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Mi Enfoque #284 12 de mayo, 2009

Mi Enfoque #284   12 de mayo, 2009
• Visitas de tres Papas a Israel
• ¿Tal vez la causa esté en una mutación del ADN?
• Tel Aviv a los cien años, más vibrante que nunca
• Hay que creerles
 Religión y celibato
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Visitas de tres Papas a Israel

El Papa Benedicto XVI está visitando Israel en estos días. Es la tercera visita de un Papa, pero sólo la segunda visita oficial, ya que Pablo VI, hace 45 años, vino como turista.
En 1964, cuando Pablo VI visitó Israel, el Estado Judío aún no tenía relaciones diplomáticas con el Vaticano, pero el Papa fue recibido por el Presidente Shalman Shazar. Pablo VI visitó Jerusalén, Nazareth y Belén (que pertenecía aún a Jordania), pero evitó en todo momento referirse al Estado Hebreo.
El Papa Juan Pablo II, quien merecía la admiración y el afecto del pueblo judío por sus actos y sus declaraciones, realizó la primera visita oficial papal en el año 2,000. Israel y el Vaticano habían establecido relaciones diplomáticas seis años antes, en 1994. El Papa polaco visitó Yad Vashem (el Museo del Holocausto) y rezó en el Muro Occidental (antes llamado Muro de las Lamentaciones) donde introdujo en un resquicio una oración pidiendo perdón por los sufrimientos que habían sido inflingidos al pueblo judío.
El Papa Benedicto XVI es mucho más controversial que su predecesor. Su pasado de miembro de la Juventud Hitleriana, su intención de beatificar al Papa Pío XII, ― al cual los historiadores atribuyen indiferencia hacia los judíos durante el Holocausto, ― su perdón de un clérigo negador del Holocausto, y su reinstalación de una plegaria que pide la conversión de los judíos, no lo hace muy popular en Israel. En su visita a Yad Vashem decepcionó a mucha gente al no mencionar a los nazis ni pedir perdón por los crímenes de sus compatriotas alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
Lamentablemente, uno de los más importante eventos programados para la visita del Papa, un dialogo inter religioso, fue malogrado por el discurso del Sheik Tayseer Tamimi, principal juez islámico de la Autoridad Palestina, quien aprovechó la ocasión para dar un discurso agresivo e insultante, donde pidió que los cristianos y los musulmanes se unan contra Israel.
Al igual que el reciente discurso del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, en Ginebra, el discurso de Tamimi sólo sirvió para demostrar al mundo su odio e intolerancia.
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¿Tal vez la causa esté en una mutación del ADN?

He leído en la edición de mayo, 2009, de la prestigiosa revista americana Scientific American, que científicos de la Universidad de Essex, en Inglaterra, han descubierto que las personas que tienen una versión larga del gene que transporta el neurotransmisor serotonin, son más optimistas que los que tienen una versión más corta del mismo gene.

Esto me hace pensar que, tal vez, el odio irracional y obsesivo que algunas personas sienten respecto a un grupo humano específico, (por ejemplo, hacia los judíos, homosexuales, gente de otro color, religión o ideas políticas), no es causado por un problema psiquiátrico, sino por la mutación de algún gene aún no identificado.

Si esto fuese cierto, el descubrimiento de ese gene podría conducir a terapias médicas que controlarían la obsesión, con lo cual los que tienen ese problema obtendrían tranquilidad espiritual, y los que son objetos de su odio y prejuicio tendrían tranquilidad física.

Imaginemos a un  individuo que suele marchar en alguna ciudad europea cargando un letrero que dice "Judíos a las cámaras de gas". Su médico le receta una pastilla "Antiodiona". Tan pronto la toma, destruye su cartel, y adopta el consejo bíblico, "Ama a tu prójimo como a ti mismo".

¡Sería una solución maravillosa por su rapidez y efectividad!

Lamentablemente, no hay evidencia de que existe el gene del odio. Lo que si es evidente es que nadie nace odiando, pero, en ciertas sociedades, el odio y el prejuicio se enseña en forma deliberada a los niños pequeños, a los jóvenes y a los adultos, a través de las instituciones de educación, medios de comunicación, y prédicas de los clérigos. Y esa educación es más virulenta que cualquier gene, y no se puede curar con una pastilla.
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Tel Aviv a los cien años, más vibrante que nunca

¡Cuan hermosas son tus tiendas, Jacob!
¡Que bello es tu campamento, Israel!
                     (Números 24:5)

Escribir acerca de Tel Aviv me causa a mí el mismo problema que contemplar el campamento de los israelitas le causó al profeta Balaam: ¿Cómo contener mi entusiasta admiración? ¿Cómo ser objetivo e imparcial si no puedo controlar mis alabanzas?
Tel Aviv es el Nueva York de Israel, es el Miami de Israel, es el París de Israel. Su largo malecón, que bordea soleadas playas de arena dorada en el Mar Mediterráneo, es tan o más bello que el de Río de Janeiro. En Tel Aviv restos arqueológicos, de una antigüedad de más de 3,500 años, se encuentran a poca distancia de modernísimos rascacielos. Las 1,500 casas de la arquitectura Bauhaus que hay en Tel Aviv (más que en cualquier otra ciudad del mundo) le han merecido que la UNESCO la designe como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
La ciudad propiamente dicha tiene 400,000 habitantes, pero es el centro de una zona metropolitana con más de tres millones de habitantes. Tel Aviv es un impresionante centro cultural con excelentes universidades, y docenas de teatros, salas de concierto y museos. Sus restaurantes y cafés son de categoría internacional. Sus hospitales están entre los mejores del mundo. Su actividad económica, (grandes centros comerciales y tiendas de lujo), e industrial (principalmente de alta tecnología) hacen de Tel Aviv una de las principales ciudades del Medio Oriente.
Cumpliendo con mi deseo de ser lo más objetivo posible, debo advertir a los turistas potenciales que Tel Aviv es la ciudad más cara del Medio Oriente, y la décimo cuarta ciudad más cara en el mundo.
Pero, creanme, vale la pena visitar Tel Aviv, ir a uno de sus museos de arte o de historia durante el día, pasear por el malecón, o visitar el viejo puerto, hoy centro de restaurantes y de cafés. Y en la noche disfrutar de sus excelentes teatros o de su ópera maravillosa.
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Hay que creerles

Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no escuchan
 (Jeremías 5:21, citado en el Evangelio de Marcos 8:18)

La semana pasada ocurrió una tragedia en la ciudad de Middletown, Connecticut, Estados Unidos. Una joven estudiante fue asesinada a balazos por un individuo, que, durante los últimos dos años, la había insultado y amenazado constantemente por ser judía. La joven se había quejado a la policía de la Universidad de New York, donde ambos estudiaron un verano, pero retiró sus cargos, y la policía no tomó cartas en el asunto.

Esa tragedia individual está siendo repetida a nivel nacional. Un país, Irán, constantemente insulta y amenaza a Israel con borrarla del mapa. Una organización terrorista palestina, Hamás, declara en su constitución que su razón de ser es la destrucción del Estado Judío.

Las Naciones Unidas nunca ha protestado contra Irán de que sus amenazas contra Israel violan el principio básico de la Organización. Los medios de comunicación no han publicado editoriales denunciando la amenaza genocida. Países europeos intentan dar legitimidad a Hamás sin tomar en cuenta sus propósitos de exterminio.

Es curioso que el mundo no quiera creer en la franqueza y sinceridad de las amenazas iraníes, especialmente tomando en cuenta el precedente de Hitler, quien, en 1925, ocho años antes de asumir el poder en Alemania, publicó su libro Mi Lucha, donde claramente mencionó su propósito de erradicar a los judíos del mundo. Nadie creyó en esa época que Hitler era franco y sincero en su propósito genocida, al igual que nadie hoy cree que el presidente de Irán es franco y sincero en su propósito genocida.

Irán y Hamás podrán tener muchas faltas, pero nadie les puede acusar de no ser francos y sinceros. Hay que creerles lo que dicen.
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Religión y celibato

Una definición cínica dice que Cura es aquel a quien todos llaman "padre", excepto sus propios hijos que lo llaman "tío"

Amigos católicos que viven en Miami están escandalizados de que un joven y carismático cura haya sido fotografiado con "las manos en la masa", en una playa de Miami, en ropa de baño, abrazando, besando y acariciando a una bella joven.
El celibato en la religión católica no es una doctrina sino una ley eclesiástica que se remonta al siglo 4, decretada por los Concilios de Elvira y de Cartago. La ley está basada en la emulación de Jesús, quien nunca se casó. La diferencia entre doctrina y ley eclesiástica es que la primera no se puede cambiar, pero la segunda si, si es que lo dispone el Papa. (Los protestantes no aceptan el celibato, pues lo consideran irrealista y dañino para una vida sana).
La religión judía, especialmente en la versión ortodoxa, exige de sus clérigos todo lo contrario: por tradición un rabino debe ser casado, y si, Dios no quiera, enviuda, debe volver a contraer matrimonio a la brevedad posible. El primer mandamiento que Dios dio a los humanos es "Sean fructíferos y multiplíquense", (Génesis 1:28), y los ultra ortodoxos lo cumplen con entusiasmo, como lo demuestra el promedio de 8 hijos que tiene cada familia.

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