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Biografia biblica: Joab, comandante del ejercito de David

Biografia biblica: Joab, comandante del ejercito del rey David
Joab 

Siglo 10 A.E.C. Joab, el comandante del ejército del rey David, era un hombre de muchas facetas contradictorias. Era un valiente y leal militar, y también un asesino despiadado y sin escrúpulos. Aunque su lealtad al rey era absoluta, no tenía reparos en manipularlo o hablarle en forma franca y brutal cuando lo consideraba necesario. Si consideraba que una orden de David era equivocada, y que sus acciones beneficiarían la causa de David, no dudaba en desobedecer al rey,  como ocurrió cuando mató al príncipe Absalón, en contra de la orden públicamente expresada por el rey.
David, públicamente, desaprobaba los asesinatos de Joab, pero nunca lo castigó, posiblemente debido a que se beneficiaba de ellos. Ante los ojos del pueblo Joab era el único responsable de los actos criminales, y a David lo consideraban inocente de toda culpa.
Joab era sobrino del rey David, uno de los tres hijos de su hermana Zeruiah. Sus hermanos eran Abisai, uno de los principales comandantes del ejército, y Asael, un soldado aguerrido.
Joab y su ejército, en el cual servían sus hermanos Abisai y Asael, se enfrentaron, cerca al estanque de Gabaón, a las fuerzas de Ish-boshet, el hijo de Saúl, comandadas por Abner.
Abner le propuso a Joab que doce hombres de cada lado luchasen a muerte. Después de que los veinticuatro hombres se mataron mutuamente, estalló la batalla entre los dos ejércitos. El ejército de Abner fue derrotado, y Abner escapó corriendo, seguido de cerca por Asael. Abner le rogó que desista de la persecución, ya que, si se vería forzado a matarlo, no podría volver a mirar a Joab en la cara. Asael no hizo caso a las palabras de Abner y continuó corriendo tras él, cada vez más cerca. Abner empujó hacia atrás su lanza y lo mató.
Joab y su hermano Abisai continuaron persiguiendo a los soldados enemigos que huían. Los hombres de Abner llegaron a una colina y subieron a ella, tras su comandante. Desde la cumbre de la colina, Abner le gritó a Joab que de fin al derramamiento de sangre. Joab accedió a cesar la lucha, y permitió que Abner y sus soldados sobrevivientes se retirasen al otro lado del río Jordán. Joab sepultó a su hermano Asael en la tumba de su padre, en Belén, y retornó con el ejército a Hebrón.
Ish-boshet acusó a Abner de haber hecho el amor a Rizpah, quien había sido una de las concubinas del rey Saúl, al cual le había dado varios hijos. Abner, enfurecido por la acusación, y por lo que él consideraba ingratitud de Ish-boshet, decidió transferir su lealtad a David. David, antes de recibirlo, le impuso la condición de que le traiga a su ex-esposa Mijal, la hija de Saúl, quien la había dado en matrimonio a Paltiel. Abner, sin mostrar compasión al pobre Paltiel que amaba a Mijal, e indiferente a las lágrimas que este derramaba, cumplió con el pedido de David.
Abner habló a los ancianos de Israel y a la tribu de Benjamín, a la cual el rey Saúl había pertenecido, a favor de David. Luego, se presentó en Hebrón, acompañado por veinte hombres. David lo recibió con gran ceremonia y un suntuoso banquete. Los dos hombres llegaron a un acuerdo, y Abner prometió que haría todo lo que le fuese posible para que la nación entera se uniese tras David.
Joab, quien había estado ausente en el frente de batalla, escuchó, a su regreso en Hebrón, que Abner había venido a la ciudad para conferenciar con el rey. De inmediato fue a hablar con David y le advirtió que, en su opinión, el verdadero propósito de la visita de Abner era espiar.
Joab indujo a Abner a regresar a Hebrón, y, en la entrada de la ciudad, lo asesinó para vengar la muerte de su hermano Asael, a quien Abner había matado en la batalla de Gabaón.
Estremecido, aparentemente, por el asesinato a traición de Abner, David lo enterró en Hebrón con todos los honores. Durante el funeral dio un discurso elogiándolo y guardó luto por él, lo cual impresionó a todo el pueblo. David maldijo publicamente a Joab y a su familia, pero no lo castigó, posiblemente por que la muerte de Abner era muy conveniente para lograr su ambición de reinar sobre las doce tribus. Muchos años después, cuando se encontraba en su lecho de muerte, David dio instrucciones a su hijo Salomón para que hiciera matar a Joab en castigo por haber asesinado a Abner y a Amasa, aunque es interesante notar que no lo castigó por la muerte de Absalón, cometida por Joab contra las órdenes expresadas públicamente por David.
La muerte de Abner debilitó la posición de Ish-boshet, quien, poco tiempo después, fue asesinado por dos de sus oficiales. Los ancianos de Israel vinieron a Hebrón y ungieron a David rey sobre todas las tribus de Israel.
David, luego de reinar en Hebrón durante siete años, decidió conquistar la ciudad de Jerusalém, que estaba en manos de los jebusitas. La fortaleza era inexpugnable, y los jebusitas se jactaban de que les bastaban ciegos y cojos para defenderla. David anunció que el primer soldado que matase a un jebusita sería nombrado comandante del ejército. Joab se encaramó por el conducto que llevaba agua a la ciudad, abrió las puertas, y la ciudad fue capturada.
David le dio a la fortaleza el nombre de Ciudad de David, y reconstruyó la zona aledaña. Joab reparó el resto de la ciudad. David nombró a Joab comandante del ejército en recompensa por sus actos de valor durante la conquista de Jerusalén, y a Benaías, quien años más tarde ejecutaría a Joab por orden de Salomón, lo puso a cargo de las fuerzas mercenarias.
El rey de Amón, quien siempre había mostrado amistad a David, falleció. David envió embajadores para expresar su condolencia. El nuevo rey, convencido por sus consejeros de que los embajadores eran en realidad espías, los humilló afeitándoles la barba de una mitad de la cara, y cortándoles la ropa para dejarles las nalgas al descubierto. Luego los expulsó de su país.
David envió a Joab con el ejército para vengar la humillación. Los amonitas contrataron mercenarios arameos para defenderse contra el ejército israelita, pero fueron derrotados.
Una noche cálida, mientras Joab y el ejército sitiaban Rabba, la capital de Amón, el rey David, que había permanecido en Jerusalén, vio desde la terraza de su palacio a una bella mujer, bañandose en el techo de una casa vecina. Averiguó que era Bathsheba, la esposa de Uria, un oficial del ejército, que estaba en el campo de batalla. La hizo traer al palacio, se acostó con ella, y luego la envió de regreso a su casa. Poco tiempo después, Bathsheba le hizo saber que había quedado encinta. El rey decidió evitar el escándalo haciendo que Uriah de inmediato regresase a Jerusalém, con el pretexto de traer un informe de Joab sobre la campaña militar. La verdadera razón era para darle oportunidad a Uria de pasar la noche con su esposa, y, así, hacer creer que el hijo que Bathsheba llevaba en el vientre era de su esposo y no del rey. 
Luego de recibir el informe de Uria, el rey le dijo que fuese a su casa a descansar. Uria le contestó que no podía descansar cómodamente en su casa ni acostarse con su esposa mientras que sus soldados estaban en el campo, durmiendo en tiendas sobre la dura tierra. Esa noche, y también la siguiente, Uria durmió en la entrada del palacio, al lado de los guardas.
David llegó a la conclusión de que la única forma de resolver el problema y evitar un escándalo incómodo era hacer que Urías muera. La siguiente mañana David escribió una nota a Joab que decía "Coloca a Urías en el frente, donde la lucha sea más intensa, y haz que todos los otros soldados se retiren para que él sea muerto por los enemigos." Selló la carta y se la dio a Uria para que la entregue a Joab.
Joab envió a Uria y a varios otros soldados a luchar cerca a los muros de la ciudad sitiada. Los defensores salieron y mataron a varios de los guerreros israelitas, entre ellos a Uria.
Joab envio un mensajero al rey para informarle de la batalla y de los caídos. Advirtió al mensajero que el rey, al escuchar que habían muerto varios soldados, se pondría furioso y preguntaría "¿Porqué se arriesgaron a luchar tan cerca de las murallas de la ciudad?." Y en ese caso el mensajero debería responder "Tu siervo Urías, el hitita, fue uno de los que murieron." 
La conversación entre el mensajero y David se desarrolló exactamente como lo había predicho Joab. David, al escuchar que Urías había muerto, suspiró aliviado, y dijo "Dale este mensaje a Joab: 'No tengas pesar por lo que ha pasado. La espada siempre cobra víctimas. Ataca con fuerza la ciudad y destrúyela'. ¡Y tú, aliéntalo!."
El rey David se casó con Bathsheba tan pronto ella terminó su período de duelo, pero el bebe que, pocos meses después, dio a luz, enfermó y murió.
Joab, luego de capturar las fuentes de agua de Rabbah, pidió a David que viniese a hacerse cargo del sitio de la ciudad, para que la gloria de conquistar la capital de los amonitas fuese del rey, y no de Joab.
Algún tiempo más tarde, Absalón, el hijo favorito de David, luego de hacer matar a su medio hermano Amnón en venganza por haber violado a su hermana Tamar, escapó al reino vecino de Gesur, cuyo rey era su pariente por el lado materno. Tres años más tarde, Joab notó que David, aunque no permitía que su hijo retorne a Jerusalén, sufría por su ausencia.
Joab organizó una charada para convencer al rey de que permita el regreso de Absalón. Habló con una mujer del pueblo de Tecoa, le dijo que pida una audiencia con el rey, y le dio instrucciones detalladas sobre lo que debía decir. La mujer, vestida de luto, fue recibida por David en el palacio. Le contó al rey que ella era viuda con dos hijos. Los jóvenes habían tenido una pelea terrible a consecuencias de la cual uno había matado al otro. El asesino, el único miembro sobreviviente de su familia, había sido condenado a muerte por su clan. La mujer le rogó al rey David que salve la vida del hijo que le quedaba.
David, afectado por el relato de la mujer, le dijo que haría lo que ella le pedía. La mujer le pidió permiso para decirle unas cuantas palabras más.
"Habla", le dijo el rey.
"Su Majestad se condena a si mismo si no permite el retorno de su hijo exilado", dijo la mujer.
David sospechó de inmediato que la mujer no le hablaba por iniciativa propia, y le preguntó "Dime, ¿es Joab el que está detrás de esto?"
La mujer admitió que era cierto. David cedió, y dio permiso a Joab a ir a Gesur y retornar con Absalón. Joab volvió con el joven, pero el rey se negó a verlo.
Pasaron dos años y Absalón decidió que ya era tiempo que su padre lo recibiese. La mejor forma para reconciliarse con su padre era si Joab, el más cercano colaborador de David, abogase por él ante el rey.
Absalón mandó llamar a Joab, pero éste se negó a venir. Lo hizo llamar una segunda vez, nuevamente sin resultado. Absalón, entonces, optó por ordenar a sus sirvientes que incendiasen los campos de Joab.
Esta drástica medida tuvo el resultado esperado. Joab, de inmediato, fue a la casa de Absalón, e, indignado, le preguntó porque había ordenado quemar sus campos.
"Era la única forma de conseguir que vengas. Quiero que vayas a hablar con el rey y le preguntes por mi, ¿Para que regresé de Gesur? Estaría mejor si me hubiese quedado allí. ¡Quiero comparecer frente al rey, y si me encuentra culpable de lo que sea, que me haga matar!"   
Joab fue al palacio de David y lo convenció a que reciba a su hijo. Absalón vino al palacio, fue llevado a presencia del rey y se postró ante él. David, al ver a su hijo, lo recibió con mucho cariño y lo besó.
Absalón, de inmediato, aprovechó la reconciliación con su padre para aumentar su popularidad con el pueblo, y preparar las bases de una rebelión. Cuando juzgó que el momento era oportuno, fue a Hebrón y se proclamó allí rey.
David, viendo que el pueblo apoyaba a Absalón, huyó de Jerusalém con un grupo de acompañantes, dejando a diez concubinas a cargo del palacio real
Absalón entró a Jerusalém con su ejército y se posesionó del palacio. Ajitofel, su más sabio consejero, le pidió autorización para salir de inmediato, con un ejército de doce mil hombres, en persecución de David, tomando ventaja del hecho que el rey estaría cansado y sin fuerzas. Husay, otro consejero, que, secretamente, estaba de parte de David, logró convencer a Absalón a que postergue la persecución hasta reunir un ejército más numeroso. Esta demora le dio tiempo a David para cruzar al otro lado del río Jordán, reagrupar sus tropas, y organizar su ejército en tres divisiones, una al mando de Joab, la segunda bajo Abisai, hermano de Joab, y la tercera bajo el comando de Ittai el gitita. El rey, en presencia de todo el ejército, pidió a los tres comandantes que respetasen la vida de su hijo Absalón.
La batalla entre los dos ejércitos tuvo lugar en los bosques de Efraín. El ejército de David derrotó a los rebeldes y les infligió más de veinte mil bajas. Absalón escapó montado en una mula, pero su larga cabellera se enredó en las ramas de un grueso árbol y Absalón quedó colgando en el aire mientras la mula siguió su camino.
Uno de los soldados vio lo que había pasado y le dijo a Joab: "Acabo de ver a Absalón colgado de un árbol."
"¿Lo viste y no lo mataste en el momento? Yo te hubiera recompensado con diez monedas de plata y un cinturón", exclamó Joab.
"Aún si tuviera mil monedas de plata en mis manos, yo no levantaría mi mano contra el hijo del rey, porque todos nosotros escuchamos que el rey les pidió a ustedes, los comandantes, que no toquen al joven Absalón. Yo me habría traicionado a mi mismo – al rey nada se le esconde – y tú mismo estarías en mi contra", dijo el soldado.
"No te rogaré", dijo Joab. Tomó tres dardos en la mano y se los incrustó a Absalón en el pecho. Diez de sus guardaespaldas se acercaron y terminaron de rematar a Absalón, hasta que murió.
Ahimaas, el hijo del sacerdote Sadoc, le pidió a Joab permiso para correr al rey e informarle del resultado de la batalla. "Hoy no le llevarás las noticias. Se las llevarás algún otro día. Hoy no porque el hijo del rey ha muerto", le contestó Joab.
Dirigiéndose a Cusi, otro soldado, Joab le dijo, "Corre, y di al rey lo que has visto."
Cusi le hizo una reverencia y salió corriendo. Ahimaas insistió, "Déjame también a mi correr al rey."
"¿Porqué vas a correr, mi hijo, si no tienes buenas noticias que darle?" preguntó Joab.
"De todos modos correré", contestó Ahimaas.
"Corre entonces", dijo Joab, y Ahimaas corrió velozmente, y se adelantó a Cusi.
David estaba sentado entre la puerta exterior e interior de la ciudad. El soldado que se encontraba en el puesto de observación, sobre las puertas de la ciudad, vio a un hombre acercándose a toda carrera, y lo informó a David.
"Si es un solo hombre, trae noticias", dijo David.
"Hay otro hombre que corre tras él", anunció el observador desde la atalaya.
"Ese también trae noticias", dijo el rey.
"El que viene adelante es Ahimaas, el hijo del sacerdote", dijo el observador.
"Ahimaas es un buen hombre, y seguro que trae buenas noticias", dijo el rey.
Ahimaas llegó hasta el rey, se inclinó frente a él y le dijo "Bendito sea el SEÑOR, tu Dios, que nos ha salvado de los que han levantado la mano contra mi señor, el rey."
"¿Mi hijo Absalón está a salvo?, preguntó el rey.
"Vi una gran muchedumbre cuando Joab me enviaba a Su Majestad, pero no sé de que se trataba", dijo Ahimaas, evadiendo contestar la pregunta.
"Parate a un lado", le dijo el rey.
Cusi arribó y dijo "Que mi señor el rey sepa que hoy Dios ha defendido su causa contra todos los que se rebelaron."
"¿Mi hijo Absalón está a salvo?, le preguntó el rey.
"Qué todos los enemigos de mi señor el rey y todos los que se alzen contra él tengan el mismo fin que aquel joven", respondió Cusi.
El rey empezó a temblar. Subió a sus aposentos que se hallaban sobre las puertas de la ciudad, y lloró, repitiendo una y otra vez, "¡Mi hijo Absalón, mi hijo Absalón! Que yo no diera por haber muerto en vez de ti. ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!"
Las tropas escucharon que el rey lloraba la muerte de su hijo, y la alegría por la victoria se tornó en lamentación y duelo.
Joab fue a ver al rey y le dijo con brutal franqueza, "Hoy has humillado a todos los soldados que en este día te han salvado la vida, y la vida de tus hijos e hijas, de tus esposas y concubinas, porque has demostrado amor a los que te odiaban y odio a los que te aman. Claramente has dado a entender que no te importan los oficiales y los soldados de tu ejército. Estoy seguro que si Absalón viviese hoy y todos nosotros hubiésemos muerto, tú lo habrías preferido. Levántate, sal y apacigua a tus seguidores. ¡Te juro por Dios que si no sales ahora, ni un solo soldado quedará contigo esta noche, y eso sería para ti el peor desastre que habrás tenido desde tu mocedad hasta ahora!"
El rey se levantó y fue a las puertas de la ciudad, y las tropas lo rodearon y vitorearon.
Poco tiempo después, David nombró a Amasa, el oficial que había comandado el ejército de Absalón, comandante general del ejército reemplazando a Joab. El propósito de David fue conseguir, con ese generoso nombramiento, una reconciliación nacional, pero lo que realmente logró fue el equivalente de haber firmado la pena de muerte de Amasa. Joab, celoso de su puesto en el ejército, esperó implacable que la oportunidad se le presentase para matar a Amasa.
David regresó a Jerusalén, pero no pudo descansar. Tan pronto llegó a la capital cuando tuvo noticias de otra rebelión, más peligrosa aún que la de Absalón. Seba, hijo de Bijri, de la tribu de Benjamín, se rebeló contra el rey, con el apoyo de todas las tribus exceptuando la de Yehudá.
David le pidió a Amasa, su nuevo comandante general, que organice un ejército en tres días. Al final de ese plazo, al ver que Amasa no había podido cumplir con sus instrucciones, el rey envió a Abisai a perseguir a los rebeldes. Amasa lo siguió y dio alcance a Abisai y a Joab cerca a Gabaón.
"¿Cómo estás hermano?" le preguntó Joab a Amasa. Mientras hablaba, le agarró la barba con la mano derecha, aparentado querer besarlo, y con la mano izquierda lo acuchilló con la daga, matándolo. Dejó el cuerpo a la vera del camino, y continuó la persecución de Seba, que se había refugiado en la ciudad de Abel. Dio órdenes a las tropas de demoler los muros de la ciudad. Los pobladores de Abe, atemorizados, le cortaron la cabeza a Seba y se la tiraron a Joab desde los altos del muro. Joab y sus soldados regresaron a Jerusalém, y David lo nombró nuevamente comandante general del ejército.
David encargó a Joab que realice un censo de los hombres que podrían servir en el ejército. Le demoró a Joab nueve meses y veinte días, ayudado por un equipo, contar al pueblo e informar la rey que habían 800,000 soldados en Israel, y 500,000 en Yehudá.
Años más tarde, dos de los hijos de David luchaban por ser los herederos del trono. Joab cometió el error de apoyar al príncipe Adonías, pero Bathsheba y el profeta Natán lograron convencer a David de que él le había prometido el trono a Salomón, con lo cual desapareció la influencia de Joab en la corte.
David, en su lecho de muerte, dio instrucciones a su hijo Salomón, para que matase a Joab por haber asesinado a Abner y Amasa.
Adonías, después de la muerte de David, fue matado por Benaías, por orden de Salomón. Joab, sabiendo que su turno de morir era el siguiente, se refugió en la Carpa del SEÑOR y agarró los cuernos del altar. Salomón envió a Benaías para que lo mate. Benaías fue a la Carpa del SEÑOR, y, no queriendo violar la santidad del lugar, ordenó a Joab que saliese afuera.
Joab se negó a salir, diciendo que él moriría allí. Benaías regresó al rey, y le informó la conversación que había tenido con Joab.
Salomón le contestó, "Haz lo que él te ha dicho. Mátalo y entiérralo, y así borrarás la culpa que yo y la casa de mi padre tenemos por la sangre inocente derramada por Joab. Que el SEÑOR cargue esa sangre sobre su cabeza, porque, sin el conocimiento de mi padre, mató a cuchillo dos hombres más rectos y honorables que él – Abner, hijo de Ner, comandante del ejército de Israel, y Amasa, hijo de Jeter, comandante del ejército de Yehudá. Que la culpa recaiga sobre la cabeza de Joab y su descendencia para siempre, y que Dios otorgue paz a David, a sus descendientes, a su casa y a su trono."
Benaías regresó a la Carpa del SEÑOR y mató a Joab. Joab fue enterrado en su casa, en el desierto, y Salomón nombró a Benaías comandante del ejército.

 

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