días. Dentro de tres días el faraón te perdonará, y te reintegrará a tu posición. Volverás a poner la copa del faraón eu su mano, tal como lo hacías antes", dijo José, y añadió, "No me olvides cuando nuevamente estés en el palacio. Ten la bondad de mencionar mi caso al Faraón , para que me de saque de esta prisión. Me trajeron por la fuerza de la tierra de los hebreos. Yo no he hecho nada para que me tengan preso."
El panadero real, animado por la favorable interpretación del sueño del mayordomo, relató su sueño a José. "En mi sueño, yo tenía tres canastas sobre la cabeza, y en ellas estaban toda la repostería que le gusta al Faraón , pero las aves comían de la canasta."
"Esta es la interpretación: Las tres canastas son tres días. Dentro de tres días el faraón hará que te corten la cabeza, la cuelguen de un árbol y pajaros comerán tu cuerpo", dijo José.
Tres días más tarde el mayordomo retornó a su trabajo en el palacio, y el panadero fue decapitado. El mayordomo, una vez libre, se olvidó completamente de José y no lo mencionó al Faraón .
Una noche, dos años después, el faraón tuvo dos sueños que lo intrigaron y le preocuparon. En el primer sueño vió a tres vacas gordas y hermosas, que salían del río Nilo, seguidas por tres vacas flacas y feas, que se comieron a las vacas gordas. En el segundo sueño vió a siete espigas de trigo, sanas y grandes, creciendo de un solo tallo. Tras ellas brotaron siete espigas delgadas y quemadas, que se comieron a las espigas sanas.
En la mañana siguiente hizo llamar a todos los magos y sabios de Egipto, pero ninguno de ellos logró explicarle el significado de sus sueños.
El mayordomo real escuchó que el faraón quería que le interpreten un sueño, y le dijo, "Hace dos años, cuando el faraón estaba molesto conmigo y con el panadero real, nos envió a prisión. Ambos tuvimos sueños similares la misma noche. Un joven hebreo, sirviente del jefe de la prisión, interpretó nuestros sueños, y se cumplió lo que él dijo. Yo regresé a mi trabajo, y el panadero fue ejecutado."
El Faraón , de inmediato, dio orden de traer a José. Los guardias del rey lo sacaron apresuradamente de la prisión, lo hicieron afeitarse, le dieron nuevas vestimentas, y lo trajeron a presencia del Faraón .
"He tenido un sueño, pero nadie es capaz de interpretarlo. He escuchado que te basta escuchar el sueño para decir su significado", le dijo el faraón a José.
"No soy yo quien lo puede hacer, sino Dios quien asegurará el bienestar del Faraón ", contestó José.
El faraón le relató a José sus dos sueños, y José contestó: "Los dos sueños son uno solo. Dios le ha anunciado al faraón lo que hará. Las siete vacas gordas y las siete espigas sanas son siete años. Es el mismo sueño. Las siete vacas flacas y las espigas deleznables son siete años de hambruna. Tal como dije antes, Dios ha revelado al faraón lo que hará. Se avecinan siete años de abundantes cosechas en la tierra de Egipto, que serán seguidos por siete años de hambruna, que harán olvidar la anterior abundancia. El hecho de que el faraón lo soñó dos veces significa que muy pronto se realizarán. Por lo tanto, el faraón debe encontrar un hombre capaz y sabio, para que se haga cargo de la tierra de Egipto. El faraón debe nombrar supervisores e inspectores para asegurarse de que las cosechas de los años abundantes sean almacenadas apropiadamente en las ciudades para que haya reserva de alimentos durantes los siguientes siete años, para que la nación no muera de hambre."
El plan propuesto por José fue recibido con gran beneplácito por el Faraón . "¿Dónde podemos conseguir una persona así en quien está el espíritu de Dios?", preguntó el faraón a sus consejeros.
Y a José le dijo, "Ya que Dios te ha revelado todo esto, no hay nadie en mi reino más capaz y sabio que tú. Tú estarás a cargo de mi palacio, y dirigirás a la nación. Sólo yo seré superior a ti. Por lo tanto, te pongo a cargo de todo Egipto", y colocó su anillo en el dedo de José. Lo hizo vestir con ropas de fino lino, con una collar de oro, y le dio, para su uso personal, el segundo carruaje real, con guardias que correrían delante de él gritando, 'Abran paso'.
Trece años después de haber sido vendido como esclavo en Egipto, se volvió, a la edad de treinta años, el segundo hombre más poderoso del reino.
El faraón le dio a José el nombre egipcio de Zafenat-panea, y lo casó con Asenat, la hija de Potiferah, el sacerdote de On, con la cual, en el curso de los siguientes años, tuvo dos hijos. Al primogénito lo llamó Manasés, porque, según dijo, "Dios me ha hecho olvidar mis dificultades y mi hogar paternal. Al segundo hijo lo llamó Efraín, porque "Dios me ha hecho fecundo en esta tierra de mi aflicción."
El primer acto oficial de José fue dejar la corte del faraón y hacer un viaje de inspección en todo el país. Durante los siete años de abundancia, José almacenó en las ciudades grandes cantidades de granos de trigo.
Los siete años buenos terminaron y comenzaron los siete años de hambruna. En los países vecinos no había que comer, pero en Egipto, cuando los egipcios empezaron a sentir hambre pidieron al faraón que les diese comida. El faraón les respondió, "Hablen con José, y hagan lo que él les diga."
La hambruna cada vez era más fuerte y se extendió en toda la región. José abrió sus almacenes y vendió el grano a los egipcios y a los extranjeros que venían a Egipto a comprar granos.
La hambruna también afectó Canaán. Jacob escuchó que en Egipto vendían trigo, y le dijo a sus hijos, "¡Basta de mirarse unos a otros! He escuchado que en Egipto hay alimentos. Vayan allá y compren comida para que podamos vivir y no morirnos."
Todos los hermanos de José viajaron a Egipto, con excepción del joven Benjamín, porque su padre tenía miedo de que algo le pasase en el viaje. Al llegar a Egipto fueron llevados a presencia de José, quien personalmente estaba a cargo de la venta de los granos. Los hermanos postraron sus rostros en la tierra, sin reconocer en el poderoso ministro egipcio al muchacho que, veinte años antes, habían vendido a los ismaelitas.
José, por su parte, si los reconoció, y recordó vividamente el sueño donde sus hermanos y padres se inclinaban ante él. Decidió actuar como que no los conocía, y les preguntó, "¿De donde vienen?"
"De la tierra de Canaán, a comprar comida", contestaron los hermanos.
"¡Ustedes son espías! Han venido a investigar las zonas desprotegidas del país", acusó José.
"¡No señor! Realmente tus siervos han venido a comprar comida. Todos nosotros somos hijos del mismo hombre. Somos gente honesta. ¡Tus siervos nunca han sido espías!", protestaron los hermanos.
"No les creo. Usted han venido a espiar nuestros puntos vulnerables", contestó José.
"Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un hombre que vive en la tierra de Canaán. El menor se quedó con nuestro padre, y uno ya no está", dijeron los hermanos.
"Es exactamente como yo he dicho. ¡Ustedes son espías, y con esto lo vamos a comprobar! Si no traen al hermano menor a Egipto, juro por la vida del Faraón , que nunca saldrán de aquí. Uno de ustedes vaya y traiga al hermano, y los otros quedarán en la cárcel. Así sabré si ustedes dicen la verdad. ¡Si no, juro por la vida del Faraón , que ustedes son espías!, dijo José.
José los encerró en la cárcel durante tres días. En el tercer día les dijo, "Si hacen lo que les voy a decir, vivirán, porque yo soy un hombre temeroso de Dios. Si ustedes son personas honestas, que se quede uno de los hermanos en la cárcel, y los otros pueden irse llevando alimento para vuestras familias hambrientas. Pero deben traerme al hermano menor, para verificar que están diciendo la verdad, y así no morirán."
Los hermanos se dijeron uno al otro, "Estamos sufriendo las consecuencias de lo que hicimos a nuestro hermano, porque vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuvieramos compasión, y no le hicimos caso. Por eso nos está ocurriendo esta desgracia."
"¿No les dije que no hagan daño al muchacho? Pero ustedes no me hicieron caso, y ahora tenemos que pagar por su sangre", dijo Rubén.
Los hermanos no sospechaban que José entendía cada una de sus palabras, ya que había hablado con ellos por intermedio de un intérprete. José, al escuchar lo que decían, se fue a un lado y lloró. Luego volvió, tomó a Simeón y ordenó que lo ataran en presencia de ellos.
José ordenó a sus sirvientes que llenasen las bolsas de los hermanos con granos, y que secretamente coloquen de regreso en sus bolsas el dinero que habían traido. Los hermanos recibieron provisiones para el viaje, cargaron a sus asnos con el grano, y partieron de regreso a Canaán.
Esa noche descansaron en una posada. Uno de los hermanos abrió su bolsa para alimentar a su asno, y vio que allí estaba su dinero. "¡Me devolvieron el dinero! ¡Miren! Aquí está en mi bolsa", exclamó.
Los hermanos temblaron de miedo y se preguntaron uno al otro, "¿Qué es lo que Dios nos ha hecho?"
Al llegar a Canaán le contaron a Jacob todo lo que les había pasado. "El hombre que gobierna aquel país nos habló duramente y nos acusó de ser espías. Le explicamos que somos gente honesta, y que nunca hemos sido espías. Que somos doce hermanos del mismo padre, que uno ya no está, y que el menor se quedó con nuestro padre en Canaán. Pero el hombre que gobierna aquel país nos dijo que, para demostrar que somos honestos, debíamos dejar uno de nosotros con él, y el resto debería regresar a Canaán llevando provisiones para nuestras familias hambrientas. Nos exigió que regresemos a Egipto con nuestro hermano menor, y eso lo convencería de que no somos espías, dejaría en libertad a nuestro hermano y podría moverse libremente por todo el país." Los hermanos vaciaron sus bolsas y vieron con sorpresa y temor que en cada una de ellas estaba su dinero.
"¡Ustedes me están privando de mis hijos! José ya no está. Simeón ya no está, y ahora ustedes quieren llevarse también a Benjamín. ¡Estas cosas siempre me pasan a mí!", se quejó Jacob amargamente.
"Te permito que mates a mis dos hijos si no te traigo a Benjamín de regreso. Déjalo a mi cargo y yo te lo retornaré", dijo Rubén.
"Mi hijo no irá con ustedes. Su hermano ha muerto y sólo él me queda", dijo Jacob.
La hambruna era cada vez peor, y después de un tiempo ya no quedó más de los granos que los hermanos habían traido de Egipto.
"Vayan de nuevo a Egipto, y compren comida", les pidió Jacob.
"El hombre nos advirtió que no volveríamos a ver su cara si nuestro hermano no está con nosotros. Deja que nuestro hermano vaya con nosotros. Iremos allá y traeremos comida, pero si no le dejas ir, no iremos alla, poque el hombre nos dijo que no veríamos su cara si nuestro hermano no está con nosotros", le explicó Yehudá.
"¿Porqué me han hecho este mal diciéndole al hombre que ustedes tienen otro hermano?", preguntó Jacob desesperado.
"El hombre nos preguntó repetidamente acerca de nuestra familia, si nuestro padre vivía, y si teníamos otro hermano. Y le contestamos sus preguntas. ¿Cómo ibamos a saber que nos diría que traigamos a nuestro hermano a Egipto?", contestaron los hermanos.
"Pon al muchacho bajo mi cargo, y permítenos partir de una vez, para que vivamos y no muramos, tu, nosotros y nuestros hijos. Yo me hago responsable por él, y a mí me pedirás cuentas. Si no lo traigo de vuelta a tu presencia, me consideraré culpable ante ti para siempre", dijo Yehudá, y agregó impaciente, "Si no nos hubiéramos demorado tanto ya habríamos estados dos veces de ida y vuelta."
Jacob entendió que no había alternativa, y les dijo, "Ya que no hay más remedio, hagan lo siguiente: lleven en su equipaje los mejores productos del país como regalo para el hombre – algo de bálsamo y miel, perfumes, mirra, nueces y almendras. Lleven con ustedes una doble suma de dinero para devolver lo que estaba en sus bolsas, ya que probablemente se trata de un error. Lleven también a vuestro hermano, y vayan de una vez al hombre. Y que Dios Todopoderoso haga que el hombre tenga misericordia con ustedes, que deje en libertad al otro hermano y a Benjamín. Respecto a mí, si he de perder a mis hijos, pues los perderé."
Los hombres, acompañados de Benjamín, regresaron a Egipto llevando con ellos el dinero y los regalos. José vio que habían traido a Benjamín, y le dijo al mayordomo de su casa, "Lleva a estos hombre a mi casa. Mata a un animal y prepáralo, para que ellos almuerzen conmigo al mediodìa."
Los hermanos eran llevados a la mansión de José, donde el mayordomo los esperaba en la entrada. Temiendo que se trataba de una trampa para esclavizarlos como castigo por no haber pagado por el grano en su visita anterior, los hermanos le dijeron al mayordomo, "Disculpe señor. Nosotros ya hemos venido una vez antes para comprar comida. A nuestro regreso, cuando acampamos en la noche y abrimos nuestras bolsas, tuvimos la sorpresa de encontrar cada uno el dinero en la bolsa. Por lo tanto lo hemos traido de regreso. Y también hemos traido más dinero para comprar comida. ¡No tenemos idea de quien puso el dinero en nuestras bolsas!", dijeron los hermanos.
"Todo está bien. No se preocupen. Vuestro Dios, el Dios de vuestro padre, debe haber puesto ese tesore en las bolsas, ya que yo recibí el dinero que ustedes pagaron", contestó el mayordomo.
Los hombres ingresaron a la casa, donde les dieron agua para lavarse los pies del polvo del camino, y comida para sus asnos. Ellos prepararon los regalos que habían traido, y esperaron a José que llegó al mediodía. Le entregaron los regalos y se postraron al suelo frente a él.
"¿Cómo está vuestro padre, el anciano del que me hablaron? ¿Está bien de salud?", les preguntó José.
"Nuestro padre está muy bien de salud", le contestaron, y se inclinaron ante él.
José vio a Benjamín y les preguntó, "¿Es éste el joven hermano del que me hablaron? Que Dios te guarde, hijo mío."
José no pudo contener su emoción y se apresuró a ir a otra habitación donde rompió en llanto. Una vez que se calmó y lavó su cara, regresó al comedor. Los sirvientes habían preparado tres mesas una para José, otra para los hermanos, y la tercera para los egipcios que se encontraban presentes, ya que para ellos era repulsivo sentarse en la misma mesa con hebreos.
Los hermanos se quedaron pasmados al ver que los sitios que les habían designado en la mesa eran de acuerdo a sus edades, del mayor al menor. José les envió comida de su mesa, pero las porciones que Benjamín recibió eran cinco veces mayores que las que recibieron los otros hermanos. Todos ellos comieron, bebieron y disfrutaron del banquete.
Después que terminaron de comer, José se llevó a un lado a su mayordomo y le dijo, "Llena las bolsas de estos hombres con comida, tanto como puedan ellos cargar, y pon el dinero de cada uno en sus bolsas. Mete mi copa de plata en la bolsa del menor, junto con el dinero que pagó por los granos."
Al día siguiente, tan pronto amaneció, los hermanos de José y sus asnos fueron enviados de regreso. No estaban aún muy lejos de la ciudad cuando José le dijo a su mayordomo que vaya tras ellos, que los detenga, y que les acuse de robar la copa que José usaba para beber y adivinar.
El mayordomo partió de inmediato. Tan pronto alcanzó a los hermanos les recriminó, "¿Por qué retribuyen mal por bien? ¿Por qué han robado la copa de mi señor? Esa es una maldad."
Los hermanos, asombrados, contestaron, "¿Porqué mi señor dice tales cosas? Lejos sea de nosotros actuar en esa forma. Al contrario, hemos traido de regreso de Canaán el dinero que encontramos en nuestras bolsas. ¿Cómo se nos va a ocurrir robar plata u oro de la casa de su amo? Si usted encuentra la copa en poder de uno de nosotros, que muera el que la tenga, y los otros seremos esclavos de mi señor."
"Lo que ustedes proponen es correcto, pero sólo en quien encuentre yo la copa será mi esclavo. Los otros podrán irse en libertad", dijo el mayordomo.
Los hermanos, tan rápido como pudieron, bajar sus bolsas al suelo y las abrieron. El mayordomo revisó la bolsa de cada uno de los hombres, empezando por el mayor y terminando por el menor, Benjamín, en cuya bolsa encontró la copa. Los hermanos, horrorizados, rasgaron su vestimenta en señal de duelo, y, luego de volver a cargar sus asnos, fueron llevados de regreso a la ciudad, a la casa de José, quien aún se encontraba allí. Al ver a José los hermanos se postraron en la tierra.
"¿Qué es lo que han hecho? ¿Acaso no saben que yo practico la divinación?", dijo José.
"No sabemos qué decirle, mi señor. ¿Cómo podemos probarle nuestra inocencia? Dios ha puesto la descubierto la maldad de vuestros siervos. Aquí estamos, somos sus esclavos, tanto el que tenía la copa como nosotros", dijo Yehudá.
"¡Lejos esté de mí que yo actúe así! Solamente el que tenía la copa será mi esclavo. El resto de ustedes pueden regresar en paz a vuestro padre", contestó José.
Yehudá se acercó a José, y dijo, "Ruego a mi señor que me permita hablarle, y que tenga usted paciencia con su siervo, usted que es igual al Faraón . Mi señor preguntó a sus siervos si teníamos un padre o algún otro hermano. Le contestamos que teníamos un padre anciano y un hijo que tuvo en la vejez, el menor de todos. Su padre lo adora él es el único que le queda de la misma esposa, ya que el otro murió. Entonces, usted le dijo a sus siervos que fuesemos a traerlo para que usted lo viese con sus propios ojos. Nosotros el dijimos a mi señor que el muchacho no podía dejar a su padre, porque si lo dejaba su padre moriría, pero usted dijo a sus siervos que, si nuestro hermano menor no venía con nosotros a Egipto, él no nos recibiría. Cuando regresamos a nuestro padre le contamos las palabras de mi señor. Tiempo después nuestro padre nos dijo que regresemos a Egipto para comprar comida. Le contestamos que no podíamos ir si no llevabamos a nuestro hermano menor con nosotros. Mi padre, vuestro siervo, nos dijo que su esposa le había dos hijos, uno ya no está pues fue devorado por una fiera, y no lo ha vuelto a ver, pero si nos llevamos también al otro y le sucede una desgracia, su blanca cabeza, por la tristeza, bajaría al sepulcro. Si regresamos a mi padre y el muchacho no está con nosotros – su vida está tan ligada con la de él – que morirá y nosotros seremos culpables de que se muera de tristeza. Vuestro siervo se ha responsabilizado por el muchacho diciéndole a mi padre si que no se lo traigo de vuelto seré culpable ante mi padre para siempre. Por lo tanto, ruego que su siervo quede como esclavo en vez del muchacho, y que mi señor le permite regresar con sus hermanos. ¿Cómo podría yo regresar a mi padre si el muchacho no está conmigo? ¡No quiero ser testigo de la desgracia que le ocurrirá a mi padre!"
José ya no se pudo controlar, y pidió a todos sus sirvientes que saliesen de la habitación y lo dejasen solo con los hombres. Sus sollozos eran tan fuertes que los egipcios los escucharon en las habitaciones vecinas, y la noticia llegó hasta el palacio del Faraón .
"¡Soy José! ¿Vive todavía mi padre?", dijo José tan pronto pudo calmarse algo y hablar.
Los hermanos lo miraron en silencio, pasmados, sin poderle contestar. "¡Acérquense!", les dijo José, y así lo hicieron.
"Yo soy vuestro hermano José, a quien ustedes vendieron a Egipto. No se aflijan ni se hagan reproches por haberme vendido, porqué fue Dios, para salvar vidas, el que me envió delante de ustedes. Ya son dos años que hay hambruna en la región, y todavía habrán cinco años más sin cosechas. Dios me envió delante de ustedes para asegurar que sobreviviesen y para salvar sus vidas en una forma extraordinaria. No fueron ustedes quienes me enviaron a Egipto sino Dios. Es él quien me hizo asesor del Faraón , jefe de su casa, y gobernador de todo Egipto. Y ahora, apresurense, y vuelvan a mi padre, y díganle que, así dice tu hijo José, Dios me ha hecho señor de todo Egipto. Ven aquí sin demora. Vivirás en la región de Gosén, donde estarás cerca de mi, tú, tus hijos y tus nietos, tus rebaños y tus vacas. Allí yo les proveeré de alimentos, pues aún quedan cinco años de hambruna por llegar, para que a ustedes no les falte nada. Ustedes, y mi hermano Benjamín, son testigos de que ciertamente soy yo  el que les está hablando. Ustedes deben contar a mi padre de mi alta posición en Egipto, y de todo lo que ustedes han visto. ¡Traigan a mi padre lo más rápido posible!." Terminando de decir estas palabras, José abrazó a Benjamín y ambos lloraron. Luego, con lágrimas en el rostro, besó a todos sus hermanos.
El faraón se alegró mucho al escuchar estas noticias, y le dijo a José, "Diles a tus hermanos que carguen sus asnos y que vayan de inmediato a Canaán. Que me traigan a su padre y a sus familias. Yo les daré lo mejor de Egipto y comerán de la abundancia del país. Y puedes también decirles que se lleven de aquí carros para sus mujeres y niños, y para vuestro padre. Que no se preocupen por las cosas que tengan que dejar, ya que todo lo mejor de Egipto será para ustedes."
José le dio a sus hermanos carros y provisiones para el viaje. A cada uno de ellos le dio una muda de ropa nueva, pero a Benjamín le dio cinco mudas y trescientas piezas de plata. A su padre le envio diez asnos machos cargados con los mejores artículos de Egipto, y diez asnos hembras cargadas con grano, pan y provisiones para su padre durante el viaje. Se despidió de sus hermanos pidiéndoles que no se peleen entre ellos.
Los hermanos regresaron a Canaán y le dijeron a Jacob, "José vive, y es el gobernador de todo Egipto."
Jacob no podía creer lo que escuchaba, pero cuando vio los carros que José había enviado, exclamó, ¡Mi hijo José vive! ¡Debo ir de inmediato para verlo antes de morir!"
Los hermanos subieron a su padre Jacob, a sus hijos y a sus esposas en los vagones, y, acompañados de sus rebaños y de sus pertenencias, viajaron a Egipto. En el camino pararon en Beersheba, donde Jacob ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac.
Esa noche Dios le habló a Jacob en una visión. "Soy Dios, el Dios de tu padre. No tengas temor en ir a Egipto. Yo haré allí de ti una gran nación. Yo mismo iré contigo a Egipto y yo mismo te traeré de regreso. José será quien cerrará tus ojos."
El número de israelitas que emigraron a Egipto fue setenta. Ese número incluye a Jacob, José y a los dos hijos de José que nacieron  en Egipto, pero no incluye a las esposas de los hijos de Jacob.
Jacob y su familia llegaron a Gosén, y José fue en su carruaje a darles la bienvenida. Saludó a su padre, lo abrazó y lloró largamente.
"Ahora que he visto que vives ya puedo morir", le dijo Jacob.
José le dijo a sus hermanos, "Iré a darle las noticias al Faraón , y le diré, las familias de mis hermanos y de mi padre, que vivían en la tierra de Canaán, han venido a quedarse conmigo. Los hombres son pastores de ganado, y han traido con ellos sus rebaños y su ganado, y todas sus pertenencias. Por lo tanto, cuando el faraón les pregunta en que se ocupan ustedes, contéstenle que ustedes crían ganado, al igual que lo hacían sus antepasados. Así podrán establecerse en la región de Gosén, porque los egipcios detestan el oficio de pastor."
José fue al faraón con cinco de sus hermanos, y la conversación se desarrolló exactamente como José lo había predicho. El faraón les autorizó a radicarse en Gosén. Luego, José le presentó su padre al Faraón .
"¿Cuántos años tienes?", le preguntó el faraón a Jacob.
"Tengo ciento treinta años. Los años de mis peregrinajes han sido pocos y difíciles, y no comparan con los años de peregrinajes de mis antepasados", contestó Jacob. Bendijo al Faraón , y se retiró de su presencia.
José estableció a su familia en la región de Rames, tal como lo había ordenado el Faraón , y se preocupó de que a todos se les dieran suministros de alimentos.
Durante el siguiente año los egipcios gastaron todo su dinero comprándole alimentos a José. Fueron a hablar con José y le pidieron que les de comer, que no querían morir por no tener más dinero. José les dijo que le traigan sus ganados, y, a cambio de ellos, les daría alimentos.
Al año siguiente, sin dinero y sin ganado, los egipcios fueron de nuevo a hablar con José para pedirle comida. José les dio lo que pedían a cambio de todos sus terrenos y propiedades. De esta forma el faraón se hizo dueño de todos los terrenos de Egipto, (con excepción de los terrenos de los sacerdotes, a quien el faraón daba una porción de alimentos), y los egipcios se volvieron esclavos del Faraón .
José entregó semillas a los egipcios para que siembren la tierra, con la condición de que debían entregar al faraón la quinta parte de su cosecha, disposición que continuó en Egipto durante siglos.
Diecisiete años después de llegar a Egipto, Jacob, sintiendo que el día de su muerte se acercaba, llamó a José y le hizo prometer que no lo enterrasen en Egipto, sino en la cueva de Macpela donde estaban enterrados su padre Isaac y su abuelo Abraham. José le juró que así lo haría.
Poco tiempo después, José fue informado de que su padre estaba gravemente enfermo, y fue a verlo, llevando con él a sus dos hijos, Manasés y Efraín, para que Jacob los bendiga.
Jacob, al ver a José, hizo un gran esfuerzo y logró sentarse en la cama. "Adopto a tus dos hijos como si fuesen míos", le dijo Jacob, y, al ver a los muchachos, preguntó, "¿Y estos chicos, quienes son?"
"Estos son los hijos que Dios me ha dado aquí", contestó José. Los acercó a la cama de su padre, y Jacob los abrazó y besó.
"Nunca esperé volver a verte, y, he aquí, Dios me ha concedido ver también a tus hijos", dijo Jacob.
José colocó a Manasés, su hijo primogénito, en el lado derecho de Jacob, y a Efraín en el lado izquierdo. Jacob, cruzando los brazos, puso su mano izquierda sobre Manasés, y su mano derecha sobre Efraín.
"No, no, padre", protestó José, "el otro es el primogénito. Pon tu mano derecha sobre su cabeza", y trató de mover la mano de Jacob de la cabeza de Efraín para colocarla sobre la cabeza de Manasés.
"Lo sé, mi hijo, lo sé. Él también será el antecesor de un pueblo, y también será grande. Pero su hermano menor será más grande que él, y muchas naciones serán su descendencia", dijo Jacob, y bendijo a los dos muchachos.
Jacob, en su lecho de muerte, llamó a sus hijos para bendecirlos y predecirles su futuro. Acerca de José dijo, "José es un retoño fértil junto a un manantial."
Las últimas palabras de Jacob fueron para pedirle a sus hijos que lo entierren en la cueva de Macpela, al lado de Abraham, Isaac, Rebeca y Lea. Tan pronto terminó de expresar ese deseo falleció. José abrazó el cuerpo de su padre, lloró sobre él y lo besó.
Jacob murió a la edad de 147 años. José ordenó a los médicos egipcios que lo embalsamen, un proceso que demoró cuarenta días. Después de los setenta días de duelo, el faraón le dio permiso a José para llevar el cuerpo de su padre a Canaán y enterrarlo allí.
El feretro de Jacob  fue acompañado en su último viaje por sus hijos, nietos y rebaños. Todos los funcionarios del faraón y miembros de su corte, carros de guerra y jinetes fueron ellos. Antes de cruzar el río Jordán la procesión funeral se detuvo y y guardaron luto durante siete días. Luego, los hijos de Jacob llevaron el cuerpo de su padre a Canaán y lo enterraron en la cueva de Macpela.
Después de enterrar a su padre, José y sus hermanos retornaron a Egipto con todos los acompañantes. Los hermanos de José temían que, ahora que Jacob había fallecido, José se vengaría de ellos por el mal que le habían hecho. Enviaron un mensaje a José diciéndole que Jacob, antes de morir, les había dicho que pidan a José que los perdone. Los hermanos se presentaron antes José, se postraron en el suelo, y le dijeron que estaban dispuestos a ser sus esclavos.
"¡No tengan miedo! ¿Acaso puedo yo tomar el lugar de Dios? A pesar de que ustedes intentaron hacerme mal, Dios transformó ese mal en bien, para lograr el resultado que hoy vemos, la supervivencia de mucha gente. Por lo tanto, no teman. Yo cuidaré de ustedes y de vuestros hijos", dijo José.
José vivió una larga vida y llegó a ver a los nietos de sus hijos. Antes de morir pidió a sus hermanos que llevaran sus huesos a Canaán. Murió a la edad de ciento diez años, fue embalsamado y colocado en un ataud.
Muchas generaciones después, los israelitas salieron de Egipto guiados por Moisés, y se llevaron con ellos los huesos de José, que sepultaron en Shejem, en un terreno que Jacob, su padre, había comprado a los hijos de Jamor por cien piezas de plata.

 

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